Reseña conjunta de un libro de Juan José Burzi y uno de Carlos Ríos (publicada en Ñ)

Los sueños del hombre elefante, de Juan José Burzi (1976), y Cuaderno de Pripyat, de Carlos Ríos (1967), son dos libros de ficción bastante diferentes, de aparición simultánea, que comparten una coincidencia llamativa: las historias que narran transcurren en Pripyat, la zona donde en abril de 1986 se produjo el accidente nuclear de Chernobil.
Cuaderno de Pripyat narra el regreso a la región del desastre, veinte años más tarde, de Malofienko, un periodista a la búsqueda de testimonios para un documental que tiene casi vendido. Malofienko nació en Pripyat, era casi un bebé cuando se produjo la avería y pudo ser rescatado. Su familia en cambio murió a causa del escape radiactivo. Viaja a Pripyat con la intención de darle una vuelta biográfica a su documental. En el cuaderno está el registro de las incursiones que hace a las zonas más devastadas del lugar, están las notas y los apuntes que va tomando, y la transcripción de las entrevistas que tiene con quienes no se han movido de sus hogares. El viaje de Malofienko está puntuado por los ásperos mensajes que intercambia con Fridaka, su pareja, que ha viajado a Oslo.
Sueños del hombre elefante está integrado por diez relatos. El primero, “Pripyat”, está constituido por una veintena de fragmentos de unas diez líneas cada uno. Cada fragmento es como la descripción de un instante fotográfico del estado de algún objeto abandonado. “Las siamesas Benn”, narra la desintegración de las hermanas Lavinia y Drusila, físicamente inseparables, a partir del momento en que se entregan al deseo de un amante. “El trabajo del fuego” funciona como una mise en abime : describe las obsesiones de Meyer, un pintor impulsado a retratar “personas deformes y singulares”. “Intruso” cuenta la manera en que un ciego va descubriendo que convive con una presencia demencial.
El interés de Burzi parece estar en la indagación de lo monstruoso como elemento narrativo. En lo monstruoso de Burzi hay algo de un carácter casi romántico. A pesar de la remisión a Pripyat, o a Hiroshima, lo deforme corporal, como algo sobrenatural, oculto, demoníaco, se desprende de lo estrictamente histórico, sin por eso transformarse en un concepto abstracto. La narratividad, la prosa “blanca”, fluida, de los cuentos de Burzi es siempre muy intensa, inteligente, y está marcada por esa pulsión por lo deforme.
Ríos parece más interesado en la idea de la devastación que en la de lo monstruoso, una devastación interiorizada a través del lenguaje. La prosa de Cuaderno de Pripyat revela a Ríos como uno de los poetas más destacados del presente. Aunque con ambición etnográfica, materialista, la escritura registra, o se pierde, o se estanca, o alcanza su punto, de forma siempre inesperada. Hay algo de prosa montada en pedazos sucesivos, de collage: elementos heterogéneos amalgamados por un fraseo excepcional.
¿Cómo pensar la aparición de un imaginario como éste, post soviético? ¿Como metáfora? ¿Anacronismo? ¿Metafísica? “Toda exhibición o muestra de ‘fenómenos’ es un exponente de la crueldad capitalista”, dice un personaje de Burzi. “Observar un objeto es despedirlo. Hay que desprenderse de su sustancia impregnada de pasado”, escribe Ríos. Pero también dice: “Abrir un mundo en otro mundo”.