Nota sobre la Feria del libro (Publicada en Ñ)

Cuando inauguró la Feria del Libro de 1997, la entonces ministra de Educación, Susana Decibe, comparó esa apertura con la de la Exposición Rural de Palermo. “Acá también los funcionarios vienen a rendir sus cuentas pendientes”, dijo. Fue un comentario muy criticado el que hizo, tal vez porque el encargado de hablar primero en el acto era el presidente Carlos Menem, quien con el pretexto de un resfrío había pegado el faltazo.
Era una forma de rendir cuentas, también.
Otra fue la que ensayó el ex ministro Domingo Cavallo, volcado entonces a la actividad política, que fue uno de esos días a mostrarse en los pasillos de la Feria y recibió insultos, empujones, golpes y escupitajos. “Hay gente que sufre y tiene derecho a quejarse. Yo doy la cara y asumo mi responsabilidad”, dijo Cavallo.
En otro ámbito seguramente no hubiese sido lo mismo, pero la Feria del Libro, prácticamente desde sus comienzos, en 1975, funciona como una suerte de caja de resonancia donde se extreman y amplifican no sólo los debates del sector editorial sino también conflictos y emergencias políticas y sociales mucho más amplias.
Las crónicas de época señalan que fue en 1978 cuando las autoridades intuyeron el potencial mediático de intervenir en la Feria del Libro. Ese año, en el hall de entrada a la exposición se levantó una réplica de la casa natal de José de San Martín, de quien se cumplía el bicentenario de su natalicio. Y en su discurso de inauguración, el presidente de facto, Jorge Rafael Videla, aseguró que los libros sobre la vida del Libertador habían sido siempre sus favoritos.
En la edición siguiente, el homenaje recayó sobre la Campaña del desierto, en su centenario. La de 1979 fue también la primera feria masiva, ya que asistieron 700 mil personas.
A la de 1976, inaugurada dos días después del golpe militar con un discurso del comandante Laurio Destéfano sobre “El amor y la confianza en nuestra tierra a pesar de la politización”, habían entrado 140 mil visitantes. Esa Feria tenía 150 expositores y algunos stands temáticos (sobre Ingeniería, Psiquiatría o Literatura infantil, por ejemplo).Asistieron 140 mil visitantes.
La Feria del Libro se había instalado en el Predio Municipal de Exposiciones de Figueroa Alcorta y Pueyrredón en 1975. Antes había habido una versión callejera, casi prehistórica, a la que Abelardo Castillo comparó con una carpa de gitanos. “Había olor a chorizos por todas partes”. Estuvo en Florida y San Martín, en San Juan y Boedo, en Plaza Flores, en Liniers, en Belgrano, en La Plata.
En tiempos del “Proceso de Reorganización Nacional”, sin embargo, no había aire como para que se levantaran polémicas públicas. Los escritores argentinos en general, y en esto Ernesto Sabato fue un caso emblemático, se negaron a participar de las actividades organizadas por la Feria durante esos años. Del mismo modo, la mayoría de los intelectuales extranjeros que recibieron una invitación para participar, la rechazaron. A esta ausencia de voces disidentes se sumaban la prohibición de exhibir y vender determinados libros, y las intimidaciones y agresiones a editores y libreros.
La gente aplaudió fervorosamente al presidente Roberto Viola cuando recorrió algunos stands en el año 1981, pero la Feria del año 1982, que se abrió un día antes del desembarco en Malvinas, pasó prácticamente desapercibida al lado del conflicto bélico. En esos años, algunos de los libros más vendidos fueron La penúltima visión de la colorada Villanueva, de Marta Lynch (1979) y El pájaro canta hasta morir, de Colleen McCullough, y Pantaleón y las visitadoras, de Mario Vargas Llosa (1981).
Detectando un incipiente boom de textos sobre política, el periodista Jorge Aulicino escribía en 1982: “No parece poco que el país real comience a palparse en la hojarasca del best-sellerismo”. “Libros para la democracia”, era el eslogan de la editorial El Cid. En su stand, Universidad de Belgrano vendía Los militares, de Miguel Angel Scenna, y Sindicalismo, poder y crisis, de Oscar Cardoso y Rodolfo Audi.
En 1983 todavía estaba Bignone en el poder. Juan Rulfo es el único invitado oficial, pero apenas firma unos ejemplares y da una charla académica. Osvaldo Soriano reclama la presencia en la Feria de Juan Gelman, David Viñas y Tomás Eloy Martínez. Las Madres de Plaza de Mayo fueron invitadas a retirarse del predio, pero finalmente consiguieron quedarse y lograron que las autoridades del lugar firmaran un petitorio en demanda de una solución justa al problema de los desaparecidos.
La de 1984 es seguramente la Feria más recordada. Inaugurada por el presidente electo Raúl Alfonsín, flanqueado por todo su gabinete, sentenció en su discurso que “en la República Argentina se acabó la censura”. Jorge Amado se convirtió en un verdadero suceso popular, que disparó las ventas de sus libros, y el poeta Evgueni Evtuchenko cautivó a todos con su carisma. Decepcionó un poco la visita, demasiado protocolar, de Italo Calvino. Siempre acompañado por funcionarios de la embajada italiana, firmó ejemplares y leyó un discurso sobre las sensaciones que le provocaba asistir a grandes exposiciones de libros. Sabato, María Elena Walsh, Pablo Milanés y Silvio Rodríguez dialogaron con el público a sala llena. Mario Benedetti volvía a la Argentina después de ocho años de ausencia. Por primera vez, hubo stands de Cuba, Libia y Nicaragua.
Al año siguiente, Gonzalo Torrente Ballester visita a Borges en su departamento. Hablan de la fama, del origen de algunas palabras y, finalmente, intercambian sus bastones para examinarlos; con manos expertas evalúan la calidad de las cañas.
Tres premios Nobel participan en 1986 del “Encuentro de Científicos” organizado en la Feria: James Watson, Carlos Rubbia y Federico Leloir. La sexualidad femenina, de María Luisa Lerer, vende 450 ejemplares por día. La Argentina del siglo XXI, de Rodolfo Terragno, cumple un año como el libro más vendido en el país. Alfonsín pide en la apertura por la difusión social de la tecnología y la modernización de la Argentina. Afuera, mil quinientos manifestantes reclaman mejoras en los sueldos del Conicet.
En mesa de bienvenida a Juan Gelman, en 1988, José Luis Mangieri, su editor, señala que este poeta “no se hizo profesional del exilio ni del dolor, y vuelve a este país modestamente”. Acaba de salir la revista Babel. “Está bien darle Feria a los libros, el problema sigue siendo hacerlos trabajar”, dice Martín Caparrós, su director. Alejandro Dolina presenta Crónicas del Angel Gris.
El fin de un ciclo queda también impreso en la Feria de 1989. “La Feria está llena de futuros votantes, más aún: está llena de indecisos”, escribe Matilde Sánchez en una crónica. Alvaro Alsogaray presenta Bases liberales para un programa de gobierno, Néstor Vicente firma ejemplares de Izquierda Unida, vocación de poder y Clarín presenta Argentina tiene salida, con reportajes a Carlos Menem, Eduardo Angeloz y Alsogaray, y textos de varios analistas. “La city porteña es el mayor teatro del mundo”, dice un diario. Ahí reina un solo personaje: el dólar.
Por problemas económicos, en 1990 la Feria está a punto de suspenderse. “El éxito es hacerla”, dice Jorge Naveiro, titular de la Fundación El Libro. Menem, presidente de estreno, en su primer discurso en el lugar: “No cometamos el error de creer que la cultura es gratis. Terminemos con el divorcio entre el arte y el dinero”. Las ventas se desploman un treinta por ciento.
Cuando al año siguiente Naveiro cuestionó con dureza el aumento del veintidós por ciento a la importación de papel, Menem le respondió con elegancia que “la Argentina de la justicia y el trabajo no está lejos, y nos espera”.
Un diario consulta a varios editores sobre cómo hacer para vender en la crisis. “Con mayores tiradas”, dice Trinidad Vergara, de Vergara. “Haciendo reír”, asegura Daniel Divinsky, de Ediciones De la Flor. Para Bonifacio del Carril, de Emecé, “no hay fórmulas” mientras que Juan Forn, por parte de Planeta, apuesta a los libros nacionales, priorizando la ficción. Juan Martini, de Aguilar, confía en los volúmenes bien editados, con buen papel y diseño, bien cosidos. Gloria Rodrigué, de Sudamericana, prefiere diversificar. “¿Existe el posmodernismo?” es el tema de una de las mesas de debate. Y hay protestas porque un stand de prevención del sida reparte preservativos.
Fuegia, de Eduardo Belgrano Rawson, es elegido en 1992 el mejor libro del año. En el 93, la gente hace colas de hasta una hora para ingresar, y las ventas suben un 40%, pero el elevado precio de la entrada aleja a los visitantes en 1995. La de 1996 es la mejor Feria después de la del 84. “El año pasado se puso de moda decir que todo andaba mal. Ahora parece que todo está bárbaro”, dice Divinsky. El secretario de Cultura, Pacho O’Donnell, anuncia que la Argentina creará el Premio Internacional José Hernández, con 100 mil dólares de premio, para competir con el Cervantes.
En 1998, una nota del diario Clarín se pregunta si “lo que se discute en la Feria tiene algo que ver con el debate cultural del momento”. Liliana Heker habla de una cortesía que en realidad es indiferencia por el pensamiento y las obras de los otros. Los grandes diarios enseñan en sus stands cómo navegar sus páginas web. Puesto a chatear con sus lectores, Ray Bradbury encuentra que la experiencia resulta ridícula.
Menem sobrevuela en helicóptero la nueva sede en La Rural, pero no baja el día de inauguración del año 2000. Dice un artículo publicado en el diario francés Le Monde: “La Argentina tiene una Feria millonaria, y una industria inexistente”. Ese año, las autoridades de la Feria deciden que, para darles mayor relevancia a los autores, estos debían tener un lugar privilegiado en la inauguración. Así, se resuelve que en cada apertura tome la palabra un escritor. El primero, en 2001, es Juan José Saer. Los diarios tildan su discurso de “poético”. “Apostar a lo nuevo es la única justificación de la identidad propia”, había dicho Saer a los editores. La crisis económica del país, ese año, entra en un callejón sin salida.
La Ciudad había pagado 500 mil dólares para que la gente pudiera entrar gratis. De la Rúa, de gira, no había estado en la apertura. Antes de Saer, había hablado Darío Lopérfido. “A veces, la tensión entre desarrollo económico y democracia cultural no se resuelve, porque se priorizan los intereses corporativos”, había dicho. Muhammad Yunus, el creador del Grameen Bank, desarrollador de micropréstamos, fue de las figuras más buscadas. “El acceso al crédito es un derecho”, dice.
El secretario de Cultura, Rubén Stella, logra que los organizadores saquen del banco los 400 mil dólares que les habían quedado en el corralito, y así salva la edición del año 2002. Es “una fiesta en medio de la depresión”. El 1 de mayo la Feria recibe 50 mil visitantes. El vuelo de la reina, de Tomás Eloy Martínez, es el libro más vendido: 1.800 ejemplares. Vienen Paul Auster, Siri Hustvedt, Andreas Huyssen. Duhalde falta a la apertura. Abre Aníbal Ibarra. El escritor invitado es Roberto Fontanarrosa, que dialoga con Joan Manuel Serrat.
En 2004 Leopoldo Brizuela recuerda haber visto, en 1977, sola, esperando en vano a que alguien se acercara a pedirle una firma, a Clarice Lispector, en el stand de Brasil. León Ferrari recomienda tres libros: Antología de poesía surrealista, de Aldo Pellegrini, Pomelo, de Yoko Ono, y Es una ola, de Leandro Katz. Hay una mesa de homenaje a tres pioneras del best-séller: Marta Lynch, Beatriz Guido y Silvina Bullrich. “¿Cómo hacemos los escritores para ver cuándo somos mirados todo el tiempo?”, se pregunta Sylvia Iparraguirre, cuestionándose por la intrusividad del mercado.
El año de los récords es 2007. “Ya no se puede meter más público”, dice Horacio García, el entonces presidente de la Fundación El Libro. Horacio González, dice: “Algo grave ha pasado, algo se ha roto. La Feria se va tornando un campo de experimentación de tendencias publicitarias y de operaciones testeadoras de productos. Un espectáculo trivializado, superior a las antiguas y venerables ferias”. Andrés Neuman, Pedro Mairal y Gonzalo Garcés son los tres escritores argentinos más relevantes menores de 40, a partir de su participación en Bogotá 39.
En 2008 habló Ricardo Piglia, que se refirió a Gelman y a Leónidas Lamborghini. “Los narradores miramos a los poetas con respeto porque trabajan el lenguaje en su punto más perfecto. Los poetas tienen una indiferencia absoluta por la relación entre verdad y mayoría; construyen comunidades que parecen ser microscópicas, pero alteran las relaciones básicas con el lenguaje. Tienen una ética, el lenguaje es el objeto de su experimentación.” Angélica Gorodischer tuvo que sobreponerse a las protestas de un grupo de docentes contra el gobierno de Mauricio Macri, en la apertura del año siguiente. En el aniversario del Bicentenario, abrieron Víctor Heredia y Teresa Parodi, que leyeron textos de Mariano Moreno, Joaquín V. González, Ricardo Rojas y Manuel Ugarte. Los panelistas del programa 6 7 8 debatieron sobre “La construcción de la realidad a través de los medios de comunicación”.
Con los años, el voltaje político de la Feria pareció ir atenuándose, hasta llegar a la polémica desatada por la invitación a Mario Vargas Llosa. La decisión de que Vargas Llosa, un crítico severo de la gestión kirchnerista, inaugurara la Feria del Libro de 2011, despertó protestas en el campo político y cultural. Que fuese un gran escritor estaba bien, Premio Nobel, pero que atacara los gobiernos populares estaba mal. La misma Cristina Kirchner (que nunca inauguró el evento) intervino a favor de que se presentara, aunque el escritor peruano no abrió la Feria (lo hizo Germán García) sino que dio un discurso en otra fecha.
El año pasado abrió Luis Gusmán. La brújula de su discurso fue que un libro puede cambiarte la vida. “Eso me pasó en la vida y creo que les pasa a muchos lectores”, dice el autor. “Cité a Graham Greene quien dice que la lectura es una llave que te abre una puerta desconocida: el misterio, el secreto, la incertidumbre, la aventura y a veces la desventura. Sólo hay que girar esa llave”.