Nota sobre Cucurto (publicada en Ñ)

Tres libros nuevos publicó Washington Cucurto en el 2012. El último fue La culpa es de Francia (Emecé), una novela escrita a la manera de un policial negro sobre un telón argumental en que se mezclan narcos colombianos con feministas revolucionarias de Guinea Ecuatorial. El promotor y víctima del encadenamiento de situaciones inverosímiles es Santiago Chichardelo, el narrador, un poeta cooperativista que se transforma en un gorila gigantesco, con un pene monumental, cada vez que se irrita, o se excita.
Sobre los gestos argumentales del policial negro (la complejización de la trama, el enigma siempre relanzado, cierta agilidad folletinesca, la abundancia de diálogos), Cucurto despliega su mundo fantástico (inmigrantes, cumbia, sexo, nostalgia, alegría) pero sobre todo despliega el fluir de su escritura.
La culpa es de Francia es un libro muy bien escrito, en el sentido de que cada palabra que utiliza tiene un peso específico bien singular, un color vital que la distingue, al mismo tiempo que hay en los ritmos de las frases una economía que hace a todas las palabras elementos equivalentes.
Hay en este libro un “diccionario” y una fraseología cucurtiana, alejados del pintoresquismo y de la sonoridad neobarroca, hundidos más bien en cierta y compleja cosa popular contemporánea, muy propios, muy logrados. Particularmente buenos son los diálogos. El formalismo del policial, sin embargo, parece entrar en conflicto con la velocidad de escritura de Cucurto, porque las peripecias argumentales entran en una suerte de loop que obligan a la escritura a ir por detrás de la trama, sosteniéndola. Cucurto parece haber sido demasiado respetuoso con el deber ser del género, y éste no da la impresión de estar a la altura del potencial narrativo de este escritor.
De este conflicto entre forma y escritura da testimonio, por lo menos por su título, otro de los libros de Cucurto, el poemario ¡Basta de escribir novelas! (Garrincha Club). Este libro venía anticipado por otro gran libro de poemas suyo: El hombre polar regresa a Stuttgart (Vox), de 2011.
En ¡Basta... Cucurto exhibe y explicita la distancia que su poética ha ido tomando con respecto a la poesía de los ‘90. La de Cucurto es una poesía casi sin metáforas, que se ha ido desprendiendo de cierta idea de lo poético. No se abisma en la palabra ni en la imagen. Su discurso es expositivo y directo: es la expresión del sentimiento que lo inspira. Y es la formulación argumental y rítmica de ese discurso, en términos casi de discurso oral, lo que dará forma al poema. Es el poema de una voz, más que el poema de una escritura.
Lo poético, en todo caso, parece estar en el pasado: en los poetas de los ‘90, que “creían en una poesía que no fue” y en tanta poesía “al pedo (los Lamborghini, Giannuzzi, Girri, Perlongher), que hoy ya no se lee”. Si los valores de lo poético están en el pasado, la poesía de Cucurto es una poesía del vértigo del presente, y también por eso una pregunta abierta por el estado de la poesía en el presente. No señala poéticas, más bien las impugna en su caducidad. En este sentido, parece despegarse de los poetas de los ‘90 para constituirse en un escritor post-2001.
Cucurto escribe sobre los hijos, sobre la suegra, sobre lo íntimo familiar. Ahí encuentra lo político. La muerte, la edad, la experiencia, el paso del tiempo. Cucurto se pregunta siempre por el lugar de la felicidad. Y el viejo personaje pintoresco del repositor del Coto que robaba libros en Ghandi y frecuentaba las bailantas de Constitución, se negativiza y muestra su reverso: el desquite de quien ha sido humillado. Es algo que modifica la voz del poema, lo hace más complejo, más atravezado por las voces de su tiempo.
La felicidad es el gran tema sobre el que trabaja Cucurto en El amor es más que una novela de 500 páginas y otros relatos (Mansalva). Son ocho cuentos, uno mejor que el otro. La figura del narrador y protagonista es similar en todos: un escritor argentino, amante de la cumbia, profundamente deprimido, en invierno, en Berlín, donde ha sido becado para llevar adelante un proyecto de escritura. Acá Cucurto limpia todavía un poco más su escritura del impulso barroco latinoamericanista. Las oraciones son más cortas, la acción se miniaturiza. Si en La culpa es de Francia la escritura fluye, en El amor... tiene más algo de montaje. Es una escritura con varias velocidades. Y si en La culpa... la escritura sigue al género, acá va siempre por delante de la forma del relato. Hoy la literatura no la hacen los escritores, sino el sistema de producción editorial, señala Cucurto. Para recuperarla, hoy hay que desescribirla.
¿Qué significa desescribirla? De lo que hace, inferimos: que la acción se desprenda de la anécdota, que se atomice, que la dirección del relato se regenere en cada acción mínima y sea imposible saber hacia dónde va. Que la acción nunca termine. Tal vez por eso ese efecto maravilloso de los comienzos y finales de estos relatos. No organizan, no explican, no verosimilizan, no cierran. Son poesía. Desprendido de todo el deber ser del relato, Cucurto escribe sobre la vida de los sentimientos, que a veces se pierden y a veces se encuentran. El amor... es un libro sorprendente, escrito sin complejos, sin compromisos, sin mandatos.
Habría que mencionar un cuarto título, Hombre de Cristina (Sofía Cartonera), un peculiar poemario antikirchnerista, algunos de cuyos poemas están incluidos en el libro de Garrincha, pero que no alcanza la complejidad autocrítica de aquél.