Sobre la Poesía completa de Olga Orozco (Publicada en Clarín)

Olga Orozco nació en Toay, La Pampa, en 1920, con el sol en Piscis y ascendente en Acuario, y un horóscopo de estratega en derrota y enamorada trágica, según cuenta ella en sus Anotaciones para una autobiografía. Empezó a escribir “en serio” a los doce años, en Bahía Blanca, ciudad a la que se había mudado su familia, y publicó su primer poema en Buenos Aires, a los dieciocho, en la revista del Centro de Estudiantes de Filosofía y Letras de la UBA. Editó en total once libro de poesía, dos de relatos y uno de Conversaciones, con Gloria Alcorta, antes de morir en Buenos Aires hace casi 13 años.
Su poesía, una de las más personales de la literatura argentina, fue definida por Jorge Boccanera como “un extenso collar de preguntas; al frotarlo aparece un relato, es siempre el mismo y es distinto: una niña despierta en medio de una cacería, corre tanteando las ruinas de otro sueño, una sombra le pisa los talones, debe atravesar una puerta, un muro, encontrar un talismán, una clave. Todo es imposible, pero en medio de la búsqueda se escribe el poema; surge a modo de conjuro”.
Orozco recibió en vida numerosos e importantísimos reconocimientos, y en la Argentina, América latina y España se hicieron varias antologías de su obra. Ahora, con la inclusión de un libro póstumo, en edición de Ana Becciú y con prólogo de Tamara Tamenszain, acaba de publicarse, por primera vez, su Poesía completa (por Adriana Hidalgo).
“Tengo el sentimiento y la nostalgia de la unidad perdida. Todos los mitos indican que se crea nombrando, que hay una especie de progenitura de la palabra unida a la creación, como si palabra y cosa constituyeran una identidad. Cuando escribo un poema, creo con imágenes verbales suscitadas por esas mismas cosas, produciendo encadenamientos que me remiten cada vez más lejos, como si estuviera remontándome hacia la primera palabra y la unidad primordial”, señaló Orozco en una entrevista. La muerte, la religión, la magia, el esoterismo, el amor y la poesía son las constantes temáticas a las que siempre vuelven sus versos.
No le gustaba que la vincularan con el surrealismo, aunque del surrealismo ponderaba “la licencia para que el poderío de lo imaginario extendiera sus dominios”. “Nunca hice automatismo”, dijo, “jamás. Si alguna vez lo hiciera, no desembocaría en la poesía sino en la plegaria”. Tuvo adoración por la poesía del polaco Czeslaw Milosz y por la del español Luis Cernuda; se sentía próxima a los románticos alemanes y a veces, cuando le preguntaban qué tipo de poemas hacía, contestaba que escribía tangos con categoría. Le gustaban Discépolo, Manzi, Expósito, Cátulo Castillo. Fue muy amiga de Norah Lange y de Alberto Girri.
A los treinta y seis años conoció a Alejandra Pizarnik, que entonces tenía dieciocho y que se convirtió en una suerte de discípula suya. Hay versos de Orozco citados en poemas de Pizarnik, hay un poema de Pizarnik dedicado a Orozco (Cantora nocturna), y un poema de Orozco a la muerte de Pizarnik (Pavana para una infanta difunta). El título de su último libro: Con esta boca, en este mundo, refiere a En esta noche, en este mundo, un poema de Pizarnik considerado paradigmático de su obra. “Los discípulos suelen ayudar a madurar a los maestros”, señala Kamenszain al reconstruir cómo, de alguna manera, a instancias de la obra de Pizarnik, la de Orozco habría comenzado a abandonar su entonación metafísica para acercarse a una idea más literal, realista, de la palabra.
Trabajó durante años en el mundo editorial: primero en Losada, después en Muchnik, que se transformó en Fabril Editora, donde fue colaboró con Aldo Pellegrini como secretaria técnica: seguía todo el proceso de elaboración del libro. De ahí pasó a la revista Claudia, en su época de oro, donde escribía sobre ciencia, ocultismo, problemas sentimentales, libros, moda, y vidas de artistas, usando siete seudónimos diferentes. Entre 1968 y 1974 escribió los horóscopos del Clarín. Yo, Claudia, una recopilación de sus textos periodísticos, que hizo Marisa Negri, será publicada en breve por la editorial En Danza.
-¿Cómo escribe?, le preguntó Boccanera.
-Escribo con una piedra en la mano una piedra de San Luis en una mano y otra de Sicilia en la otra; claro que no puedo escribir con las dos piedras, pero las tomo alternativamente; una de San Luis, que es donde nació mi madre, y una de Capo Dorlando, donde nació mi padre. Y a veces tomo una piedrecita negra que me dio un chico del que estuve enamorada cuando tenía 6 años. Yo siento a las piedras, las siento latir como si tuviera un corazón de pájaro en la mano, contestó Orozco.