Sobre El Náufrago, de César Aira (inédito!)

Cada vez más preguntas hay en las contratapas de los libros de Aira. Alguna sólo incluye preguntas. Seguramente hay una poética en estos textos. Hace más de veinte años, cuando publicó Los fantasmas, dijo Aira, o escribió (o es como si lo hubiese hecho) que esa la novela podía leerse como respuesta a una pregunta: ¿vale la pena morir para poder ir a una fiesta? “Conte philosophique” llamó Aira a Los fantasmas. Es el relato concebido como razonamiento, como argumentación, como ensayo.
El impulso ensayístico, la tensión argumentativa, más o menos expuesta, más o menos dominante, se sigue en toda la escritura ficcional de Aira. En un extremo: como si los relatos que escribe en realidad fuesen ensayos. O momentos en que los relatos se metamorfosean en ensayos.
Las figuras de las narraciones de Aira tienden a convertirse en elementos de una exposición argumentativa; escribe no como si estuviese narrando, sino como si estuviese siguiendo una especulación. Sus relatos escenifican esas especulaciones, y las narrativizan cuando no hay más remedio: Aira ya parece narrar por resignación, o sólo cuando el relato sirve como ejemplo lógico.
Probablemente haya pocas figuras literarias tan proclives a disparar los impulsos especulativos como la del náufrago. La del amnésico, tal vez. Por lo pronto, hay algo de amnésico en el náufrago de este libro, que no se sabe cómo llegó a la isla, ni recuerda cuándo. Sin ir a los abundantes ejemplos literarios (sobre los que Luis Chitarroni escribió en xxxxx), ¿qué es por ejemplo Lost, sino el despliegue de un teatro de las especulaciones?
Un día el náufrago de Aira encuentra un pie en la playa y comienza a buscarle una explicación a la aparición. Pero el pie de pronto desaparece. Entonces intenta comprender esa desaparición. Luego aparece un ojo. Y también desaparece. Después encuentra un órgano interno, una oreja, un dedo, una clavícula, una mano. Aparentemente devueltos por el mar, todos los pedazos desaparecen al cabo de unas horas. Lo inexplicable de la situación hunde al náufrago en la tristeza de la impotencia.
Empieza a fantasear con la idea de que detrás de esas apariciones está el sacrificio ritual de una tribu de pescadores. Imagina ese sacrificio, hace literatura: es el relato en su hacerse. Ese fantaseo, “realista”, que tiene algo de “obra de arte”, no logra pasar del estado de situación al de historia. Entonces el náufrago tiene una “revelación”: los pedazos de cuerpo son como los suyos. Lo que el mar ha estado depositando han sido las partes de su doble, que en algún lugar de la isla ha de estar reconstituyéndose.
La de Aira es una escritura “prisionera” de la necesidad de explicarse. El náufrago se constituye como el relato de la explicación (del narrador) de la no explicación de otro relato (el del náufrago).
Sin embargo, tampoco el narrador consigue hacerse explicar. Entonces el relato de la explicación cambia, sufre un salto, y como quien sigue escribiendo sobre lo mismo pero escribe sobre otra cosa, El náufrago comienza a analizar el sentido de la repetición y de la novedad en las fiestas de fin de año.
Al revés de lo que suele creerse, Aira no se dispersa cuando cambia, sino que se enfoca, se concentra. Porque es cuando cambia (y precisamente por ese cambio) cuando surge la pregunta: ¿de qué está hablando? Si no nos dimos cuenta cuando el tema era el náufrago, tal vez nos demos cuenta cuando el tema es el fin de año; Aira siempre parece estar hablando de lo mismo. (También en Los fantasmas se trata de la noche de un 31 de diciembre).
Esa metamorfosis del relato en ensayo, de una situación en otra, de una situación en su miniaturización en una escena que pasa por ejemplar, no acercan la novela a una explicación, o el ensayo a su conclusión, sino precisamente a la pregunta que explique no el final sino el comienzo. No importa a dónde llega Aira, sino dónde comienza. ¿Cuál es la pregunta que origina todo? ¿En la búsqueda de la demostración de qué cosa se extiende el relato? No importa cuántas vueltas se le dé al enigma del náufrago, éste no será resuelto.
Los relatos de Aira parecen cifrar una posición, si se quiere conceptual, fortísima. Como si fuesen más todavía: manifiestos. En la longitud de los textos, en su entonación argumental, en las búsquedas desarrolladas, se adivina una tensión a abandonar el relato, para hacer de la escritura la expresión explícita de un enunciado crítico con respecto a la literatura.
El náufrago, uno de esos los libros maravillosos que publica Aira, quizás nos enfrenta con una suerte de momentánea paradoja de la interpretación: si se explica, se extingue. La literatura no es lo que da en el blanco, es lo que se escapa y nunca termina. ¿No es lo mismo que gozar?