Sobre El dependiente, de Bernard Malamud (inédito!)

Morris Bober es un comerciante judío que tiene un pequeño almacén casi en bancarrota en el barrio de Brooklyn, a comienzos de la posguerra. Penosamente, vive con su mujer, Ida, y con su hija, Helen, una estudiante de 24 años que lee a Chéjov y a Dostoievsky. Bien podría pensarse que Bober es el protagonista de esta segunda novela de Bernard Malamud (1914-1986). Sin embargo, no es a Bober sino a Frank Alpine, un inmigrante italiano semivagabundo y lumpenizado, que carga con un pasado del que reniega y se resiste a recordar, a quien hace referencia el título del libro: El dependiente.
Alpine despertará las sospechas de todos cuando comience a trabajar en la tienda, pero al mismo tiempo ejercerá sobre la familia un extraño poder, oscuro, que no sólo impedirá que lo echen, sino que además le permitirá seducir a Helen.
Se ha dicho que El dependiente es una novela con un importante componente autobiográfico, en la medida en que el personaje de Bober está inspirado en el padre del Malamud, también dueño de un pequeño almacén. Y nunca se ha dejado de resaltar que Malamud fue uno de “los principales exponentes” de la literatura judía de los Estados Unidos.
Sin embargo, a diferencia de Isaac Bashevis Singer, por ejemplo, la mirada que hay sobre lo judío en El dependiente no es la mirada de lo propio sino la de lo diferente. Es la mirada de Frank, de una ambivalencia sospechosa y casi metafísica. Detrás de lo que Frank oculta está la paranoia, y detrás de la paranoia de Frank hay una suerte de terror absoluto que aleja el relato de los cánones costumbristas (de las formas de vida de los judíos) y lo acerca a conceptos más alienantes, como el mal, y la culpa, que parecen desfondarse en una desesperación sin causa.
Siempre hay algo del otro que no se sabe, en El dependiente; algo que no se alcanza a comprender, pero tras lo cual se intuyen intenciones amenazantes. (El libro es de 1957: plena guerra fría, auge de la ciencia ficción).
Podría pensarse que algo de esa desesperación existencial acerca el relato a algunas obras de Harold Pinter. En todo caso, la comparación con lo teatral es menos casual de lo que parece: El dependiente mantiene una notable unidad de lugar (la tienda, las habitaciones que hay encima de ella) y de personajes (la familia de Morris, Frank y un par de sujetos más). El tiempo es de una continuidad casi sin fisuras ni flashbacks. Incluso, más que como novela, u obra de teatro, puede pensarse por su estructura, y a pesar de su extensión (270 páginas), a El dependiente, como una nouvelle. Pero por lo que la nouvelle tiene de fábula, sobre todo, de alegoría. Hay un simbolismo latente, o un potencial simbólico latente en toda la narración (señalado, por momentos, en paralelismos entre Alpine y San Francisco de Asís) que ejerce un poder gravitatorio constante sobre el relato, sin llegar a ser dominante.
Es que, finalmente, lo que parece haber en Malamud es un cuestionamiento de las posibilidades de la narración, ya sea en su aspecto costumbrista, simbólico, “existencial” o el que sea, de dar cuenta de lo que sucede en esa pequeña tienda de Brooklyn. Y ese fuera de foco que difumina el lugar del protagonista (¿quién es el protagonista?), es el mismo que impide que la narración encuentre una línea de afinación de sentido clara. Porque en realidad, si algo dice sobre su época Malamud, no es por la descripción de sus formas de vida, sino por la manera en que esa época se cuenta a sí misma.
Tal vez por esta ambigüedad, por esta desconfianza en la capacidad de la narración, es que algunos críticos felices han emparentado a Malamud con los novelistas posmodernos, como una suerte de pionero. Así, a pesar de la aparente opción por la seguridad del realismo, Malamud, en El dependiente, parecería estar optando por una literatura de la tensión, la incertidumbre y la fuga.
(Es cierto también que sobre el final el relato se acelera y parece decantarse por una solución “simbólica” que lo resuelve en términos “dramáticos” pero quizás lo empobrece en cuando a la riqueza semiótica que implicaba ese suspenso interpretativo que el texto había propuesto).
Malamud pasó gran parte de su vida en las planicies de Oregon, y después en los bosques de Nueva Inglaterra. Fue definido como un filósofo, un moralista escéptico, un observador indulgente y solidario. Dalton Trumbo adaptó para el cine su novela El hombre de Kiev, sobre un judío injustamente acusado de asesinar ritualmente a un niño cristiano durante la Rusia zarista. Malamud admiraba a los novelistas del siglo XJX, como Hawthorne y Henry James. El protagonista de la anteúltima de sus siete novelas, William Dubin, va por la vida habiendo escrito una vida de Henry Thoreau.