Sobre El Cuervo blanco, con Fernando Vallejo (Publicada en Clarín)

Rufino José Cuervo Urisarri nació en Bogotá en 1844 y murió en París, donde había pasado los últimos 30 años de su vida, en 1911. Fue enterrado en el cementerio de Pére Lachaise, junto a su hermano Angel, de quien había sido inseparable y había muerto en 1896. Frente a su tumba comienza El cuervo blanco, el último libro de Fernando Vallejo. “Rufino Cuervo”, escribe Vallejo, “fue el más grande de los filólogos de nuestro idioma, y el más noble de los colombianos”.
Con su compatriota Antonio Caro, Rufino escribió una Gramática latina. Con su hermano Angel, una biografía del padre de ambos. Solo, unas Aportaciones críticas sobre el idioma bogotano. Emprendió la redacción de un Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana, que no era un diccionario sino una gramática: ocho mil doscientas páginas divididas en tres mil monografías. “Su ambición”, señala Vallejo, “era meter en un diccionario todas las frases pronunciadas y escritas por los millones y millones de hispanohablantes que habían vivido en los novecientos años que llevaba de existencia el castellano como lengua”. Rufino elaboró su diccionario letra por letra, y al morir, a pesar de la inmensidad de lo hecho, apenas había llegado a la letra D.
Basándose en una descomunal cantidad de documentos, Vallejo escribe en El cuervo blanco no una biografía sino una hagiografía (“vida de santo”) de Cuervo. Más que una novela, el libro es una indagación en las condiciones de Cuervo para ser santificado. Con una meticulosidad alucinada, Vallejo cita, data, vincula, rastrea miles de páginas y documentos, dándole al texto relieve lingüístico incomparable.
Por correo electrónico, el autor respondió algunas preguntas de Clarín.
-¿Todos los documentos mencionados, todos los párrafos citados, son "reales", o algunos los ha escrito usted?
-Todos son reales, ninguno inventado. En uso de las facultades extraordinarias que me confirió el Segundo Concilio Vaticano termino canonizando a mi biografiado. Wojtyla el polaco (más conocido por el alias de Juan Pablo II), entre beatificados y canonizados ¿no pasó pues de los cuatro mil? ¿Por qué no he de tener yo derecho a uno solo?
-¿Hay un intento de representar o recrear un idioma en desaparición, como podría ser un castellano epistolar de fines de siglo XIX?
-No pretendo recrear ningún idioma en curso de desaparición, ni menos el epistolar, que con los e-mails de hoy día se fue al demonio. El español no está desapareciendo, se está empeorando, si es que cabe. Se está convirtiendo en un adefesio anglizado, tanto aquí en Hispanoamérica como al otro lado del océano, en España.
-¿Cuáles serían los valores que el idioma está perdiendo?
-En el siglo XIX fue el afrancesamiento, en el XX y en el XXI la anglización. Y no porque digamos “un e-mail” en vez de “un mensaje electrónico” (al final de cuentas “electrónico” es una palabra muy fea) sino porque cuando entramos a una “discoteca” (otra palabra feísima) nos saludan diciéndonos “Bienvenidos”, palabra que aunque existe en español, en esta situación es la traducción del “Welcome” inglés. Antes en español (o en castellano, como prefieras), nos habrían dicho: “Buenas noches, señor”, o “Cómo está usted” o algo así. Hoy hasta las interjecciones están anglizadas y por todas partes oímos “Wow!”, que se pronuncia “Guau”, como si quien las emitera fuera un perro. Antes decíamos “herencia”, hoy decimos “legado”. Antes decíamos “antepasados”, hoy decimos “ancestros”. Antes decíamos “demagogos”, hoy decimos “populistas”. Antes decíamos “sermón”, hoy decímos “homilía”... Y no es que en estos pares de palabras la segunda no sea castellana, sino que la primera era la usual, no la segunda, que estamos traduciendo del inglés. “Ancestros”, por lo demás, nunca se usaba en plural.
-¿Qué función cumplen los cambios tecnológicos en este proceso de decadencia?
-La plaga máxima de la humanidad es un pobre con radio. O con un teléfono celular. Veo a uno de mis congéneres de esta noble especie del Homo sapiens hablando por la calle a través de uno de esos aparatitos, y me dan ganas de degollarlo: de aplicarle su buen machetazo en la cabeza tal y como se estilaba en la Colombia de mi niñez, allá por 1950, cuando todavía éramos civilizados. Y meterle, acto seguido, con la cabeza desprendida de su cuerpo un gol sublime al Real Madrid.
-¿No es inverosímil el empecinamiento con que Cuervo se entrega a su tarea? ¿No se compara con el suyo?
-Cuervo era un santo y todo cuanto emprendió resultó en milagros. Uno de ellos fue su Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana, que me deja pasmado. Y yo soy un maniático de los nombres, las direcciones, las fechas, la contabilidad... Soy de una exactitud rabiosa.
-Quería pedirle un comentario sobre los estándares de canonización con que el narrador mide a Cuervo, para resolver su santificación: no haber tenido vida sexual, no haber sido funcionario público, haber sido generoso con el dinero, haber hecho grandes favores a los demás, haber ejercido una ira santa.
-Rufino José Cuervo Urisarri, paisano mío colombiano, noble, bondadoso, de alma grande, me ha abierto las puertas del cielo. Ya sé que gracias a su mediación, pues va a interceder por mí ante el Todopoderoso, no iré a reunirme en los infiernos con Wojtyla, con Sartre, con Voltaire, con Renan, o con el infame Néstor Kirchner, el ratero más grande que ha tenido la Argentina en los últimos tiempos. ¡Pobres de ustedes, ché, los compadezco! A sacar la platica del banco rápido antes que los agarre otro corralito y se les escape Cristina a Venezuela con lo que les alcance a afanar.