Sobre El Arte de la Memoria, de Héctor Ciocchini, Graciela Blanco y Laura De Carli (Publicado en Perfil)

A principios de 1992, Héctor Ciocchini (1922-2005), poeta, investigador y docente de larga y reconocida trayectoria, visitó la ciudad de Colón, Entre Ríos, donde conoció a Laura De Carli, una arquitecta que se dedica a la puesta en valor del patrimonio urbano vinculándolo con la historia y la cultura. De Carli invitó a Ciocchini a recorrer el “circuito turístico” que ella tenía organizado para los amigos que la visitaban. Entre los puntos de ese recorrido se encontraba el Palacio San José, que alguna vez fuera la suntuosa residencia del General Justo José Urquiza.
Casi al final de la visita, recuerda De Carli en el prólogo al recién editado El Palacio de la Memoria (Eudeba), Ciocchini se detuvo largo rato delante de las figuras que decoran el friso de la fachada principal, y preguntó si se había hecho algún estudio de esa ornamentación “tan curiosa”, porque creía posible que esas figuras pudiesen “leerse” como un jeroglífico.
Ubicado en una estancia que llegó a tener veinticinco mil hectáreas, veinte de las cuales estaban ocupadas por jardines y quintas de frutales, (algunos de ellos provistos por los naturalistas Amadeo Bonpland y Eduardo Holmberg), el Palacio tiene en una gran planta rectangular, de veintiocho metros por setenta y cinco, con dos patios de veinte metros de lado, que están rodeados por treinta y ocho habitaciones. A ambos lados de la fachada principal sobresalen dos torres de aproximadamente diecisiete metros de altura.
Sólo dos entradas hay en el Palacio: una en el frente, orientada hacia el este, y otra posterior, que mira hacia el oeste. A los lados de este eje longitudinal, que atraviesa toda la propiedad, van sucediéndose la Avenida de las Magnolias, el Parque Exótico, el Jardín Francés, el Pórtico, el zaguán de acceso al interior de la residencia, los dos patios interiores y el Jardín Posterior, para finalizar en el Lago Artificial y el Corral Excavado.
Sobre la fachada principal del Palacio se despliega un friso compuesto por cincuenta y cuatro triglifos (estrías verticales separadas por estiletes) e igual cantidad de metopas (intervalos entre dos triglifos) decoradas con ocho figuras diferentes, en relieve. Nave, casco con armas, yelmo, coraza, espada, escudo, iris (lis) y lira. Esas son las figuras.
Sin embargo, no fueron tanto las figuras en sí como el hecho de que estas no estuviesen ordenadas de manera simétrica, como sucede comúnmente con este tipo de decorados, y más en un sitio como el Palacio San José, desarrollado con un criterio de la simetría inflexible, lo que hizo sospechar a Ciocchini que la sucesión de los relieves escondía algún sentido muy específico.
Junto con De Carli y la psicóloga Graciela Blanco, especializada en temas de simbolismo, y autora de un una investigación sobre los edificios como discurso, Ciocchini comenzó a trabajar en el desciframiento del friso.
Todo esto se cuenta en El palacio de la memoria, un libro firmado por los tres, que es tanto el resultado (hipotético, señalan los autores) del desciframiento de la simbología iconografía presente de la ornamentación de la residencia de Urquiza, como la crónica de ese proceso de desciframiento. Ciocchini, fallecido antes de que el libro se concluyera, aparece entonces no sólo como autor, sino también como “personaje” principal, ya que es, en gran medida, quien lleva adelante el proceso de dilucidación.
Profesor visitante en el Warburg Institute, en Londres, a principios de los años sesenta, donde se vinculó con algunos de sus investigadores más reconocidos, como H.E.Gombrich y Dame Frances Yates, Ciocchini se valdrá del método warburguiano para abordar el friso.
Recuerdan los autores de El Palacio… que su libro El Arte de la memoria, Yates analiza el sistema de la memoria desarrollado por Robert Fludd, un pensador del ocultismo, que había adoptado el teatro como forma arquitectónica para su sistema, dentro del cual las ilustraciones eran instrumentos que permitían transmitir una filosofía de manera visual.
“El aspecto más sorprendente y excitante del sistema de la memoria de Fludd está en que los edificios de la memoria, lo que él llama teatros son los lugares en que las acciones de las palabras, de las oraciones, de las particularidades del discurso se exponen como en un teatro público en el que se representan comedias y tragedias”, dice Yates.
Ciocchini reconoció que seis de las ocho figuras reproducidas en el friso del Palacio tenían su origen en ornamentaciones incluidas en un trabajo del siglo XVI, debido a Giacomo Vignola: Tratado Práctico Elemental de Arquitectura o Estudio de los Cinco Ordenes. Al trabajo de Vignola recurrían los constructores italianos que comenzaron a trabajar en el país después de la Revolución de Mayo, acompañando el intento “oficial” de borrar las huellas hispánicas también en lo arquitectónico.
Descubrir la procedencia de las otras dos figuras resultó más complejo, pero finalmente llevó a Ciocchini a asociar esas imágenes con las de la Hypnerotomaquia de Polifilo, obra gráfica de Francesco Colonna, de 1467, famosa por el carácter simbólico de su argumento.
Ciocchini vinculó el trabajo de Colonna con una interpretación del Polifilo hecha por Czar Péladan, quien llegó a la conclusión de que la mayor parte de la simbología masónica proviene de la interpretación que éstos hicieron de la Hypnerotomaquia, que a su vez remite a la tradición egipcia de los jeroglíficos. “La interpretación de Péladan sobre el lenguaje del Polifilo, y su articulación con los secretos masónicos, es lo que da origen a nuestra metodología para descifrar la fachada del Palacio San José”, aseguran los autores de El Palacio…
Y subrayan que precisamente, una particularidad de la Masonería, es su difusión por medio del simbolismo, ya que se trata por excelencia una sociedad iniciática que transmite su conocimiento por medio de diagramas simbólicos.
Al rastrear la vinculación de Urquiza con la masonería, Ciocchini, De Carli y Blanco citan al historiador Alcibíades Lappas, quien sostuvo que las enseñanzas masónicas tuvieron una influencia fundamental en las reformas políticas que Urquiza emprende “repentinamente”: mayor atención a los asuntos públicos y privados, nuevos trazados urbanos, énfasis en la instrucción pública, concesión de becas, incorporación de hombres de ciencias, técnicos y profesores a la estructura provincial. Subrayan que es evidente y significativa la coincidencia de fechas entre la iniciación masónica de Urquiza en la Logia Jorge Washington de Concepción del Uruguay, su cambio de postura en el gobierno, que lo llevará a enfrentarse y a derrocar a Rosas después de haberlo servido durante cuatro lustros, y el comienzo de la construcción de su Palacio. Estos tres hechos fundamentales suceden en el mismo año: 1847.
“Ya estamos en situación de afirmar que en este edificio y sus alrededores nada es casual y todo está realizado con un designio y una intención. San José fue creado para simbolizar y reflejar la construcción de otra obra: el Estado Argentino”, se asegura en El Palacio de la Memoria.
Una vez alcanzado este marco, Ciocchini, Di Carli y Blanco trabajan sobre dos líneas de análisis: una (ars quadrata) que implica el estudio de cada uno de los símbolos del frente en su aspecto arquetítipico y en el contexto de su época, y otra (ars rotunda) que tiene que ver con la forma particular en que los símbolos están ordenados en el friso.
Según esta hipótesis de lectura, el frente del Palacio San José dice lo siguiente: “Peligrando la nave del Estado en la borrasca de las luchas fratricidas, la autoridad, por designio divino, al frente de sus huestes, asume por la fuerza las armas, el timón de la nave amenazada. Imponiendo la guardia y la custodia por mandato de la autoridad, la nave será conducida con la protección de la fe, la justicia y la sabiduría, hacia la Concordia, para alcanzar la Armonía, principio y fin de esta gesta. La autoridad ha desenvainado su espada para la protección del Estado, ha promovido la Concordia entre sus hombres que ahora forman un solo ejército fiel a la Nación y su Ley Suprema. La nave ya no se detendrá en el camino de la pacificación, manteniéndose firme bajo el amparo de la autoridad, que deponiendo la espada de la lucha, impondrá las armas de la protección”.
Libro extraño, apasionante, por momentos largo, minucioso, El Palacio de la Memoria descubre un mundo encerrado en los detalles, velado pero dispuesto a abrirse. Finalmente, o desde el principio, de lo que se trata es de la construcción de una mirada diferente. “La que nos permitirá ver”, señala De Carli.
En 1870, para festejar el decimoctavo aniversario de Caseros, el Palacio se engalanó como nunca antes y recibió la vista de Sarmiento. Fue su última fiesta: meses después Urquiza moriría asesinado. La propiedad siguió en manos de la familia hasta 1936, cuando se la declaró Monumento Nacional.
“Hombres más audaces y más nobles que los de nuestro presente, que conocieron con honor y temor, a la vez que con valentía, lo que una guerra implica, dejaron esas huellas”, escribe Ciocchini en el epílogo del libro.