Sobre Control o no control, de Fernanda Laguna (Publicada en Ñ)

Una convención tácita parece sostener la forma en que se lee y escribe poesía: es la correspondencia, la identificación de la voz poética con la figura del poeta. Una voz expresa a un poeta. Tiene que haber una voz para que haya un poeta. Hay una verdad, una autenticidad, un valor en esa continuidad voz-poeta. (Una verdad, por caso, a la que no pueden aspirar escrituras “conceptuales”, siempre sospechosos de reemplazar esa identificación por una “operación estética”. Como si el trabajo sobre una voz otra cosa mejor).
Estilísticamente, Fernanda Laguna escribe poemas como si la poesía no hubiese existido jamás. Poesía entendida como un género, con su historia y tradiciones, con sus imperativos de escuelas, sus -ismos. Escribe como si se pudiese escribir desde cero, sin lastre; como si al escribir ella misma estuviese creando la poesía. La suya es una escritura de la inmediatez de las sensaciones, de una primera lógica del pensamiento, de las verdades originales, de una narración sin montaje. Su poesía Laguna podría ser el mejor ejemplo de esa correspondencia entre voz y poeta, sin intervención de operación estética alguna.
Sin embargo, hay en su escritura una artificiosidad marcada precisamente, por esa cosa primigenia. En esa artificiosidad pueden leerse los rastros de la figura de lo no naturalidad por excelencia: el dandy. En este punto, la poesía de Laguna podría ser el mejor ejemplo de la no correspondencia entre la voz y el poeta. Y esa elementariedad de la gramática de la voz poética se vincularía, en la figura del dandy con un incuestionable refinamiento cultural.
¿Dónde está Laguna? ¿En la verdad de la voz de lo que el texto dice o en la operación de construcción de esa voz? ¿En una voz elemental o en una poeta refinada? ¿O se trata de una equivalencia, en la que lo más refinado es lo más elemental?
Parecería haber una contradicción entre lo que su estilo dice (y sus poemas están está continuamente diciendo cómo deben leerse) y lo que su poesía hace. Su poesía podría ser leída como pide que se la lea (como si fuese otra cosa que poesía), únicamente en un contexto como el que ella propone donde la poesía, efectivamente, no existiera. Entonces sus textos sí podrían ser leídos, como sugieren, por ejemplo, como autoayuda. (En ese sentido, si realmente la poesía como género le resultara indiferente, en vez de escribir poesía escribiría autoayuda, salteándose todo lo formal para ir directamente al contenido).
Una literatura de la anomia como la suya cobra sentido precisamente en un contexto normativizado. Necesita la existencia de aquello que impugna. La poesía de Fernanda Laguna es una poesía que no termina de resignarse a no ser leída como aquello que rechaza., porque al hacerlo dejaría de ser considerada como poeta, y la poesía, finalmente, es lo único que Fernanda Laguna jamás impugna.
¿Laguna está afuera de la poesía, o trabaja en el centro mismo de la poesía? La pregunta es más que difícil de contestar. Es improcedente. Porque la suya no es una contradicción que deba ser saldada. Al contrario. Laguna no está ni en uno ni en otro lugar. Está en los dos, o en ninguno. En cierta forma, es inaprensible para estas viejas categorías de la crítica. Laguna está un poco más adelante que todos. Eso no la hace mejor ni peor poeta, pero precisamente porque su falta de ubicuidad es un cuestionamiento radical a cualquier idea de lo que signifique ser un buen o mal escritor.