Nota sobre Nanina, con Germán García (Publicada en Clarín)

Nanina, primera novela de Germán García, es una de las más conocidas pero también relativamente menos leídas de la literatura argentina. Es de las más conocidas porque cuando se publicó, en 1968, fue un verdadero boom y agotó cuatro ediciones en tres meses, hasta que fue prohibida por ofensa a la moral pública y García condenado a dos años de prisión en suspenso. Y es de las menos leídas porque a pesar de su carácter casi legendario, en los cuarenta y cuatro años transcurridos, se había vuelto inhallable.
Nanina es la historia de un adolescente que viaja solo de Junín a Buenos Aires, donde descubre la ciudad, el mundo del trabajo y la sexualidad. Y acaba de ser reeditada por Ricardo Piglia en la Serie del Recienvenido, colección que se propone rescatar, desde su vigencia, libros de las últimas décadas del siglo xx que hayan promovido temas y formas en la narrativa más contemporánea.
Germán García publicó además novelas como Cancha Rayada (1970), La Via Regia (1975), Perdido (1983), Parte de la fuga (1999) y La fortuna (2004), fundó instituciones vinculadas al psicoanálisis y escribió también ensayos, entre ellos Macedonio Fernández, la escritura del objeto (1975) y La entrada del psicoanálisis en la Argentina (1978) .
-¿Por qué se consideró que Nanina ofendía la moral pública?
-Por el uso que hacía del lenguaje coloquial en la sexualidad, algo que hoy está totalmente extendido. Y por una cosa que bien entendida es bastante cristiana, que es ver la sexualidad de manera grotesca, sucia. “La orgía de cuerpos de las catedrales europeas”, decía Lacan. También por incluir declamaciones de tipo anarquista. El juez me recriminó que yo no tenía una sana rebeldía contra la situación social, y argumentó que atentar contra la moral de los otros era peor que atentar contra la vida de los otros. ¡Me estaba aconsejando que me convirtiera en un militante armado! Hubo una apelación y la pena se redujo a seis meses de prisión en suspenso. Pero leído hoy, Nanina es un libro inocente.
-El libro lo editó Jorge Álvarez con una buena campaña de marketing ¿Cómo llegó a la publicación?
-De una manera un poco azarosa. Yo no era del ambiente literario, no hacía los ritos de la época, como era pertenecer a una revista literaria, ni hacía periodismo. Me juntaba con unos amigos en los bares de la calle Corrientes. Teníamos “nuestros virgilios”. Uno era Ricardo Zelarayan. El pasaba tarde, a tomar un café. Sabía de todo, tenía una gran cultura literaria. A través de él conocimos a Macedonio Fernández. Zelarayan nos llamaba “los analfa”. “Ustedes los analfa tienen que leer a tal o cual”, nos decía. Yo trabajaba en una librería a la que iba Bernardo Kordon. Kordon había sacado un libro y yo le había hecho un comentario soberbio, de chico: “usted es muy realista”, o algo así. “¿Usted escribe?”, me preguntó Kordon. Me apuré a pasar en limpio lo que tenía y se lo llevé. Un día vino y me dijo que le había dejado el libro a Jorge Álvarez. Después me llamó Pirí Lugones, que trabajaba en la editorial. Uno de los lectores de Nanina había sido Rodolfo Walsh, que había hecho un informe favorable y después publicó una nota sobre una nueva narrativa donde mencionaba a Manuel Puig, a Ricardo Frete, a Piglia, a Aníbal Ford y a mí.
-Más que por una trama, la novela parece avanzar por manchas de recuerdos. ¿Hay algo de escritura automática ahí?
-No. Pero todos éramos muy espectadores de cine de arte, y una cosa que me gustaba del cine era el contracampo. Primero alguien está en Buenos Aires, después ponés una escena del campo. La secuencia argumentativa de Nanina no era demasiado interesante: cómo alguien pasa de ser un púber a ser un adolescente, y cómo en ese trayecto va surgiendo un pasado infantil. Necesitaba darle un ritmo que para mí mismo fuera legible, que no me aburriera. El libro no tiene una estructura novelística. Es algo que aprendí de Henry Miller. Para nosotros era una pesadilla que una novela fuese Sobre héroes y tumbas. ¿Cómo escribís eso? Era un ladrillo. Cuando salió Rayuela, fue como una iluminación. No me identifiqué con el estilo cancherito de porteño parisino, pero sí con la libertad formal del libro. Con eso y con los surrealistas, por lo lírico. Estábamos descubriendo La masmédula, de Oliverio Girondo. Miller me enseñó a sacar agua de las piedras. Si no tenés qué escribir, te sentás y escribís: “no se me ocurre nada”. Sacar algo de nada. Eso da un efecto de escritura automática pero no es escritura automática: es divagar.