Mesa sobre nueva crítica (Publicada en Perfil)

Algo parece haber cambiado en las formas de entender la literatura argentina durante los últimos años. Si bien simbólicamente el momento de cambio podría identificarse con el año 2001, el proceso de renovación ya venía desarrollándose y ahora empieza a ser abordado con cierta claridad. Perfil reunió a cuatro investigadores jóvenes, de posturas divergentes, que acaban de publicar sus primeros libros, para interrogarlos sobre el estado de la crítica local, sus intereses y vinculaciones con la política.
Cecilia Palmeiro viene de publicar Desbunde y felicidad, donde vincula el debate cultural y político de los años 80 en Brasil con el pasado más inmediato de las experiencias literarias surgidas en Buenos Aires a partir de la crisis. Damián Selci, editor de la revista Planta, donde ha leído las últimas producciones literarias locales desde una óptica marxista, acaba de editar su primera novela, Canción de la desconfianza. Juan Mendoza curó para la Biblioteca Nacional la edición facsimilar de la revista Literal y publicó Escrituras past_ (Tradiciones y futurismo del siglo 21), un texto que indaga en las escrituras digitales y las “literaturas software”. Sebastián Hernaiz, integra el equipo editor de la revista El Interpretador y publicó Rodolfo Walsh no escribió Operación Masacre y otros ensayos sobre literatura y peronismo, libro que reúne cuatro trabajos que discuten la forma de interpretar la literatura, su historia y la realidad nacional.
—¿Existe una nueva crítica literaria, un poco a raíz del 2001? ¿Qué características tendría?
PALMEIRO: 2001 fue un momento que volvió visibles cosas que ya estaban latentes, que se radicalizaron. Lo que hay es un gran ridículo de los intelectuales al no entender nada que tuviera que ver con el orden de la práctica política, en términos de cosas que no se planteaban hasta entonces. Si uno lee el libro de María Moreno La comuna de Buenos Aires, es para matarse de la risa. En 2001 lo que se vio fueron los límites de las herramientas críticas. Aparecen nuevos objetos y nuevas prácticas. Pero los libros que tratan sobre eso, como proyectos más orgánicos, aparecen recién ahora.
—¿Cómo definirías esos nuevos objetos, esas prácticas?
P: Mucha autogestión, editoriales independientes, formas creativas de administrar la cultura. Se inventó un mundo de una ruina. Se generaron ideas nuevas sobre lo que es intervenir y producir materiales sociales y sobre los alcances de esos materiales: Eloísa Cartonera, Belleza y Felicidad. El caso de Eloísa Cartonera es clave porque modifica todo el paisaje latinoamericano.
SELCI: Agregaría que también había un declive de la teoría literaria en general. ¿Cuál es el libro canónico de la teoría literaria de estos diez años? No hay. En ese declive un poco decepcionante algunos empezamos a pensar el problema de la crítica en relación no tanto con el plano reflexivo, de construcción de lecturas sobre algún fenómeno cultural, sino reenviándolo a la tradición de pensar la crítica con un componente valorativo, que justifique y argumente sus juicios. Una crítica más de escritor, poundiana, que implique preguntarse cuál es la sensibilidad más avanzada en este momento. Así se puede llegar al problema no de definir lo nuevo, sino simplemente de encontrarlo, lo cual es mucho más meritorio.
MENDOZA: Creo que no existen objetos naturales, sino que hay que construir problemas teóricos a partir de una imaginación de lo literario. Me interesa muchísimo el trabajo de Eloísa Cartonera para pensar el tema del residuo en relación con internet, ahí donde se produce un cruce de discursos de distintas procedencias. Pero tampoco creo que todo sea pensar el presente. Tenemos un horizonte de lectura que está en los 60 y los 70, en la “edad dorada” de la teoría. En 2001 yo entregaba mi primer trabajo sobre Literal y afuera estaban matando a Kosteki y Santillán. Así como hay algo mal contado en los 70 en relación con Montoneros, hay algo mal contado en relación con el kirchnerismo. Hay problemas que están en los 60 y los 70 que nos interpelan, a la vez que sentimos que hay que ir a interpelarlos.
—Damián, ¿dónde encontrarías nuevos objetos críticos?
S: Lo más importante de los últimos veinte años pasa por la poesía, no por la narrativa. En los 90 se formó un sistema en el cual había una crítica más o menos respetada que tenía capacidad, justamente, para decir por dónde pasaba lo nuevo. Esa crítica logró subir el piso de lo que se estaba escribiendo y obligó a los escritores a tomarse en serio la crítica. Experimento sensación de remembranza cuando se nos acusa, a los que queremos discutir la literatura con juicios de valor, de viejos, de ortodoxos. La novedad, en la literatura, sobre todo en la época moderna, hace falta. Me interesa una crítica pegada al productor, que pueda ayudar a los escritores no a escribir, pero sí a discutir y a establecer ese piso.
HERNAIZ: No creo que haya una “nueva crítica”, o que se recorten necesariamente “nuevos objetos”. Me parece que los cambios más importantes tienen que ver con una transformación en el lugar que ocupan en la sociedad; comienzan a recuperar un lugar en la esfera pública que habían perdido en los 90. En ese sentido se puede pensar en algunas marcas específicas. En la crítica, una es el fuerte interés por los cruces entre literatura, historia y política. Es una tendencia que gana relevancia en esta última década. Pensaría la reestructuración del campo cultural: si en los 80 y 90 Punto de Vista ocupaba un lugar central, después de 2001 ganó relevancia el grupo de El Ojo Mocho, no sólo por los lugares institucionales que ocupa, sino porque su impronta se trasladó a revistas de nuevas generaciones, como El Río sin Orillas o Mancilla. Podrían ser caracterizadas como “nuevas” algunas producciones que utilizan internet no sólo como soporte de circulación, sino también como plataforma de producción, y cierta proliferación de proyectos de edición casera. Estos elementos, ligados a nuevas tecnologías, parecen ser aún más productivos leídos en las distintas tradiciones de la literatura del siglo XX que legitimados por la búsqueda de “lo nuevo”.
—¿Cómo pensás la cuestión de la crítica vinculada con la novedad, Cecilia?
P: En el capitalismo lo nuevo es el cambio social, y eso nunca ocurre. Mi preocupación no es lo nuevo. En el momento de escribir Desbunde y felicidad pasaba por preguntarme qué era lo que hacía yo y qué era lo que hacía la gente con la que yo me vinculaba. Me parece interesante 2001 porque parecía que cualquier cosa podía ocurrir, y lo que se producía estaba relacionado con esa idea de catástrofe. Es una impronta que sigue dando vueltas, ¿no? Lo de YPF lo confirma. Permite una agilidad de pensamiento, una relación con otras prácticas. Es lo más distintivo de lo contemporáneo. Me interesa más lo contemporáneo que lo nuevo.
—¿Y qué lugar le asignás al valor en lo literario?
P: Con la desaparición de la teoría literaria a favor de los estudios culturales, determinar cuál es el lugar de lo específico de la teoría literaria se volvió muy complejo. No trabajo con la categoría de valor. No la uso nunca. Los textos que me interesan son textos que producen intensidades y tiran vectores hacia prácticas de transformación social. Me importa qué hace la literatura sobre el mundo, y no al revés.
M: La poesía de los años 90 es importante, pero está bien que no exista más una revista como lo que era Diario de Poesía, que no haya un órgano crítico que distribuya el juego. Este es un momento muy prolífico porque muchos regímenes de literariedad hegemónicos están en crisis. Es un momento de peligro, como diría Benjamin. Hay nuevas subjetividades, que no son las subjetividades de los jóvenes kirchneristas, sino por ejemplo las de los polizones africanos que están arribando a la Argentina. O las que va a crear la literatura que están escribiendo las primeras generaciones de argentinos hijos de bolivianos y paraguayos. Una pregunta que me haría es si los críticos no ocupan el lugar de funcionarios de una institución, que es la literatura. ¿No es la crítica exterior a la literatura?
H: Lo “nuevo”, que suele ser una categoría más propia del marketing. Me interpela una literatura que, sin ampararse en la legitimidad que el escándalo o el efecto de “vanguardia” otorgan, propone apuestas de riesgo, disruptivas de lo esperable, que obligan a repensar el presente y los modos de intervenir en él. Más que el valor, me interesan los objetos que permitan revisar cristalizaciones que se han ido construyendo con el tiempo y son constituyentes del modo de conceptualizar la cultura y la política hoy. Disfruto de las producciones del presente, pero no las considero el único modo de participar de lo contemporáneo. Me interpela tanto practicar una lectura desde el presente de la obra de Borges y Martínez Estrada, en los que estoy trabajando, como de Carlos Gradin, Oscar Fariña o Hernán Ronsino.
—¿Qué buscan en los “objetos críticos”?
M: Yo busco la ruptura, el quiebre; reformulaciones del diálogo con la tradición. Nuevas formas de pensar el pasado, la aparición del pasado en el presente. En esto sí hay algo ético de nuestra parte: tenemos que exigirnos y pensar formas de imaginar otro mundo. Trabajo maneras de leer: ahora en la era digital. Antes, en los 70. Pero me gusta la contingencia. Pensaría la cuestión un poco en término de sampleado de ideas.
S: Noto que con la poesía de los 90 tenemos un pequeño consenso, y lo considero un triunfo crítico. Con respecto a lo otro, la primera pregunta que le hago a un libro es si se trata de una expresión de la sensibilidad más avanzada de un momento determinado, o no. Eso garantiza el margen de honestidad intelectual, que en el caso del crítico consiste en no imponer los gustos o la agenda que uno tiene. Para mí el libro de Carlos Busqued Bajo un sol tremendo es muy bueno, y no tiene que ver con mis gustos personales. Con Pablo Katchadjian me sucede lo mismo. Me gusta la literatura cuando se discuten casos concretos. Recién Juan preguntaba si la crítica era exterior o no. Eso nos lo podemos preguntar siempre. Lo interesante no es ver en qué caso concreto está pasando. Ahí la discusión crítica por la literatura empieza a dar la sensación de que algo podría llegar a ser importante.
—¿Sebastián…?
H: Tal vez lo que el presente de la crítica puede encontrar como criterio de selección encuentra libertad para ofrecer gestos renovadores en nuevas lecturas del canon y la tradición. Sin embargo, al mismo tiempo que se releen los clásicos y los autores marginados del canon con una libertad y una fuerte voluntad de intervención política, hay que resaltar en los críticos jóvenes, así como también en los jóvenes poetas y narradores, que existe un constante diálogo en el que la generación se lee a sí misma, comparte espacios de intervención y sociabilidad literaria, aunque esto no implique homogeneidad estética ni de formas del ver el mundo.
—Juan hablaba de una nueva manera de leer.
P: Incluso pensando en experimentos de salida, como el grupo de Literal, ahí había mucho de aplicación de la teoría. Me parece que nosotros ya no usamos eso, no estamos bajando estructuras. Las herramientas que usamos las vamos construyendo nosotros mismos. En eso me parece novedoso el surgimiento de una crítica de los afectos, que tiene que ver con cuál es la posición de uno en el debate, con captar intensidades y relacionarlas con la experiencia. Desbunde y felicidad fue un experimento vital de seis años que me llevó a vivir esta nueva literatura que está ligada a la vida como un nuevo experimento de salida, salida de lo estrictamente literario y de los moldes teóricos. En 2001 quemamos bastantes bibliotecas y construimos muchas nuevas. No sé si hay una nueva crítica, pero hay gente como nosotros escribiendo libros, armando revistas, haciéndose cargo de su lugar.