Con Javier Cófreces y Eduardo Mileo, por su libro Los frutos del apetito (Publicada en Clarín)

Cada uno escribía un poema y luego cada poema lo trabajaban los dos. O uno escribía unos versos y el otro los continuaba. O uno introducía versos en los poemas del otro. O escribían a cuatro manos, literalmente. Todas las formas de la escritura de a dos ejercitaron Javier Cófreces (1957) y Eduardo Mileo (1953) para componer Los frutos del apetito (Ediciones en Danza), un libro de poesía sobre los comestibles en el que los sentidos del gusto se disparan en varias direcciones.
Cinco capítulos integraban la versión original, de 1993: Los frutos del aire (referido a pan y farináceas), Los frutos de la sangre (carnes rojas), Los frutos de la tierra (vegetales), Los frutos del agua (pescados), Los frutos del fuego (vino y bebidas alcohólicas), y Los frutos del cielo, compuesto por extravagantes oraciones religiosas de agradecimiento. En el tiempo que el libro maduró a la espera de ser publicado, agregaron un capítulo final: Los frutos del infierno, sobre el hambre.
Cada poema está acompañado por la cita de un escritor y por la frase de un político, deportista, actor u otro artista.
“Descorché, pero lo botella, y la olí. Para más luego, para más tarde. Oh, prosa. Cómo te extraño”, dice Osvaldo Lamborghini. Y le contesta Nicolino Locche: “Lo único que no puedo esquivar son los vasos de vino mendocino”. Tercian finalmente Mileo y Cófreces: “Una luna sin rostro/ cruza el cielo de su infancia./ Amanece/ sobre el lado sangriento de su guerra./ Su corazón/ es el vino que han dejado los muertos”. O recuerdan a Armando Bo: “Un asadito en medio de la filmación vale más que mil fotogramas”. O a Edmundo Rivero: “Esto no es un papusa, tiene cara de merluza”. Y escriben: “Para hacer más sabrosa mi ensalada, / para que tenga otra cosa que hortalizas, /para obtener el sabor preciso/ en la variedad de los ingredientes./ tú, Altísimo, / alcánzame esa lata de atún / del último estante.”
Una y otra vez, a comida aparece atravesada por la religión, la infancia, la seducción, la “patria”, la intimidad, la literatura. Es un libro escrito con humor, que se burla de la épica de la cocina e ignora la cuestión vegetariana.
-¿Por qué se pusieron a escribir poemas sobre comestibles?
-(EM) Realmente no recuerdo cómo surgió la idea; sí que entonces tuvimos en cuenta la extensa tradición que existe, principalmente en la poesía latinoamericana, de tratamiento de este tema, como en las Odas Elementales, de Neruda, o en las comidas de chile de Pablo de Rokha.
-Pero por las citas, dialogan con una tradición universal.
-(EM) La comida funciona como una metáfora. Es la tradición misma. Incluso poética y literaria. La lengua sirve para hablar y para sentir los sabores. Está intrínsecamente limitada por esas sensaciones.
-¿Qué les interesaba de la relación entre poesía y comida?
-(EM) En principio, nada muy consciente. Pero a la luz de lo que fue sucediendo, yo diría se trabajó en función del gusto: se dio una interacción estética entre nuestro gusto por la literatura y nuestro gusto por la comida.
-¿Se toparon con muchas sorpresas?
-(JC) El libro está lleno de hallazgos literarios. Pero también hubo entre nosotros un montón de situaciones sorprendentes, cuestiones creativas nos provocaron sorpresas alentadoras, muy disfrutables. Encontrábamos coincidencias increíbles. Y si después de tener el libro abandonado dieciséis años, lo retomamos y encontramos que podíamos sostenerlo, fue porque había un bastamente muy sólido.
-¿Y cuál era ese basamento?
-(JC) Nuestra amistad. Ponerse a trabajar con el concepto de apertura a lo que dice el otro, de compensar las fallas y de enriquecer los textos ajenos, eso se basa en la generosidad de una relación de 25 años.
-El trabajo a cuatro manos, ¿implicó cambios importantes en el proceso de escritura de cada uno de ustedes?
-(EM) Mi visión personal de la literatura es que se trata de un proceso social. Que uno individualmente escriba un poema es una contingencia, porque uno fue educado en determinado ambiente, por determinadas personas que a su vez fueron educadas por otras. Existe una tradición que es sostenida en la individualidad. Pero ningún arte puede ser sostenido por un individuo. La poesía es un arte social ejecutada individualmente. Sólo en ese sentido se manifiesta la individualidad de la obra. El trabajo conjunto implica la reafirmación de muchas decisiones estéticas propias. El intercambio, la aceptación de cuestiones estéticas que vienen de otro lado, y de las que uno se apropia, se traducen en un crecimiento personal y social. Eso es lo que ideológicamente sostiene la obra de uno, la del otro, y la conjunta.