Sobre Michaux, publicada en Perfil

Los otros lugares, el lejano interior, el vértigo de la profundización, las geografías blancas, líquidas, caligráficas, minuciosas: algo de todo eso constituye el espacio sobre el que una y otra vez vuelve Henri Michaux (1899-1984) en sus libros. A veces ese espacio tiene un correlato referencial, como es el caso de sus libros de viaje (Ecuador, Un bárbaro en Asia); y a veces un correlato “imaginario”, como cuando describe sus experiencias con las drogas (Las grandes pruebas del espíritu, El conocimiento por los abismos).
Lo real aburre, fastidia a Michaux, que es un aventurero del espíritu. Así, todos sus viajes son siempre, finalmente, viajes mentales. Esto pudo haber dado pie a algunos malentendidos. Un bárbaro en Asia, el título, por ejemplo, parece funcionar como una suerte de reconocimiento y disculpa que ataje esos malentendidos. El libro es de 1933, y narra las impresiones de un viaje de Michaux por la India, China y Japón.
“Recuerdo (a Michaux) como un hombre sereno y sonriente, muy lúcido, de buena y no efusiva conversación y fácilmente irónico. No profesaba ninguna de las supersticiones de aquella fecha. Descreía de París, de los conventículos literarios, del culto, entonces de rigor, de Pablo Picasso. Con pareja imparcialidad, descreía de la sabiduría oriental”, recodaría el traductor de Un bárbaro… al castellano: Jorge Luis Borges.
En un artículo que dedicó a Michaux en 1966, Borges recuerda que éste se había permitido “alguna bromas sobre antiguas e ilustres civilizaciones, como el Indostán y la China: nadie se había escandalizado. En cambio, cuando no se tomó del todo en serio a nuestro país, hubo muchos que lo acusaron de ingratitud y de blasfemia. Semejantes errores de perspectiva son divertidos”.
Borges conoció a Michaux en Buenos Aires en 1935, cuando el escritor belga estuvo en el país invitado por el Pen Club para participar de un encuentro al cual también fueron invitados Jules Supervielle, Giuseppe Ungaretti y Jacques Maritain. Son los últimos años en que Michaux se ha dedicado a viajar incansablemente: Turquía, Italia, Africa del Norte, Indonesia, Portugal, Uruguay.
El pequeño escándalo a que hace referencia Borges, provocado por las impresiones de este viaje de Michaux a la Argentina, fue reconstruido en el último número del Diario de poesía (n 83), que publica por primera vez el texto original del belga, que desencadenó la polémica, y una carta que éste luego le escribe a Angélica Ocampo, en el cual se muestra sorprendido e indignado por la reacción que han generado sus palabras.
“Nada para ver en la Argentina”, le había escrito Michaux a Jean Paulhan, director de la Nouvelle Revue Francaise. Exactamente las misma palabras con las que había empezado, dos años antes, Un bárbaro en Asia: “En la India nada para ver, todo que interpretar”.
El texto que escribió Michaux sobre su experiencia en la Argentina (aunque nunca menciona el nombre del país ni de ninguna otra referencia concreta) fue publicado en el primer número de la revista Mesures, en enero de 1938, con el título de Un peuple et un homme.
“Los habitantes de las ciudades vivían solamente de sus vacas, que pastaban tranquilamente (hasta que se hicieran carne con ellas), a cientos de kilómetros de allí, sin vigilancia, apiñándose solamente bajo los árboles cuando llovía demasiado, siempre al aire libre, empujadas de vez en cuando de un lugar ya sin pasto a otro más herboso por unos jinetes callados sobre los que la naturaleza no tenía influencia: corazones mujeriegos”, escribe ahí Michaux.
O: “todos angustiados por saber qué piensa uno de ellos -uno no piensa nada- y empeñados en plantearte interminablemente preguntas sobre ellos mismos”. O: “su conversación vacía: cada uno se vaciaba para obtener el lleno del otro, que lamentablemente estaba vacío. Enseguida dabas con el vacío de lo vacío, cada uno proporcionaba un agujero más”. O: “Descompuestos por nada, siempre con algo que borrar, que hacer borrar, sin llegar nunca de una buena vez a pasar el trapo por encima y a respirar libremente, te persiguen, te atrapan para evitar falsas interpretaciones de tal o cual palabra que han dicho, de la que uno se burla perdidamente aunque la sigan corrigiendo hasta el fin de los tiempos”.
Recuerda Daniel Samoilovich en el Diario de poesía que apenas un mes y medio después de la publicación del texto, el corresponsal en París de La Nación envió a su diario un artículo titulado “El poeta Michaux publicó una curiosa lucubración”. El artículo calificaba al texto de Michaux como “un cóctel donde se mezclan la hostilidad, la burla, el desdén y la estupidez químicamente pura”.
El artículo de La Nación, subraya Samoilovich, también criticaba al poeta belga su ingratitud para con sus anfitriones porteños: “Viniendo de quien ha disfrutado de la hospitalidad argentina, el exabrupto del Sr. Michaux sienta un curioso precedente en materia de cortesía”, dice.
La nota pasa por alto la segunda parte del texto de Michaux (“Un hombre”), si se quiere todavía más severa que la primera (la que se vincula con la Argentina: “Un pueblo”). “Un hombre” es un retrato que exhibe algunos indicios autobiográficos, y en este sentido estaría diciendo de sí mismo cosas como:”Artistas, como el que es irreprimiblemente tartamudo, no un inventor sino un copista, y un copista de la copia, y de la copia de la copia, y así diez veces”. O: “Y toda su persona, la falsa vida interior (¿la del onanista?), esta especie de tabú del hombre sin confianza, sin amistad, y al cual la mujer congela.” O: “Hecho un ovillo, falso adulto, de más de treinta y nueve años, drogado por sus nervios, siempre dispuesto a correr las cortinas, a tapar las rajaduras con yeso, en una marcha incesante sobre el frente de la verdad”.
Al respecto, señala Samoilovich que la parte de “un pueblo” se completa con la dedicada a “un hombre” tan falto de aplomo como el pueblo en cuestión, un hombre del cual no sería fácil decir qué es lo que tiene de invención y qué de observación, qué de un esnob inspirado en el argentino medio y qué de amargo autorretrato. “Ni falta que lo hace, siendo a fin de cuentas un texto literario, y la literatura, entre otras cosas, el arte de fundir lo propio y lo ajeno, lo vivido y lo imaginado”, señala de todas formas.
En cualquier caso, la reacción del “Sr. Michaux” ante la publicación del artículo de La Nación, que recogía reproches de los escritores argentinos, fue inmediata. A los pocos días, Michaux le escribía una carta a Angélica Ocampo, la segunda de las seis hermanas Ocampo, carta que estuvo mucho tiempo extraviada pero fue recientemente publicada en Le Courier du Centre Internacional d’Etudes Poétiques, de Bruselas.
En la carta, Michaux se muestra sorprendido por el hecho de que varias personas de bien se hayan considerado ofendidas por su “(supuesto) retrato de la Argentina”. “Debemos estar en una sucia era nacionalista para que hasta los argentinos se encuentren prisioneros de este ridículo sentimiento colectivo. Declararía, aunque hacerlo en 1938 pueda ser una imprudencia, que me importan un rábano los pueblos, cada uno de ellos y todos juntos, y que jamás he tenido amigos sino entre quienes estaban más allá de todo eso”, escribe Michaux.
Con respecto a la acusación de ingratitud, responde que resulta escandaloso e inaceptable pensar que por haber comido un bife en casa de alguien, uno deba luego contenerse de decir lo que piensa.
Aparentemente como consecuencia de este episodio, cuando al año siguiente Michaux viaja a América latina, su viaje debe interrumpirse en Brasil, ya que las autoridades argentinas se negaron a renovar su visa de entrada al país. Ahí parecía terminar la historia de este desencuentro entre Michaux y la Argentina.
Sin embargo, casi veinte años más tarde, en 1956, en uno de sus libros en los que explora los efectos de las drogas (en este caso la mezcalina), titulado Miserable Milagro, Michaux vuelve a enfrentarse con “la cuestión”.
Son no sólo los años en que Michaux empieza a experimentar con alucinógenos, sino también la época en que comienza a dibujar, influido por Paul Klee, Max Ernst, Giorgio de Chirico. “Yo querría pintar la fermentación interior, tanto como pintar con ella, o gracias a ella”.
Miserable milagro es un libro que describe sucesivos paisajes geográficos como si fuesen estados de la mente, metáforas o dibujos de la transformación de los estados de la mente. Pero también hay un intento por teorizar sobre el funcionamiento de estos estados.
Describe Michaux en un pasaje de ese libro una suerte de “metafísica cómica”, que se da durante un determinado lapso, para el cual el sujeto ha sido preparado, y que se manifiesta como una suerte de base mecánica o bien vibratoria, para la risa. Ante lo inesperado, entonces, se desata una risa sin causa, que se mantenía como emboscada.
“Así que media hora más tarde, con un arrollador sentido de su absurdo, me encontré contemplando un mapa de la Argentina en un diccionario que al caer se había abierto por casualidad en esa página”, anota Michaux.
Podría haber sido cualquier país, pero fue la Argentina: “Prodigiosamente divertido, me senté allí disfrutando de lo exorbitantemente cómico de la forma de ese país, cuya comicidad me había pasado inadvertida hasta ese momento, y nuevamente se me pasó por alto un par de días más tarde”.
Ya entonces la Argentina ha perdido toda su referencialidad real, convertida apenas en el disparador casual de un efecto promovido por la mezcalina.