Sobre Conversaciones con Matta, de Eduardo Carrasco (Ediciones Universidad Diego Portales)

Uno puede perfectamente no saber quién fue Roberto Matta (1911-2002), a qué se dedicó, cuáles fueron los principales momentos de su trabajo, sus logros, con quiénes se vinculó y de quiénes aprendió, por dónde pasó su derrotero político y por dónde su vida cotidiana. No importa. De nada de eso se enterará leyendo las Conversaciones con Matta, de Eduardo Carrasco.
Uno también puede saber que Roberto Matta es quizás el pintor chileno más conocido en el mundo, y uno de los pintores surrealistas más destacados. Amigo de Pablo Picasso, de Marcel Duchamp, de André Breton, quien le dedicó uno de sus inolvidables ensayos, fue también el padre de Gordon Matta-Clark (1943-1978), referente fundamental del arte contemporáneo. Tampoco importa. Casi de nada de eso hablará Matta en estas 346 páginas de charla publicadas por la Universidad Diego Portales.
En el prólogo del libro, casi como si en vez de prólogo fuese una advertencia, Carrasco se pregunta el por qué de la obstinación de los demás en considerar la palabra de Matta como una “payasada de artista”, una “pura extravagancia motivada sólo por el afán de originalidad”.
La charla se abre en el medio de una cuestión abstracta y nebulosa: una pregunta por la potencialidad de “verdad” que hay en el “ver”. Desde el comienzo, el pensamiento de Matta parece improvisarse sobre una sucesión de imágenes. Continuamente se tiene la impresión de que, a su manera, Matta está comenzando una suerte de teoría del todo.
El suyo es un pensamiento animizado, orgánico, quizás un poco a la manera de las creencias de los latinafros (latinos y africanos) en los que tantas expectativas manifiesta. Pero también a la manera de los surrealistas, en cuyo trabajo está siempre la preocupación por las condiciones completas de la existencia.
Carrasco propone algunos términos para disparar la charla: ver, crecer, pintar, nos-ostrear, escribir, viajar, amor, amar, besar, votar, utopiar, cultivar.
Matta habla siempre lanzándose a indagar un mundo de imágenes desconocidas. No hay síntesis en su discurso. Sin embargo, de pronto esa nebulosa de imágenes se concreta en una idea moral del mundo. Una moral de raíz socialista, si se quiere; un humanismo internacionalista que funciona como sustrato. Neruda, Salvador Allende, Julio Cortázar. Un poco a la manera de las Voces, de Antonio Porchia, las frases de Matta parecen encerrar conceptos de gran exactitud descriptiva, al mismo tiempo que parecen ser cabales sinsentidos. En esta relación con el lenguaje, podría pensarse a Matta, su discurso, como lo opuesto al discurso del arte conceptual. O como el punto en que el surrealismo y el arte conceptual se tocan. De lo que se trata, siempre, es de inventar conceptos, no de sostenerlos.
Los diálogos no están tensados por una relación pregunta-respuesta. Tampoco hay búsquedas puntuales. La charla se va deslizando según las asociaciones del momento. La preguntas, más que para profundizar, sirven para extender, para prolongar. La conversación es un texto cuyos nudos discursivos, vagos, dispersos, no están jerarquizados internamente.
Carrasco no es ni un biógrafo, ni un investigador del mundo del arte; está en el lugar de una inespecificidad asombrosa. Para él, conversar con Matta es ser testigo de “la existencia de un artista en acto”, del “ejercicio espontáneo de su genialidad creativa”. Un artista no del pincel, porque Matta no aparece en este libro como pintor. Su creatividad está ejercida sobre su discurso, que Carrasco sigue en su hilo finísimo, o prolonga, incentiva, de manera notable.
Matta le explica a Carrasco cómo hace para rascarse eficazmente las orejas. Si suena el teléfono, el dato es incluido en la conversación. A su regreso, Matta contará quién llamaba, por qué. Matta no recuerda dónde nació, y cuando habla de sí refiere lo que otros han dicho sobre él, nombrándose en tercera persona. En determinado momento aparece, sin justificación alguna, un tercero en el diálogo: El Político. ¿Para qué seguir leyendo?, se pregunta todo el tiempo el lector.
En un momento, Carrasco lo dice a Matta: “lo que me interesa es esto: que tú no hablas como cualquiera, sino de manera original, con todo el peso que tiene esta última palabra. Tienes una relación personal y nueva, no solo con la lengua del espacio, y del color, y de la forma, sino también con la lengua del lenguaje”. A lo que Matta la responde: “a mí juicio, a partir del surrealismo, que quería decir sur-realismo, es decir, mucho más realismo, la dirección está dada”.
Quizás por precaución ante el entusiasmo que todavía provoca entre quienes se le acercan, casi no hay oportunidad en que se lo mencione en que el surrealismo no sea dado por muerto. El entusiasmo acompaña a los surrealistas a lo largo de toda su vida.
Pero Conversaciones con Matta no es el testimonio de vida de un surrealista. Es todo lo contrario. Tal vez porque, mucho antes que una estética, o un estilo, el surrealismo ha sido siempre una forma de vivir el presente, Conversaciones con Matta es uno de sus inesperados textos ejemplares.