Nota sobre War Stars, de Bruce Franklin (publicada en el Suplemento Cultural del diario Perfil)

Dice H. Bruce Franklin que antes de que las armas nucleares pudieran ser usadas, “hubo que crearlas, y antes de que fueran creadas, hubo que imaginarlas”. Franklin (1934) es un historiador de la cultura norteamericana que ha prestado particular interés a la literatura de ciencia ficción y a las novelas de Herman Melville. La cita pertenece a War Stars (Guerra, ciencia ficción y hegemonía imperial), libro en el que Franklin rastrea el desarrollo de la idea de superarma en la cultura de los EE.UU., y de los cambios que este desarrollo promovió en esas mismas manifestaciones culturales.
Robert Fulton fue el primero en esbozar, en 1797, la idea de superarma: un arma prácticamente invencible que, dado su tremendo poder de intimidación, haría desistir a cualquier país de iniciar una guerra contra los EE.UU. Se trataba de una forma de hacer realidad la visión de paz y prosperidad de Fulton. Su principal objetivo: acabar con el sitio de la armada británica, liberar el comercio de la ex colonia. El superarma que diseñó Fulton fue un submarino. Las flotas que desaparecen, novela de Roy Norton, completaba entonces el cuadro: en la medida en que Estados Unidos tiene el poder de conquistar el mundo, “declara proscrita la guerra y obliga a todas las naciones a reconocer las principales fronteras actuales”. Hay además en Las flotas… una glorificación de la autoridad presidencial irrestricta, apoyada en el secreto sobre a las investigaciones y en los desembolsos del Tesoro.
Si casi inmediatamente el submarino mostrará sus limitaciones como superarma, luego será el turno del avión el que ocupará el lugar de las fantasías. Pero tampoco tendrá un poder tal como para disuadir los avances de la infantería, ni para arrasar ejércitos enteros, y además estará al alcance de otros países. Entonces irrumpirá “la” superarma por excelencia: la bomba atómica. Hay en War Stars un relato minucioso de esta historia de la tecnología de guerra en los Estados Unidos, desde el submarino de Fulton hasta el programa de armamentos ideado después del 11 de septiembre. Desde Jack London y Mark Twain hasta Tom Clancy, pasando por H.G Wells, Robert Heinlein, Richard Matheson, Harlan Ellison, Kurt Vonnegut, Joseph Heller, Stanley Kubrick, y un largo etcétera de nombres.
Franklin observa cómo la fantasía de este arma de carácter “defensivo”, justificada por una multitud de ficciones en las cuales los EE.UU. son invadidos por extranjeros de ultramar, se da en simultáneo con las invasiones norteamericanas a una treintena de países, desde Cuba a Irak, pasando por Panamá, Haití, Japón, Vietnam y Grenada. Y señala además que la literatura “de guerra futura” se usó, dentro del país, para atacar al socialismo, al feminismo, al espíritu republicano de los irlandeses y a los inmigrantes no anglosajones. Si en sus orígenes son los británicos el objeto de la repulsa, luego lo serán los rusos, los chinos y japoneses, los alemanes, los soviéticos, y los musulmanes.
“La ciencia ficción ha jugado dos roles centrales y contradictorios en la carrera armamentística”, dice Franklin: “por un lado, los supuestos fundamentales que subyacen a la creación de armas cada vez más temibles están enraizados en la ciencia ficción. Por otro lado, la ciencia ficción más perceptiva ha dejado al desnudo estas falacias, ha advertido acerca de las terroríficas consecuencias que encierra la fascinación obsesiva con las armas, ha explorado las fuentes de esta perturbación y ha llegado a advertir algunos antídotos”.
Franklin se demora en el relato de los argumentos de las novelas que analiza. Las cuenta enteras. Probablemente porque una cuantas, las que son anteriores a la Primera Guerra, hoy resultan desconocidas y inhallables. Pero entonces: no sólo porque son desconocidas e inhallables, nos gustaría pensar, sino porque además lo que cuentan lo cuentan articulando una mezcla de fantasía y realidad que pone en evidencia el origen folletinesco del relato de ciencia ficción.
La crítica más común que ha recibido la ciencia ficción es que se trata de una literatura que no se cuestiona el espesor del lenguaje. Theodore Sturgeon ha dicho que el noventa por ciento de lo que se ha escrito de ciencia ficción, o de cualquier texto que se escriba como género, es basura.
Franklin expone la ciencia ficción narrándola, probablemente como ella pide. Como si rescatara una experiencia de lectura específica, que reside en el tipo de construcción de pensamiento que la ciencia ficción (como género) propone. La ciencia ficción piensa por imágenes materiales, no por conceptos. Incluso sus cultores más modernos, más extremos, menos genéricos (Burroughs, Dick) no hacen, en su desquicio, sino subrayarlo.
Es cierto que la ciencia ficción no está en una escritura particular sino en la fantasía, en aquello que se imagina, en su estructura. Porque la ciencia ficción no dice: muestra (incluso en su sentido más visible) aquello que quiere decir. Y en ese gesto hay una, si se quiere, “pobreza” o “ingenuidad” comunicacional, un cierto “primitivismo” en el contrato de lectura. El libro de Franklin parece hacer de este rasgo una reivindicación. Bienvenido. ¡La estábamos esperando!