Nota sobre nuevos policiales argentinos (publicada en el diario Clarín)

La mayoría ronda los treinta años, tiene un par de libros publicados y una intención decidida de indagar en la naturaleza de lo violento. Lo violento es lo social, el desamparo de la historia argentina de los últimos años. Desprejuiciados, distantes de las tradiciones de un género que se encuentra en pleno proceso de mutación, son nuevos escritores de policiales.
En un relato regido por la videncia, la magia negra y la práctica esotérica, dos seres surgidos del ocultismo, La Víbora Blanca y la Marabunta, se enfrentan en las villas de Costanera Sur y del Bajo Flores. Sucede en Santería y Sacrificio, dos novelas de Leo Oyola. El Sapo Vizcarra y Dionisio, o: un gordo sudoroso que vive en un departamento sin luz natural y un linyera amigo, deambulan por un Abasto donde la proliferación de restaurantes peruanos y edificios favelizados esconde disputas sangrientas entre bandas de narcos. Así es en Ceviche, de Federico Levín.
En ambos casos, se trata de una Buenos Aires latinoamericanizada y conflictiva, con enormes bolsones de marginalidad, desbordada por los efectos de la post crisis. Es el mismo proceso de marginación que muestra su otra cara en countries y barrios privados, cuya matriz criminal disecciona y exhibe Claudia Piñero en novelas como Las viudas de los jueves y la reciente Betibú. Ninguna zona del país queda fuera del impacto de lo más reciente. El oscuro monólogo de un barquero del lago Epuyén, sospechoso de haber asesinado a machetazos a una madre y a su hijo, es el eje de Doble Crimen, de Ariel Magnus, novela que se entronca con el final del Proceso.
Dice Levín: “La violencia social y la violencia íntima atraviesan a los personajes en el cuerpo. Esos cuerpos violentados son catalizadores de los relatos y las oscuridades ajenas. Son catalizadores narrativos de una violencia general”.
Se ha dicho que en la Argentina, después de los años 70, ya no es posible escribir policiales porque la figura del policía investigador ha dejado de ser creíble. Los nuevos escritores parecen desmentir esa afirmación. No porque vuelvan a escribir con policías, sino porque ahora escriben policiales sin policías. Incluso sin detectives. A veces con periodistas. Pero ahora son ciudadanos comunes, que por situaciones fortuitas, y no por una voluntad decidida de investigación, se ven inmersos en una trama criminal sobre la que, casi sin proponérselo, echan luz.
Ruth Epelbaum, la protagonista de Sangre Kosher, de María Inés Krimer, es una mujer de clase media que vive sola en la calle Gurruchaga, rodeada de outlets; tiene a veces la compañía de su empleada, habla idish, lee el ahora prohibido rubro 59 y es fanática de Isaac Bashevis Singer. Conversando con su prima se involucra en la historia de una chica que ha desaparecido.
Hombres que no tienen hijos y mujeres que matizan sus angustias se repiten en estas novelas. Dice Krimer: “Recuerdo una novela de P.D.James: No apto para mujeres, donde la detective tenía que vencer el prejuicio machista de sus empleadores. Reconozco cierta misoginia en el inicio del género. No creo demasiado en la mirada de la mujer, sí en el tono y en la construcción de los personajes”.
Alejandro Marinelli, autor, junto con Mariano Hamilton, de El hombre ordinario, quizás la más “negra”, en el sentido de clásica, de esta serie de nuevas novelas, señala que uno de los mayores atractivos del policial es su capacidad para poner a los personajes todo el tiempo en situaciones límite, de una intensidad infrecuente. En ese sentido, asegura que con la aparición de las nuevas herramientas tecnológicas, la figura del investigador reflexivo y melancólico hoy es impensable. Por eso, dice, El hombre ordinario, cuya trama transcurre a principio de los 70, “es una novela en blanco y negro”.
O tal vez, ese aire melancólico y reflexivo se haya trasladado a los policiales de no ficción. En Sangre Joven, Javier Sinay vuelve unos años después a distintos lugares donde se han producido asesinatos entre adolescentes. Todos han sido casos con mucha resonancia mediática y en gran medida “cerrados”. Algunos de los protagonistas no están, otros no quieren hablar. Otros hablan por primera vez.
-¿Qué fuiste a buscar ahí?
-Los modos de ser y de moverse, los hábitos y los circuitos que forman parte de la vida de aquellos chicos. No buscaba el hecho policial. El hecho policial me servía para hablar sobre mi generación. La muerte joven es argentina, tenebrosa, criminal. Es un síntoma social que señala los rincones oscuros y violentos de una generación que crece al amparo de lo trunco.