Nota sobre libros de André Breton y Benjamín Péret (publicada en la revista Ñ)

Mediados de 1940. Con la caída de París a manos de los alemanes, André Breton, que acaba de terminar su Antología del humor negro, se refugia en Marsella. Con muchas dificultades, permanece en esa ciudad durante varios meses, hasta que el Comité Norteamericano de Rescate le entrega una visa para que con su mujer y su hija puedan embarcarse rumbo a los Estados Unidos. El suyo es el cruce del Atlántico que Claude Levi Strauss describe en Tristes Trópicos. Con Breton y Levi Strauss, en el Paul-Lemerle viaja también el escritor revolucionario Víctor Serge.
En la Isla Martinica, donde debe permanecer varios días, los primeros detenido en un destacamento militar, Breton se encuentra con el artista André Masson, que había huido de Francia una semana después. El libro Martinica, encantadora de serpientes es el resultado de ese encuentro con ese lugar. La segunda parte del título hace referencia a un cuadro del Aduanero Rousseau, de quien también se ocupa el libro. Es un volumen escrito de a dos, como tanto les gustaba hacer a los surrealistas. Hay textos de Masson, textos de Breton, textos a cuatro manos y dibujos de Masson. Son poemas, ensayo, crónica, conversación. Escritos entre 1941 y 1943, recién fueron reunidos en libro en 1948. Con traducción y prólogo de Rodolfo Alonso, y un interesantísimo cuerpo de notas de Mario Pellegrini, ahora Martinica acaba de ser publicado en castellano.
Alonso señala en el prólogo que en la isla Breton redescubre como presencia viva los fundamentos del surrealismo. Los descubre en lo real maravilloso de la naturaleza, de la vegetación, que funciona como confirmación de la verdad de lo real maravilloso canalizado por el surrealismo, y en el sometimiento colonial de la población negra, que le devuelve el ímpetu de los fundamentos subversivos del movimiento.
Breton y Masson conversan en “El diálogo criollo” sobre el exotismo, esa palabra “cobarde” y llena de “malevolencia”. Rescatan la idea de una comunicación originaria entre todos los hombres, más allá de todos los obstáculos planteados por la civilización, y proponen un heroísmo de la incredulidad. El corazón del surrealismo, dicen, se encuentra en un sitio no menos prodigioso que esa selva que los rodea. “Aguas turbulentas” es un diario tenue y muy inteligente que escribe Breton sobre su desembarco en la isla, sobre su descubrimiento de las condiciones políticas y económicas en las que se vivía en Martinica.
Todo el presente del libro está cruzado por un encuentro fundamental (¡otro!): el de Breton con el poeta local Aimé Césaire, que acababa de lanzar la revista Tropiques, y que, junto con el senegalés Léopold Senghor, rápidamente se convertirá en una de las figuras de la “poesía de la negritud”. “Un gran poeta negro” se llama el artículo que Breton le dedica a Césaire. En él, lo define como alguien que “ha desafiado por sí solo una época en la que se cree asistir a la abdicación general del espíritu, donde nada parece crearse sino bajo el designio de perfeccionar el triunfo de la muerte, y ha ganado”.
Benjamin Péret fue el gran amigo de Breton de toda la vida. Algunos han dicho que es el verdadero creador del surrealismo. Otros, el más insumiso. Breton y Péret compartieron presencia en el dadaísmo francés, a partir de 1919, y tres años después formaron parte (con Louis Aragon y Paul Eluard) del núcleo duro que en 1924, con la publicación del Primer Manifiesto, desembocaría en la creación oficial del grupo surrealista. La de Péret probablemente sea la poesía más creativa y deslumbrante del surrealismo, solo comparable a la de Jean Arp. Vivió en Brasil, de donde fue expulsado por “subversivo”, en España luchó contra las tropas franquistas y durante la Segunda Guerra Mundial residió en México, en pareja con la pintora Remedios Varo. Apasionado por la cultura maya, en México tradujo al francés El libro del Chilam Balam de Chumayel.
El carácter revolucionario que Breton y Péret quisieron darle siempre al movimiento fue el principal motivo de las disputas, expulsiones y alejamientos que marcaron la historia del surrealismo. La revolución y el amor fueron los dos grandes temas del surrealismo.
El núcleo del cometa es la historia del amor surrealista que escribió Benjamin Péret. Argonauta, la misma editorial de Martinica, acaba de publicarla, traducida por Víctor Goldstein.
“El amor es lo real supremo, el objetivo final de la historia universal”, Péret cita a Novalis. Abelardo y Eloísa, Madame de La Fayette, Sade, los novelistas góticos, Goethe, Novalis, Baudelaire, Stendhal, Maeterlink (pero no Lautremont, Rimbaud ni Jarry), van jalonando la constitución de un amor sublime, que alcanza su expresión más acabada durante el romanticismo. “El amor sublime”, escribe Péret, “representa ante todo una rebelión del individuo contra la religión y la sociedad, en tanto que una da sustento a la otra. En nuestra época, sólo el surrealismo reanudó por cuenta propia y renovado vigor esta reivindicación romántica”.
Aunque escrito con pasión, cierto tono erudito, sobre todo hasta que llega al amor cortés, y alguna consideración homofóbica (“perturbación de la afectividad”) lo exhiben como un ensayo testimonial. Es cierto que el propio trabajo ha sido siempre motivo central de la atención de los surrealistas. Pero una cosa es reflexionar sobre el propio trabajo al mismo tiempo que éste se está produciendo, y otra cuando ya existe un cuerpo de trabajo producido.
El núcleo del cometa es más un texto sobre el surrealismo que un texto surrealista. Fue publicado en francés en 1956. La edición local agrega una selección de sus poemas, entre ellos la versión completa, traducida por Carlos Ricardo, de Yo sublime, uno de sus libros más importantes. 1956 es, por otra parte, casi al margen, el año en que la Internacional Situacionista publica su texto inaugural: Amarga victoria del surrealismo. Ahí asoma la pluma de quien hará suyo y profundizará como nadie el desafío que Breton, Péret, y el surrealismo más revolucionario lanzaron al mundo. Es Guy Debord.