Nota sobre las Crónicas de Ernie Pyle (publicada en el Suplemento Cultural del diario Perfil)

Después de haber trabajado varios años para la editorial Abril, en 1955 Héctor Oesterheld se asoció con su hermano para editar las aventuras de los dos primeros de sus personajes más característicos: Bull Rocket (con dibujos de Paul Campani) y el Sargento Kirk (de Hugo Pratt). Publicaban dos revistas mensuales: Hora Cero y Frontera, aunque rápidamente sumaron un Suplemento Semanal de Hora Cero, donde entre 1957 y 1959 aparecería El eternauta, con dibujos de Francisco Solano López.
La primera historieta de la saga de Ernie Pike, que Oesterheld escribió con dibujos de Hugo Pratt, se publicó en el número 1 de Frontera. Pike es un corresponsal estadounidense que narra episodios sucedidos durante la Segunda Guerra. A pesar de su rol de corresponsal, Pike, que siempre introduce y cierra los relatos, no participa de las historias: cuenta cosas que le contaron. Son historias de soldados rasos, ni buenos ni malos, aunque de una dignidad inquebrantable: ingleses, alemanes, norteamericanos. Su enemigo común, que es la guerra. El relato despojado de Oesterheld, su carácter decididamente humanista, la ejemplaridad narrativa de sus argumentos, y el aspecto documental, minucioso, de los trabajos de Pratt (que se apoyó en un inmenso archivo fotográfico), hacen de Ernie Pike uno de esos logros inolvidables de la historieta.
Si para dibujar a Pike, Pratt se inspiró en los rasgos de Oesterheld, para componer a Pike, Oesterheld se inspiró en Ernie Pyle, que fue en su momento el corresponsal de guerra más leído en los Estados Unidos.
Nacido en 1900, Pyle detestaba el periodismo de escritorio. Después de casarse, en plena depresión, se compró un Ford T y recorrió varias veces su país con su mujer. Cada día escribía un artículo diferente. De manera simple, como quien envía una carta a casa de un amigo, describía los Estados Unidos a millones de norteamericanos que nunca habían podido abandonar sus pueblos. En 1940 lo mandaron a Londres, donde sus crónicas de los bombardeos nazis eclipsaron los envíos de los corresponsales de oficio. Cuando las tropas norteamericanas llegaron a Europa, Pyle se sumó a la infantería y estuvo en el frente en Africa y en Sicilia. Vivió los preparativos para Normandía en Londres y desembarcó en la costa francesa el día D. Fue uno de los primeros periodistas en entrar en París, cuando los alemanes todavía resistían.
Casi 300 diarios en todo los Estados Unidos reproducían sus despachos. Pyle retrabajó sus crónicas en cuatro libros: Ernie Pyle in England, Here is your war, Brave Men y Last Chapter. La editorial española Tempus tradujo hace unos meses, en dos tomos, Brave Men, que ahora se consiguen en algunas librerías de Buenos Aires.
Como antes describía el interior de los Estados Unidos a los norteamericanos, ahora Pyle les cuenta cómo funciona el ejército, de manera amable y coloquial. Para contar qué es un avión bombardero, participa de un raid nocturno; se suma a una unidad antitanques para explicar sus estrategias; pasa varios días con un equipo de fuego antiaéreo narrando sus rutinas de trabajo; convive con los artilleros para que se entienda la importancia que tienen; se integra en los grupos de vanguardia y relata cómo se lucha, casa por casa, en la toma de una ciudad; su participación en una unidad que debe desarmar francotiradores y tomar granjas dispersas le sirve para transmitir las dificultades de avanzar a campo abierto. El fotógrafo Robert Capa, famoso por “su temeridad”, lo acompaña en algunas de estas coberturas.
A diferencia de Pike, Pyle no refiere historias: cuenta lo que ve. Nombra a cada uno de los soldados a los que acompaña en misión: detalla de qué pueblo de Estado Unidos proviene, cómo era su vida antes de la guerra, y lo que planea para después. Detrás de la experiencia bélica, Pyle busca siempre al estadounidense común. A él describe y a él se dirigen sus escritos. Casi ni menciona a los alemanes. Menos aún a “los rusos”. Sin embargo, no hay ninguna exaltación nacionalista en sus crónicas. Tampoco parece haber ninguna inhibición cuando describe los cuerpos masacrados o tiene que contar la impresión que le produce el olor de la muerte. Hay mucho, muchísimo humor inteligente en sus relatos, y si de alguna manera, con su estilo, “desdramatizado”, intenta mantener alta cierta moral de combate, se adivina todo el tiempo un trasfondo fuertemente antibelicista en sus puntos de vista.
Como si hubiese esperado la victoria para recién entonces develar su estado de ánimo, al final escribe: “La guerra nos ha dejado vacíos y secos de sentimientos. Si nuestro ejército se hubiese sentido como yo, probablemente no habríamos tenido el ánimo necesario para ganar. Para mí, la guerra se ha convertido en un mandato, en una depresión negra sin momentos de luz, una revulsión de la mente y un agotamiento del espíritu. Y aún nos queda otra gran atadura que romper: el Pacífico”.
Recién desembarcado con los Marines en Okinawa, Ernie Pyle murió ametrallado por los japoneses el 18 de abril de 1945.