Nota sobre Autobiografía y otros textos, de Robert Creeley (publicada en el Suplemento Cultural del diario Perfil)

“Amo la intensidad de la gente al punto de no dejar que nada se detenga si no es porque llega a su fin”, decía el poeta norteamericano Robert Creeley (1926-2005). Amigo de escritores beatniks como Allen Ginsberg y Jack Kerouac, y de plásticos expresionistas como Jackson Pollock, con quien se conoció a las trompadas por un espacio en la barra de un bar, la poética de Creeley ha sido vinculada por la crítica con lo que Eliot Weinberger definió como el segundo florecimiento de la poesía norteamericana, que tuvo uno de sus epicentros en Black Mountain.
Black Mountain fue una universidad de artes experimentales de Carolina del Norte en la que enseñaban docentes como John Cage, Walter Gropius, Merce Cunningham y Willem de Kooning. En literatura, su principal “fuerza centrífuga” fue el poeta Charles Olson, a quien Creeley consideró siempre su modelo. Olson creía que cada verso de un poema debía responder a una “unidad de aliento”, y desarrolló una teoría del “verso proyectivo”, que decía que cada percepción o imagen debía conducir inmediatamente a otra, sin demorarse en ornamentaciones ni academicismos.
A Creeley no le gustaron nada los primeros poemas que leyó de Olson, en 1950. “Olson está a la búsqueda de un lenguaje y eso se manifiesta en una pérdida de fuerza”, dijo. 1950 es también el año en que Olson publica su ensayo Sobre el verso proyectivo, cuyas definiciones sí serán ávidamente asimiladas por Creeley.
La Universidad Diego Portales, de Chile, acaba de distribuir Autobiografía y otros textos, una antología de Creeley realizada por el poeta Germán Carrasco, responsable además de la traducción de los materiales y del prólogo. El crítico Kevin Power ha resaltado la insistencia que pone Creeley en dejar que sea el ahora del poema el que finalmente lo conforme, y Carrasco subraya que en Creeley se reactualiza la idea de un arte no premeditado. Azar y experiencia. Dice Creeley: “estoy mucho más interesado en escribir lo que me es dado escribir, además de lo que yo podría proponerme”.
Escribe en uno de sus poemas: Envíame tus poemas,/ y te enviaré los míos./ Las cosas cobran vida, incluso/ en estas notas azarosas./ De súbito proclamemos/ la primavera. Y burlémonos/ de los demás/ todos los demás./ Te enviaré también una foto/ si tu me envías una tuya.
La poesía de Creeley, autor de más de cincuenta libros, ha llegado hasta la Argentina a través de diversas antologías de poesía norteamericana. Sin embargo, no existe en castellano un solo libro dedicado íntegramente a sus poemas. No sería ilógico esperar que la antología de Carrasco finalmente fuera eso. Pero no: es otra cosa.
En las ciento treinta páginas del libro hay apenas diez poemas. “Cortos, conmovedores al máximo”. Igual, cuando uno llega a los poemas ya ha pasado por el dedicado prólogo de Carrasco, que es también una inesperado ajuste de cuentas con la poesía chilena (su “pulso sostenido de una métrica castrense, cuadrada y carente de swing que no es otra cosa que el habla golpeada del patrón que luego es reemplazado por el líder – empresarial, militar, literario, carismático, etc), y por un texto maravilloso como es la Autobiografía de Creeley, de 1984.
“El placer y la autoridad de la escritura consiste en inventar una vida para ser vivida plenamente”, escribe. De cuando descubre a Stendhal, anota: “todo lo que me iba a importar, finalmente, como escritor, es que la escala y el lugar de nuestra cotidianeidad fueran reconocidos”. De su lectura de Thomas Hardy destaca “la medida tan obstinada de las proporciones del mundo, sus presencias”. “Existe un horrendo autoconsciente y reconocido límite para lo que se puede llamar mi sinceridad. De alguna extraña forma, no puedo creer finalmente en nada de lo que pienso”, señala después.
La suerte como principal determinante de la existencia, la necesidad de comprender el sentido de la hombría, el enfrentamiento con las restricciones de la vida (la necesidad de amor, dignidad, consecuencia, responsabilidad), son cuestiones que recorren este texto brillante, que se cierra con la siguiente frase: “Uno tuvo compañía”. Para el final del libro queda una larga entrevista de fines de los años 60, publicada entonces en The Paris Review.
Autobiografía y otros textos, de Robert Creeley, podría sido también, con el mismo derecho, Autobiografía y otros textos, de Robert Creeley, de Germán Carrasco. Parece una obviedad, tratándose de una antología, pero precisamente por tratarse de una antología es cualquier cosa menos una obviedad. Porque Carrasco, tal vez porque es poeta, y no un profesional de la literatura, asume lo que todos los antólogos evitan como la peste: el carácter de poética que constituye cualquier antología. Como Creeley cuando leía a Olson, Carrasco busca la poesía, no el poema. Es que, finalmente, ¿qué es la poesía sino una poética? ¿Y qué es una poética sino una manera de vivir en el mundo?
Más obviedades, claro. Pero por suerte de vez en cuando aparecen libros como éste para recodárnoslas.