Nota sobre Amistades literarias, de Ford Madox Ford (publicada en el Suplemento Cultural del diario Perfil)

Los primeros recuerdos que tuvo Ford Madox Ford (1873-1939, de nacimiento Ford Hermann Hueffer) fueron de la casa en que William Thackeray ambientó su novela The Newcomes. Ahí vivía su abuelo, Ford Madox Brown, uno de los primeros y principales animadores del grupo de artistas prerrafaelistas.
“Sabían exactamente cómo pintar cuadros, escribir poemas, hacer mesas y decorar pianos. Eran un poco básicos, un poco románticos, tal vez un poco descuidados. Los caracterizaba la bondad, la enemistad hacia lo formal, hacia lo frígido, lo mezquino. Dudo que alguna vez se pueda decir que alguno de ellos menospreciara el dinero. Pero eran ingenuamente incapaces de hacerlo. Sus vidas parecen de anticuados capitanes de barco. Quizás el mar ha reclamado siempre con demasiada fuerza todo lo que es artístico en esta nación”. Así escribió Madox Ford en el retrato que abre sus Amistades literarias, una selección de recuerdos e impresiones de varios de sus libros autobiográficos que hizo Juan Manuel Vial para Ediciones Universidad Diego Portales.
El padre de Madox Ford fue crítico de música en el Times. La niñera abrumaba al pequeño con relatos de tragedias y asesinatos. Iván Turgeniev le contaría a la madre de Madox, imitando la voz del niño, cómo éste le había ofrecido ceremonialmente una silla, en momento en que estaban observando unos pájaros. Será la madre, al repetirle a su hijo, ya no tan niño, la caracterización que de él había hecho Turgeniev, la que le recordará ese encuentro.
“Turgeniev trasladó la representación del alma humana una etapa más allá que cualquier escritor que lo haya precedido o sucedido, sencillamente porque tenía el don de identificarse a sí mismo, de corazón, con las pasiones de los personajes con los que se encontró”, escribió Madox Ford. Turgeniev fue para él “un genio natural”, la manifestación de el arte supremo, que consiste no en saberlo todo, ni en perdonarlo, sino en amarlo todo.
Madox recuerda que Conrad sentía una gran admiración por la obra de Henry James, pero que en lo personal James no le caía bien. A James, por su parte, no le gustaban ni la obra ni la persona de Conrad. Conrad también adoraba personalmente a Stephen Crane y a W.H. Hudson, y su admiración por la obra de ellos no tenía límites. Hudson admiraba a Conrad. Decía, después de haber leído algunas páginas de El corazón de las tinieblas: “Sí, el río está bien. Los árboles están bien. No hay dudas de que es un maestro”. Henry James dejó de ser él mismo por varios días tras la muerte de Crane.
James, Crane y Hudson, norteamericanos, y Conrad, polaco, constituyen lo que Madox Ford llamó “los conspiradores extranjeros”, haciendo suya una definición de H.G. Wells, quien los consideraba como un “círculo de conspiradores que maquina en contra de las letras británicas”. “Encendieron un faro que la posteridad no debiera dejar que se extinguiera en Inglaterra”, anotó Wells.
Henry James no podía soportar estar cerca de alguien sospechoso de infidelidad marital, y solía estallar en ataque de irritación furiosa. Nunca hablaba de libros, pero sí de quienes los escribían. Detestaba a Flaubert, porque era capaz de abrir la puerta de su casa en bata. Sobre James, a quien llegó a frecuentar diariamente, anota Madox “Creo que sus amaneramientos, sus involuciones, ya fueran escritas u orales, se debían a la arraigada convicción de que jamás iba a encontrar, ni entre su público ni entre sus amistades, a alguien a quien no requiriese habarle con condescendencia”.
Con Conrad gastaban el poco dinero que le sobraba alquilando autos a motor, toda una novedad del momento. Por seis libras se podía alquilar un coche y andar 18 millas. Juntos escribieron varias novelas, Nostromo entre ellas. Hablaban de Turgeniev, de Flaubert, de Maupassant. Estaban de acuerdo en que la escritura de novelas era la única cosa importante que quedaba en el mundo. “Cada uno de nosotros confesó que algún día quiso escribir Prosa Absoluta”. “Éramos escritores sin envidia, celos o cualquiera de los sentimientos mezquinos que los escritores abrigan con no poca frecuencia”.
Finalmente, un plantón de Joyce a una cita le sirve al autor para reflexionar sobre Inglaterra y los escritores.
El buen soldado quizás sea la novela más conocida de Madox Ford. En el 2009, se tradujo por primera vez al español El final del desfile, una serie de cuatro novelas publicadas entre 1924 y 1928, “ambientadas en los vericuetos del poder de Londres, la campiña aristocrática inglesa y los devastados campos de batalla franceses durante la primera guerra mundial”. Madox Ford fue mujeriego y muy generoso con sus colegas. Al único que detestaba era a Oscar Wilde. Descubrió a D.H Lawrence y formó un club de Amigos de William Carlos Williams para promover la obra del poeta. Estuvo casado con Jean Rhys, que luego de la separación escribió Después de dejar al señor Mackenzie. Dice Juan Manuel Vial en el prólogo que Ford Madox Ford nunca dejó de reflexionar sobre lo que consideraba el bien de la literatura.