Nota con Fernanda García Lao, publicada en Clarín

Fernanda García Lao (1966) vivió en Mendoza, donde nació, luego en Madrid, después otra vez en Mendoza, en Buenos Aires, de vuelta en Madrid, y desde 1993, nuevamente en Buenos Aires. Dice que sus padres, periodistas, poetas, rechazaban sus primeros textos porque no encontraban en ellos una voz propia. Si no escribe, siente que vive inútilmente. Trabaja los textos con lentitud hasta que llega “a la página 40”: a partir de ahí, su compromiso con el material es total. Para no quedar pegada a un estilo, escribe sus novelas de a dos. Actriz, dramaturga, compositora, publicó su primera novela, Muerta de hambre, en 2005. A esta siguieron La perfecta otra cosa (2007), La piel dura (2011) y Vagabundas (2011). El diario El País, de Madrid, acaba de elegirla como uno de los 25 mejores narradores “secretos” de América latina.

-Desbordada por el lenguaje, derramada sobre la realidad, la gorda que protagoniza Muerta de hambre: ¿qué es lo que esconde en su interior?
-Estaba armando un personaje, como actriz, y me dieron un cuerpo enorme, de goma espuma, donde me metía para experimentar. El proyecto no salió, pero me quedaron la tensión de ese cuerpo, y unos textos que había escrito como biografía de la gorda, una mujer muy solitaria. El personaje apareció con rabia desde la primera línea, y fue creciendo a medida que iba amasando esa rabia. Tiene mucho de la incorrección del que no se entiende. Con ella podía ser mala, seguirla y decir todo lo que me aflorara. ¡Finalmente podía ser una gorda punk!

-¿De dónde le viene esa rabia? En La piel dura parecés aludir a un origen social.
-No sé, no psicoanalizo a los personajes. En La piel dura tenía ganas de escribir sobre la frustración del actor, en estado de eterno aprendizaje, de examen continuo. Es muy cruel. El mundo de lo estético femenino también es un mundo de mucha crueldad. Hay un montón de reclamos sobre el cuerpo que muchas mujeres toman como propios, y que a mí me espantan. Son inventos de tortura cotidiana. Yo soy un ser humano.

-Escribiste que la vida es más rápida que la literatura. ¿No hay en tus libros algo de lo literario que no termina de conformarse?
-Tal vez haya una ironía sobre la posibilidad de contar con el verosímil. Yo cuento con creencias. Vos abrís La metamorfosis y hay un bicharraco que se acaba de levantar. Tenés que creer en eso, o ir a buscar un libro de otro que te explique por qué el tipo después de dormir se levanta y tiene un caparazón en la espalda. Odio la literatura que se justifica.

-Hace un rato mencionabas tu intención de escribir con el capricho.
-El capricho es instalar una serie de cosas y ver cómo reaccionan. Faulkner decía que él ponía una tempestad y todos los males posibles para ver cómo los personajes salían adelante. La premisa que me gusta. Después trabajo la escritura; escribo poesía y no me gusta avanzar con cualquier frase, pero primero tiene que pasar algo que me convoque.

-¿Cómo surge la idea de La piel dura, esa mano transplantada con vida propia?
-Estaba en mi casa cuando sonó el teléfono, corrí para atender, tropecé con mi perra y se me salió un dedo. Me lo puse, me tomé una aspirina y me fui manejando con el dedo recién puesto a la clínica. En la clínica veo en un noticiero que se había hecho el primer transplante de mano en el país. Volví a casa y me puse a escribir. Después me enteré de que ese primer implantado había pedido que le volvieran a cortar la mano, porque sentía horror de tener cosido un pedazo de muerto.

-Hablabas también del escritor como director de teatro.
-En teatro hay que extraer el conflicto del espacio. El espacio, en Vagabundas, por ejemplo: un hotel fracasado en una playa ventosa y desolada, es esencial. Hay un médano. No puede estar de adorno. Entonces se mueve, desea a una de las protagonistas. Ella se le tira encima y tiene con el médano una relación más intensa que con su propio marido.

-¿Ahora qué estás escribiendo?
-Una historia sobre el mundo del arte, que me parece verdaderamente encantador. Tengo un personaje muy inquietante, que voy descubriendo despacio: tiene un peluquín, su mamá vive en Victoria. No lo construyo, lo voy revelando, como si le quitase la suciedad que lo cubre. La otra historia es sobre una mujer mayor con dos hijos, en realidad un cuerpo con dos cabezas: Man y Fredo. La mujer está casada con un coronel, Domingo. Bailaba en tablados y se ha vuelto muy formal. Colabora con las damas del Comité de Hipertensas. Hay un juego con la política, pero ningún paralelismo.