Entrevista con Ramiro Quintana (publicada en la revista Llegás)

“Desde el noctívago tren, mientras tersan, a oscuras, el mapa, advierten, a una velocidad no mayor a los cincuenta kilómetros por hora, un paso fronterizo con su grieta sibila. Pestífero, el tren, traqueteando sobre las vías nervudas, avanza, en forma de bucle, como un verme anchuroso. Cuando dan luz artificial, ven a través de un ojo de buey una inexpugnable ausencia de color. Según el mapa, están internándose, a la velocidad de la época del quimo de los múltiples cordones, en la región en escorzo.”
Así es como empieza Ritmo vegetativo (2008), segunda “novela” de Ramiro Quintana (1983). Antes había publicado El intervalo (2006), después publicaría Los trabajadores del frío (2011). Son tres libros muy delgados, de menos de setenta páginas, una extensión de todos modos suficiente para causar admiración y desconcierto en partes iguales (tal vez porque van juntas).
Aún a pesar de la poca circulación que han tenido los libros, la presencia de su literatura es insoslayable. A sus libros se los ha querido relacionar con un amplio abanico de nombres, que pasa por Saer, Néstor Sánchez, el neobarroco, Juan Filloy, Leónidas Lamborghini, Juan Emar, Wilcock, Bustos Domeq, Valle Inclán, el esperpento, Beckett…
-¿Cómo te llevás con lo que se dice de tus textos?
-Que no se sepa muy bien qué hacer con ellos me causa una fascinación un poco morbosa: que el libro resulte escurridizo, que no se sepa muy bien desde dónde leerlo, o cómo filiarlo. O que los críticos se vean forzados a trazar árboles genealógicos, linajes, para a partir de ellos dar cuenta de su propia lectura y poner el libro en un nicho.
-Los mundos extraños que construís, con personajes poco desarrollados, que se vinculan de manera enigmática: ¿cómo surgen?
-Generalmente lo primero que aparece es un tono. Escribí la primera página de Los trabajadores del frío de un tirón. Después vi que naturalmente se iban engarzando pequeños relatos que hacían al mundo de la aldea que se describe. No quería repetir un mismo personajes de relato en relato, tal vez sí un registro de lengua o un tono. Demoré seis meses en escribir las primas 24 páginas del libro. Después lo terminé en dos semanas. Fui intercalando textos pequeños como si fuesen injertos, y el libro tomó una especie de estructura orgánica.
-¿Por qué esa opción por casi no hacer progresar el argumento, por no desarrollar los personajes?
-Esencialmente tiene que ver con el desdén por la anécdota y por la sospecha que tengo hacia el deber ser del relato: que el relato debe desarrollar más o menos linealmente un argumento, tener personajes que parezcan personas que el lector pueda identificar, abrevar en una lengua que se nutra del castellano que se habla aquí y ahora, ceñirla a la ciudad en que uno escribe y a la tribu en que uno se mueve. Todo eso es lo rechazo.
-¿Por qué?
-Una respuesta común a los escritores cuando les preguntan por qué empezaron a escribir, es: para replicar o reproducir el efecto que producían en mí ciertos libros, ciertos autores. En mi caso, si un libro se me presenta como demasiado masticado, sencillo a un golpe de ojo, si no requiere una participación activa del lector, me aburre. El no entender me resulta mucho más movilizante que una historia bien contada.
-¿Pensás que en la literatura todo queda en lo escrito, o hay algo más?
-Sí hay. Digamos que es un algo que se vuelve escurridizo a la hora de ponerlo en palabras, y cuya estela a lo mejor queda como una suerte de fondo ondulante que repercute sobre la superficie, o como una suerte de vórtice. Ahora leía un ensayo de Roberto Merino donde habla de la ilegibilidad. Dice que tiene que ver con que no somos totalmente dueños de las palabras que convocamos. Creo que algo de ese orden es pasible de ser asociado con lo que escribo. Hay algo que excede al texto y a la vez lo constituye.
-¿Como si escribieras buscando algo de lo que no ser dueño?
-Algo que se me escape, que me resulte incomprensible.
-¿Eso está presente también en el lenguaje?
- En Ritmo vegetativo hay un grado de saturación verbal por línea que hoy incluso me ocasiona dificultades transitar. Como si no pudiera dar cuenta cabal de su procedencia. Por supuesto que sé en quiénes abrevo, qué tipos de decisiones tomo, pero cuando eso encuentra su encastre, también a mí me inocula un plus de extrañeza.
-¿Esas decisiones tienen que ver con una elección específica de términos?
-Por un lado son cuestiones que están resueltas de antemano, pero por otro, estoy siempre en estado de disponibilidad. Intento mixturar o producir como un tejido adiposo a fuerza de palabras que por ahí provienen de la cultura más libresca, o del uso cotidiano, aunque no parezcan. Cuando la lengua se cristaliza, deja de interesarme. Para mí la lengua tiene que estar en un estado de ebullición permanente. En un texto sobre Ritmo…, Martín Kohan se preguntaba qué hacer con ciertas palabras, si sostenerlas en su extrañeza, si ir al diccionario. Muchos avanzan por resonancias, que es un camino que me parece interesante. Es el camino que propone Julián Ríos, en Larva, por ejemplo.
-Hablás de injertos, de ritmo vegetativo. ¿Cómo pensás lo vegetal?
-En el sentido de que por más que uno tenga un programa a partir del cual basarse, y decisiones lexicales o personajes en mente, lo vegetal siempre terminar desarrollándose antojadizamente. Tiene una fuerza ingobernable, incluso en el sentido de brote. Lo vegetal produce textos brotados.