Crónica sobre una lectura de poesía (publicada en el diario Clarín)

El último en leer fue el holandés Cees Nooteboom. Empezó con un poema escrito en homenaje al argentino Roberto Juarroz, el inventor de la “poesía vertical”, a quien Nooteboom conoció en Ámsterdam. Después Nooteboom leyó un poema en homenaje a Matsuo Basho (1644-1694), recordando que el bardo japonés había escrito que en ningún lugar del mundo tenía domicilio fijo. El poema sobre Basho era también, finalmente, un poema sobre el viento que hace flotar las nubes.
Nooteboom leyó cada poema primero en su idioma y después en castellano, su propia traducción. En holandés es fluido; en castellano es trabado, pero correcto.
Antes que él leyó el suizo Klaus Merz: poemas breves, muy exactos, emotivos, con cierto espíritu de duelo. Los poemas de Merz hablan de modernos observatorios astronómicos y de tumbas de niños de neandertal, de inmensos bosques bajo cielos celestes con cazadores que apuntan a los paseantes. Merz fue el primero en mencionar a Basho. También citó a André Malraux en uno de sus poemas: “no la vida, sino las estatuas darán testimonio de nosotros”. A través de la poesía, leyó Merz, se podía ver en los prójimos, hasta el fondo de sus caras, su carácter infantil.
Merz leyó en alemán y Mirta Rosenberg leyó en castellano las traducciones de Merz que había hecho otro poeta suizo.
El primero en leer fue Jorge Aulicino. Aulicino leyó fragmentos de un poema largo: El libro del engaño y desengaño, en los que las recreadas meditaciones del Caravaggio sobre las técnicas de trabajo más adecuadas, y la imagen de la Medusa, le sirvieron al autor para ensayar respuestas posibles a la pregunta tácita de cómo contar lo que sucede. “La vida propia es una vida abstracta”, leyó Aulicino.
Fue el lunes mientras anochecía, en la Casa del escritor, en una lectura organizada por la editorial que acaba de publicar la primera nouvelle de Merz, titulada El argentino, y para el mes próximo anuncia la edición de la obra reunida de Aulicino en Estación Finlandia.