Comentario sobre el Díptico fálico, de Ercole Lissardi (publicado en el Suplemento Cultural del diario Perfil)

Por un lado pueden estar los argumentos. El narrador de no es un empleado público de rango medio que una noche, en una cena, conoce a la mujer de uno de sus compañeros de tenis, un funcionario mucho mejor ubicado, una suerte de hazmerreír entre los deportistas. El narrador se entusiasma con la mujer, que en cierta forma le corresponde, porque los encuentros clandestinos que tienen se limitan a la masturbación sorprendente pero casi programada, que ella le realiza. El narrador se hace pasar por gay entonces, intentando que así el marido le revele intimidades que le permitan descifrar el misterio del deseo de esa mujer.
En La bestia, un narrador no humano y transtemporal, con un miembro descomunal y un chip injertado en el cerebro (mezcla de cyborg y ser mitológico), capturado en la espesura, es exhibido y ofrecido a homúnculos y sus mujeres. Para que no provoque daños a los demás, como una suerte de bozal lleva un cinturón de castidad. En un contexto cambiante y evanescente, el narrador, siempre erecto, casi siempre tenso, se deleita mirando a los demás mirar su “portento”, mirándolos tocarlo, y lanzándoles voluminosos lechazos. Si en no la extrañeza reside en la conducta sexual de la mujer, en La bestia está concentrada en la figura de quien cuenta. no y La bestia constituyen lo que su autor, el uruguayo Ercole Lissardi (1950), quien, según parece, empezó a escribir de grande, y de manera incontenible, denominó su Díptico fálico. Previa a este díptico, Lissardi tiene escrita una trilogía de novelas sobre la infidelidad.
También podría ensayarse una suerte de afinidad rioplatense, argentino uruguaya, que Lissardi compartiría con escritores como Copi, Elvio Gandolfo, Mario Levrero, Ricardo Colautti, tal vez Hebe Uhart o incluso Leo Maslíah, y cuya primera manifestación tal vez podría rastrearse en Felisberto Hernández. Son escritores de argumentos limpios, de escritura sintética y puntual, con cierto sustrato real, esencialmente urbano, costumbrista, que sin embargo deriva hacia una opción por el humor y lo absurdo, por lo fantástico. Una literatura fantástica rioplatense.
La prosa de Lissardi está salpicada por españolismos, términos extraños, expresiones en inglés, arcaísmos, cacofonías. Es prolija, pero por momentos parece descuidada. Claro que ese descuido también podría ser una opción. En La bestia hay especulaciones argumentativas, sobre el sentido del relato, que no encuentran demasiado sustento ni continuidad en la narración. En no, el entramado narrativo culmina con un chiste definitivamente bobo, que bien podría funcionar como un “continuará…” Esto es: detrás de estas definiciones difusas, bien podría haber una actitud desafiante en la literatura de Lissardi. No porque haya decidido no ocuparse de limar, de corregir, sino porque el lector no puede descifrar si efectivamente decidió no emprolijar o no le interesa. Como si todas esas fuesen menudencias y lo importante estuviese en otro lado. Pero ¿dónde?
El misterio y el secreto recorren y alimentan la dinámica de estas dos novelas. Pero el misterio, el secreto y esa perplejidad de lectura son tal vez formas de dar un lugar, de señalar, de nombrar, aunque de forma desplazada, al gran centro de gravedad de los dos libros, que es el sexo.
El sexo, su atracción inevitable, su energía inconsumible, es lo que produce y consume el relato, el que lo tuerce, lo demora o acelera; el que finalmente lo deja sin resolver, porque la novela no vuelve al relato sino al sexo, salvo cuando el hilo del relato coincide con el del deseo. Si en no el escenario es bien citadino, en La bestia hay un impulso hacia la universalización del asunto (su mitificación), que implica la disolución de otras formas narrativas que no sean el relato de las escenas sexuales. Como si la narración no fuese sino una domesticación de la pulsión menos verbal del sexo, una vía de acceso y egreso de esos momentos sexuales.
Ahora bien: ¿qué es una escena sexual? Es esa escena que no se pliega al relato sino que lo desvía, lo reconduce, y que se resiste a ser normalizada, que se desprende de la línea de la narración porque tiene vida propia, autónoma, que no necesita de ninguna novela sino de apenas un pedazo de cuerpo, un mismo movimiento único, repetido, para reproducirse y explicarse.
En estas novelas de Ercole Lissardi, modestas, complejas, cada una de menos de cien páginas, el sexo vuelve a ser esa cuestión francamente incómoda, primordial, incorregible, misteriosa y dominante, autónoma, con la que casi nunca se sabe muy bien qué hacer. Y con la que la literatura a veces se anima a lidiar.