Reseña de El padre muerto, de Donald Barthelme (Perfil, falta chequear fecha)

Donald Barthelme murió hace más de veinte años; dicen además que es uno de los escritores más imitados de las últimas décadas en los Estados Unidos. Sin embargo, la lectura de un nuevo libro suyo vuelve a producir un efecto de sorpresa casi total, como si nunca antes se hubiese leído una cosa así.
A principios de los ‘70, en una desaparecida colección, con tapas verdes, Anagrama editó los tres primeros de los nueve libros de cuentos publicados por Barthelme: Vuelve, Dr Caligari (original de 1964); Prácticas indecibles, actos antinaturales (1968), y City Life (1970). Después tradujo la última de sus tres novelas: Paraíso, de 1986. Hubo entonces un largo silencio hasta ahora, que la editorial mexicana sextopiso acaba de publicar su segunda novela: El padre muerto.
El hijo y su mujer, y otra pareja que los acompaña, conducen al Padre Muerto a través de la ciudad de Nueva York, hacia su tumba. El Padre Muerto es un gigante: sus pies miden siete metros de largo. Camina solo, pero para ayudarlo igual las dos parejas cuentan con el auxilio de 19 porteadores voluntarios, que tiran de un largo cable al que está atado el cuerpo del Padre Muerto. Detrás del grupo, siguiéndolos, de vez en cuando se deja ver un jinete misterioso que nadie puede identificar.
Dividida en capítulos cortos, la novela es una sucesión de diálogos. No tanto de personas, sino de voces dialogando. Dialogando es un decir: es cierto que a veces las voces hablan unas con otras, pero en muchos otros casos se ignoran mutuamente, o se superponen. Nunca se sabe cómo sigue cada intervención. Barthelme rodea cada frase con otras que contienen determinado peso dramático, y a partir de la contigüidad de esos elementos dramáticos se va organizando el texto.
A veces las voces confluyen, otras no, o sólo por momentos. Entonces algo parece cobrar un sentido. La última frase también da la impresión de iluminar algo, pero tal vez sólo sea por ese carácter sintético y panorámico que le da su ubicación.
La de Barthelme es una escritura que opera por fragmentación y collage. El universo del que están extraídas las frases es el de una sociedad urbana “posindustrial”: retórica académica, slogans publicitarios, prosa periodística, restos de lecturas, mucha jerga adolescente, frases oídas al pasar, en la calle, elementos de la cultura pop, televisiva, situaciones casi cinematográficas. Barthelme tiene un oído muy fino; extrae del mundo de la vida cotidiana palabras, oraciones, objetos (¡también es un gran enumerador!) y los arroja en el centro de ese caos de dramatismo fragmentado. (No debe ser fácil traducirlo; la versión de sextopiso es una prueba de eso).
Se ha dicho que el suyo es el mundo de la incongruencia de los encuentros entre las palabras, las imágenes y las cosas. “El arte de Barthelme consiste en colocarse en el corazón del entrecruzamiento de los flujos discursivos de que está tramada la vida de cada día”, señaló un crítico francés. Su obra está considerada como una de las primeras alegorías de la condición posmoderna, con cuya “tradición” se la ha sido vinculado siempre.
Publicada en 1975, El Padre Muerto forma parte de esa constelación de grandes novelas posmodernas que irrumpieron durante esos años: Las naranjas sangrientas, de John Hawkes, es de 1971; Quimera, de John Barth, de 1972; El arco iris de la gravedad, de Thomas Pynchon, de 1973; JR, de William Gaddis, de 1975.
Cuando el Padre Muerto se ofende por algún comentario, se suelta de sus porteadores y se pierde por la ciudad, cometiendo una tremenda masacre de músicos, en una plaza. Después se arrepiente. Es como un niño. Quiere acostarse con todas las mujeres. Por momentos, alguien cuenta un relato. Cuando relata, Barthelme es una suerte de Copi potenciado. Es otra forma de surrealismo.
Casi cerrando la novela, hay un Manual para hijos. “Estamos obligados a apartar a nuestro padres del camino como si fueran bultos que no nos permiten avanzar. Cada uno debe ser su propio padre”, señaló el autor en una entrevista
Reconocido como uno de los cuentistas más destacados del New Yorker, Barthelme dirigió el Museo de Arte Contemporáneo de Houston, donde conoció a Harold Rosemberg, con quien editó la revista Location. Ahí publicaron a William Gass, John Ashbery, Kenneth Koch, William Carlos Williams. Con Jerome Charyn editó después otra revista: Fiction. En Fiction publicó a los mencionados Hawkes y Barth, y a Peter Handke y a Max Frisch, entre otros.
Frederick Barthelme, hermano menor de Donald, es también un escritor de primera línea, más vinculado con la estética “opuesta”: el minimalismo. Dos contra uno y Selección natural, dos novelas suyas traducidas al castellano, son solo un poco menos recomendables que este Padre Muerto.