Reseña de El efecto Libertella (Ñ, falta chequear fecha)

Quizás como ningún otro, Héctor Libertella (1945-2006) escribió una literatura cuyo primer efecto, inmediato, es despojar al lector de cualquier tipo de tutelaje. Lo primero que uno aprende cuando lee por primera vez las primeras frases, esas frases bellísimas, “correosas”, de escritor nato, que escribía Libertella, es que hay algo ahí que no se comprenderá jamás. Es una enseñanza que no se olvida, porque es una enseñanza de vida.
Libertella ha escrito los textos más emotivos de la literatura argentina de los últimos años (justo él, un “vanguardista”, un “teórico”). La leyenda de Jorge Bonino, por ejemplo. O El paseo internacional del perverso. O La arquitectura del fantasma. Una autobiografía. Pasa con sus textos un poco lo que con el Diario de Nijinsky: lo que conmueve no es lo que relata, sino la manera en que algo incomprensible está haciendo implosionar el texto, volviéndolo irreconstituible.
Tenía 23 años cuando obtuvo el Premio Paidós por El camino de los hiperbóreos. En 1971, con Aventuras de los miticistas, ganó el Premio Monte Ávila. “No siempre que el mercado le dice sí a un escritor es cuando él está en condiciones de decirle sí al mercado”, escribió en La arquitectura… Publicó casi veinte libros, varios de los cuales (El lugar que no está ahí, de 2006, Diario de la rabia, también de 2006, y La leyenda…, de 2010) son reescrituras de otros anteriores. Para algunos fue autor de un solo libro, que reescribía constantemente; “reescribir exacerba la condición fantasma del escritor”, decía. Nueva escritura en Latinoamérica (1977), junto con El árbol de Saussure (2000), son los libros sobre los que más se ha ocupado la crítica académica. Si la reescritura constante es una de las características de su trabajo, otra es la particular mezcla que ensaya en sus textos entre teoría y ficción.
Podría pensarse que hay un punto en que literatura y teoría se enfrentan. Es que la teoría finalmente siempre aspira a decir algo general, y la literatura por principio aspira a ser una excepción de todo aquello que puede ser dicho. En la mayoría de los casos, el margen de comercio entre campos es amplio. En muy pocos, casi no existe. Libertella agudiza la opción por lo literario casi hasta hacerlo desaparecer. Su resistencia radica en no dejarse identificar, en no dejarse decir por la teoría.
El efecto Libertella es una compilación, hecha por Marcelo Damiani, de catorce artículos teórico críticos, o más próximos a “la crónica y al comentario”, que se propone leer “la literatura y la vida (de Libertella) como una sola variable indivisible”.
Ahí, Damián Tabarovsky señala que la de Libertella es una literatura que hace de la imposibilidad de conciliar hermetismo y comunicación, autonomía y mercado, vanguardia y post-vanguardia, su modo de existencia, su testimonio negativo. El suyo es el lugar “de la comunidad de los que no tienen comunidad”, dice.
Martín Kohan recuerda una frase de Libertella que propone que ahí donde hay un lector, hay un mercado, y asegura que para Libertella el mercado, más que un lugar de éxito, de ventas y figuración, es el espacio en el cual el escritor sobrevive. Si bien lee a Libertella en contra de “la histeria de la transparencia”, Kohan asegura que “la vanguardia puede ejercer cínicamente la prosa transparente y comunicativa”.
Laura Estrin define a las narraciones de Libertella como desbordadas por una fuerte identidad, por la presencia extrema del sujeto en la escritura. Libertella es para Estrin un escritor que “se sabía”, de una “desesperada bondad”, puesto en una posición extrema: “la recuperación de la vida en el pensamiento de la escritura”.
De Ricardo Strafacce, Ariel Idez y César Aira son los textos más anecdóticos. Idez arriesga que la escritura de Libertella gira alrededor de una pregunta: ¿qué significa ser escritor en un país como la argentina? Aira da un paso más y parece preguntarse, o preguntarle a Libertella: ¿qué significa ser escritor?
Más allá del nivel desparejo de algunos artículos, El efecto… evidencia que Libertella está muy bien leído. Es paradójico que un autor que da la impresión de ser difícil, que indaga en lo hermético, finalmente tenga algo de tan fácil. O no es paradójico. Damiani habla de “los algoritmos de un código misterioso”. Como si esos algoritmos hubiesen sido descubiertos y la obra de Libertella se abriera ahora en una pasividad interpretativa, sin mayores desafíos de lectura. En ese sentido, se extraña en el libro algún artículo que lo lea mal, un artículo que no lea la oscuridad y el hermetismo desde fuera sino que extravíe la escritura y el pensamiento en ellos. “El ojo que ve ve que todo lo aburre. El ojo perfecto es el que no ve”, se lee en La arquitectura…
Alan Pauls recuerda en su texto que Libertella imagina para su literatura un público de “lectores puros”, como los amigos de la infancia que “tocaron” los primeros libros propios que manualmente armó el autor. Se dirá: ¿por qué hay que leer a Libertella como él quiere? Es cierto. Y sin embargo, esa primera experiencia de lectura de cualquier libro de Libertella, nos enseñó que su literatura no está en la paz de lo tan bien leído, sino precisamente en el vértigo de lo que no se puede leer.