Entrevista con Roberto Jacoby (Clarín, falta chequear fecha)

Roberto Jacoby (1944) lleva casi cincuenta años de trabajo ampliando la idea lo que se entiende por arte. Su obra, vasta y heterogénea, difícil de exponer en galerías o museos por su carácter performático y colaborativo, tuvo su reconocimiento con la muestra retrospectiva que le dedicó el Museo Reina Sofìa, de Madrid, que concluye estos días.
Jacoby participó de la muestra Homenaje a Vietnam (1966), construyó y difundió mediáticamente acciones artísticas que no tuvieron lugar, intervino en las actividades del Di Tella y en la puesta de Tucumán Arde (1968). Durante los años ’90 produjo espectáculos en salas y discotecas, y escribió canciones para el grupo Virus. En el año 2000 creó la revista Ramona y desarrolló el proyecto Venus, por el que recibió la beca Guggenheim. Recién durante el 2001 hizo su primera muestra individual. El alma nunca piensa sin imagen, el trabajo colectivo que llevó en el 2010 a la Bienal de San Pablo, fue levantado por orden judicial. Escritor prolífico, con el título de El deseo nace del derrumbe acaba de ser editada una amplia selección de sus textos de diversos géneros, hecha por la investigadora Ana Longoni.

-Siempre trabajaste a favor de una cierta confluencia entre el arte y los sistemas de comunicación; sin embargo, la comunicación no parece haber facilitado mucho la circulación de tu trabajo.
- Creo que hasta ahora mi trabajo tuvo una lectura fragmentaria debido a la multiplicidad de campos en los que actué. Mi producción no deja de circular, aunque lo hace en cada uno de esos campos por separado. Ahora bien, mi nombre no se asocia a esas intervenciones porque casi nunca operé como “autor” individual sino a través de grupos y colectivos. La autoría difusa fue para mí una elección estética. En ocasiones esa invisibilidad me dificulta lograr aceptación para nuevos proyectos. El nombre de autor sigue siendo decisivo en el valor que la sociedad otorga a una obra. En mi caso, ésta situación se está modificando. La muestra en el Museo Reina Sofía y el libro El deseo… comienzan a facilitar una recepción conjunta de mi trabajo como un “cuerpo de obra”.

-Una preocupación muy presente en tu obra es la de los sistemas económicos. ¿Cómo pensar hoy la interferencia de la economía y la creación de sentido en el arte?
-La producción artística es la única que puede adquirir un valor inconmensurable, como si un artista tuviera el poder de imprimir dinero de curso universal. El proyecto Venus, una micro sociedad que funcionó desde 2002 a 2006 y emitía su moneda propia, era posible entenderlo como un comentario sobre esa propiedad particular. Los “venusinos” intercambiaban bienes y servicios por medio de esta moneda, mantenían su lazo social a través de lo que llamamos “tecnologías de la amistad”. Esa forma de reciprocidad distraída que es la amistad es un rasgo fundante de muchas iniciativas artísticas tales como Belleza y Felicidad, Tu rito, ramona, Bola de nieve y otros. En general mi trabajo funcionó por fuera del mercado, en una versión naif de la “economía el don” enunciada por Marcel Mauss y George Bataille. Para las prácticas “no objetuales” no era fácil transmutarse en mercancías, pero en ésta época parte del sistema del arte orienta su interés hacia esas experiencias, generando cierto mercado para ellas. Yo no sostengo un fundamentalismo antimercantil pero me mantengo en un límite que atravieso en uno u otro sentido, cosa que a mi edad resulta conveniente.

-¿Cuáles son hoy tus preocupaciones artísticas?
-Seguir provocando equívocos sobre lo que es y no es “arte”. También me motoriza la posibilidad de afectar nuevos públicos, de crear “comunidad” a través de esta extraña actividad que se denomina “arte contemporáneo”.Y, sobre todo, me interesa el momento actual de la sociedad argentina y de los movimientos sociales que surgen, un poco por todas partes, como si los deseos de una democracia real fueran posibles de alcanzar.

-Los críticos han dicho que tu trabajo expande la noción de campo artístico. ¿Cómo pensás que será el arte de las próximas décadas?
-Ampliar las fronteras de lo que se considera “arte” es la mayor ambición que puede tener una actividad artística en ésta época; observo y celebro la incesante propensión a dilatar los límites y difuminar divisiones entre disciplinas, entre “alta” y “baja” cultura, entre arte de élites y el de amplio alcance, entre materiales nobles y basura, entre lo manual y las tecnologías nuevas. Si tuviera que elegir un solo rasgo optaría por una de las propuestas de Ítalo Calvino para este milenio: la levedad. El futuro dejémoslo para más adelante.