Entrevista con Milo de Angelis (Clarín, falta chequear fecha)

Con un hermoso diálogo sobre la poeta rusa Marina Tsvietaieva cerró ayer su lectura en el VI Festival Internacional de Poesía de la Feria del Libro el poeta italiano Milo de Angelis. Fue la anteúltima jornada del encuentro, que concluye hoy con lecturas de todos los invitados y una performance del coreano Wol San, en la sede de San Telmo del Centro Cultural de España.
Nacido en 1951 en Milán, De Angelis escribió seis libros de poemas y está considerado uno de los escritores más destacados de Italia. En 1976 apareció su primer volumen de versos: Semejanzas. Después publicó otro cuatro, hasta que en 2004 editó Tema del adiós, sobre la muerte de su mujer, la poeta Giovanna Sicari, libro que significó un cambio importante en su escritura, ganada ahora por un lirismo más íntimo y frases más llanas. En los textos de De Angelis hay versos e imágenes que se retoman y resignifican, dando la pauta de que se trata de una obra que exhibe su propio proceso de conformación. Sus poemas se cuestionan permanentemente el sentido de escribir poesía en la sociedad actual.
Biografía sumaria, una antología de su trabajo que acaba de editarse en el país, con traducción y prólogo de María Julia de Ruschi, recopila textos de todos sus poemarios editados, y suma varios poemas inéditos de entre los últimos que escribió.

-¿Se puede pensar su poesía como la búsqueda de una suerte de sintaxis de lo contemporáneo?
-Sí. La mía es una poesía que tiene muchos puntos de contacto con lo antiguo, con los griegos y latinos, pero desde una dimensión lingüística viva, no clásica. Lo importante es que estos fragmentos de tiempo muerto, que vienen del pasado, no sean arrojados con violencia al presente, sino que sean diseminados de manera tal que cobren vida y no permanezcan como restos embalsamado. Es algo que está muy relacionado con mi trabajo como traductor, especialmente de Lucrecio, al que he dedicado muchos años de empeño filológico y textual. Traducir es traer esos textos del pasado, a través de los siglos, porque es la única manera de darles vida que tenemos. En mi poesía es algo que debe darse de manera secreta, subterránea, no a través de las citas. Lo antiguo debe ingresar con su trasfondo mítico y metafísico dentro de la actualidad viva de la lengua.

-En sus poemas predomina un paisaje del presente de tipo posindustrial. En un escenario así, ¿dónde resuena la producción poética?
-La creación poética no es una dimensión social, mucho menos histórica. Se inserta en la historia, pero funciona como otro tiempo del calendario. Por un lado está lo cronológico, de los diarios, de la actualidad, y por otro lado hay un tiempo absoluto, idéntico para todos los hombres y para todas las épocas. El poeta que pretende escribir para lo cronológico se convierte en un periodista, en un hombre astuto para negociar con su época. Pero es cierto también que un poeta solo, absoluto, es un poeta muerto. Así que finalmente los dos elementos conviven en una fricción muy estrecha.

-¿Tuvo o tiene algún tipo de actividad política?
-No, y desde hace muchos años sostengo una posición muy crítica contra el concepto de política. Hay mucha retórica, mucha facilidad y mucha ficción en la poesía de tipo civil, que en Italia ostenta una gran tradición, de Giuseppe Parini y Alessandro Manzoni, a Pier Paolo Pasolini. Pero esa tradición no tiene nada que ver con la mía.

-¿Cuál es su tradición?
-Mi tradición está dada por Francesco Petrarca, Torquato Tasso, Giacomo Leopardi, Dino Campana y Cesare Pavese

-A partir de 2004, su escritura sufre un cambio importante. ¿Cómo lo describiría?
-Para un poeta es siempre difícil ver cambios esenciales en la propia obra. Podría decir que se da una mayor definición de las situaciones, una sintaxis menos arbitraria. Pero yo no soy un poeta que progrese. Soy un poeta monótono, limitado y circular.

-¿Cuáles son sus obsesiones como poeta?
-El tiempo perdido. Que no se pierda, que continúe vivo en el presente. Y la imposibilidad de recordar.