Comentario sobre dos muestras de arte (Ñ, falta chequear fecha)

Una peculiar coincidencia se dio durante estos días en la ciudad de Buenos Aires; fue que a pocas cuadras de diferencia dos muestras de arte se organizaron alrededor de un mismo objeto: un par de zapatos.

Una fue Autorretrato de mi muerte, de Carlos Herrera, la obra que ganó el Premio Petrobrás, que tuvo la enorme virtud de reavivar el debate sobre los fundamentos del valor de lo que se hace, y de lo que se consume; la otra fue Humo, de Gastón Pérsico, que estuvo expuesta en la galería Nora Fisch, y con la cual el trabajo de Herrera, aunque más no sea a partir de la coincidencia, entabla un diálogo de semejanzas y diferencias.

La muestra de Pérsico incluye cinco objetos: una manija adherida a una de las paredes de la galería, un troquelado sobre vinilo (del que se han recortado siluetas de libros, máquinas de escribir y personajes en traje, sombrero y paraguas), una tarjeta que remite a otra galería (donde se exhibe una obra de neón), la alfombra que cubre la sala y, en el centro de la alfombra (como quien dice, en el centro de la muestra), una caja de zapatos con un par de zapatos adentro.

Caja de zapatos vacía llena de zapatos vacíos, es el título de este último objeto.

Autorretrato de mi muerte es bastante más conocida: una bolsa de nylon blanca tirada en el piso, dentro de la cual se adivina una remera y algún otro objeto, y de la que emerge un par de zapatos, cada uno con un calamar hediondo adentro.

En ambos casos, los zapatos funcionan de modo similar: son lo que queda de alguien que se ha ido. Alguien que se ha hecho humo, en el primer caso; alguien que ha muerto, en el segundo. Al mismo tiempo que señalan la ausencia, esos zapatos constituyen el último registro de la presencia del ausente. Autorretrato, dice Herrera.

Es la parte por el todo. Desde la elección del modelo (unas botitas cortas, de cuero, muy british y atemporales en Pérsico; y unos zapatos de goma para verano, muy ventilados y actuales, casi diríamos: de moda, en el caso de Herrera), hasta su estado de uso, los zapatos llevan las marcas de quienes se los han puesto. Llevan las marcas de los cuerpos y de los trabajos de quienes los han usado. En esas marcas los zapatos conservan el relato de la vida de quienes los han calzado. En la figura de los zapatos está la narración de la vida de quienes los usaron.

O por lo menos, la potencialidad de narrar esa vida. En este punto los dos trabajos difieren; no demasiado en lo formal, pero la diferencia es importante.

“Caja de zapatos vacía llena de zapatos vacíos”, dice Pérsico. La frase es un modelo. Uno podría continuar con el juego de llenos y vacíos y agregarle otro eslabón: “caja de zapatos vacía, llena de zapatos vacíos, llenos de una persona vacía”. A Pérsico no le interesa utilizar los zapatos para indagar en la vida de quien pudo haberlos utilizado. Es más: a Pérsico parece interesarle subrayar que no utilizará los zapatos para indagar en la vida de quien pudo haberlos utilizado. Los zapatos de Pérsico, casi sin uso, rodeados por objetos casi absolutamente impersonales (esas siluetas que resaltan la ausencia del cuerpo), no brindan pistas de interpretación, indicios narrativos. Están ahí como si fueran indicios, pero no lo son. En un libro interesantísimo que acompaña la muestra, Mariano Mayer dice algo así como que Pérsico trabaja contra la demanda de crear contenido.

En el caso de Herrera, el hecho de que junto a los zapatos haya algunos objetos personales le da a la obra un cierto dramatismo. Uno puede, a partir de esos elementos, avanzar, aunque sea mínimamente, en la reconstrucción de un relato de vida. En cualquier caso, ese avance, por menor que sea, más que poder hacerse en los hechos, está habilitado por la obra. A diferencia de Pérsico, Herrera parece habilitar el relato de vida: trabaja a favor de la vinculación de los objetos (los zapatos) con una experiencia personal. “Autorretrato”. Por otra parte, el olor de los calamares pudriéndose lo que reconstruye es una instancia más de la presencia: no está el cuerpo, pero está su olor.

El drama, en Herrera, podríamos decir, está en la aparición/desaparición del cuerpo, en la historia del cuerpo. Haciendo un juego de palabras: sin cuerpos, sin historias de cuerpos, no hay drama. Drama entendido como retórica. Pérsico, podría pensarse, es la anti retórica por excelencia. Los zapatos de Humo se niegan a asumirse como depositarios de un relato. Casi como si se dijera: cualquier cosa que se cuente sobre alguien, es retórica. No es la desaparición del autor: es la desaparición de la literatura.

¿Escribir (Herrera) o no escribir (Pérsico)? ¿Para qué sirve hoy la literatura? ¿Es posible que algo de esa pregunta haya estado planteado en esos dos pares de zapatos que aparecieron, inesperadamente y al mismo tiempo, por el suelo de Buenos Aires? En principio tiendo a pensar el desvanecimiento de los cuerpos, de las historias, de los dramas, como un trabajo a favor de ciertas tendencias de interpretación dominantes. Es esa descomposición del presente cuya expresión en el arte explícitamente decidieron exhibir y premiar los jurados del Petrobrás. El presente se deshace tan instantáneamente que lo mejor es no quedar pegado a nada. Estar todo el tiempo transformándose. Quiero decir: lo primero que pienso sobre estas obras es que se trata de convalidaciones del estado de las cosas. ¿No es la narración, la anécdota, la historia del cuerpo, lo que el poder siempre tiende a minimizar? Pero después pienso: ¿no es la minimización de lo anecdótico, de la historia de un cuerpo, del relato de una vida, el último gesto de resistencia al carácter apropiador de nuestra subjetividad por parte de un sistema político comunicacional que continuamente nos narra, nos retrata, nos hace hacer y decir? Y si fuese así ¿cuál sería ese grado de mayor resistencia, de mayor minimización, sino el relato, reducido a una cuestión apenas indicial, de la propia desaparición? Cuando uno entra a la galería y ve esos pocos objetos de Pérsico distribuidos como si en la sala no hubiese nada, le dan ganas de reírse. Es que el humor está lleno de humo, y tiene un componente anárquico reconstitutivo.

Desvanecernos es la última libertad que nos queda.