Reseña sobre Babilonia, de Rene Crevel (publicada en Ñ, el 30 de noviembre de 2010)

¿Es posible una novela surrealista? ¿O las de novela y surrealismo son dos ideas que se combaten la una a la otra? Existe una imagen surrealista, tomada de Lautremont, que acerca entre sí los elementos más alejados posibles (“el encuentro fortuito sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas”), y un automatismo de escritura, “ajeno a toda preocupación estética”. De esta imagen y este automatismo derivan una poesía, y hasta una prosa (corta) surrealista.
Pero ya en el primer Manifiesto del Surrealismo (1924), André Breton se las había agarrado con Dostoievsky, la observación, el estilo descriptivo, Anatole France y Stendhal, con esos textos que “toman un personaje y, tras haberlo descripto, lo hacen peregrinar a lo largo y a lo ancho del mundo”. Y cuando califica como surrealistas a Swift, o a Sade, no los rescata por su capacidad narrativa, sino por su “maldad” y “sadismo”, respectivamente.
En el origen de la conformación del pensamiento surrealista estuvo René Crevel. Sus experiencias con sueños hipnóticos inducidos, aprendidos de una médium espiritista que había conocido en sus vacaciones, fueron el primer procedimiento que utilizaron, en 1922 para indagar lo que llamarían la surrealidad. También fue Crevel el que indujo a los surrealistas a experimentar con drogas.
Parisién, había nacido en el 1900, “de madre cruel y padre suicida”. Estudió derecho en la Sorbona. Escribió una tesis sobre Diderot novelista. Durante el servicio militar hizo amistad con Marcel Arland, Georges Limbour, Jacques Baron, Roger Vitrac y Max Morise. Con ellos fundó la revista Aventure, que le significó “abandonar el siglo XIX para entrar en el siglo XX”. Así lo contó en su Autobiografía, de 1926, en tercera persona, en la que recuerda que entonces conoció a Louis Aragon, André Breton, Paul Elaurd, Philippe Soupault y Tristan Tzara, y un día, frente a un cuadro de Giorgio de Chirico, tuvo finalmente la visión de un mundo nuevo. “Renegó definitivamente del viejo bagaje lógico realista, comprendió que se había abandonado a una mediocridad razonable y que de los verdaderos poetas (como Rimabud y Lautremont) no le interesaban ni las imágenes ni las palabras, sino su poder liberador”. En La reunión de los amigos, un famoso retrato del grupo surrealista que hizo Max Ernst, Crevel aparece de espaldas.
Tuberculoso, pasó largas temporadas en Francia y Alemania. Homosexual y amante de la literatura inglesa, fue uno de los firmantes del primer Manifiesto. Ese mismo 1924 publicó su primera novela, Desvíos. Tanto a ésta como a la segunda, La muerte difícil, del 26, los críticos las consideran relatos autobiográficos. Babilonia, de 1927, y ¿Están ustedes locos?, de 1929, en cambio, son dos intentos más directos por crear novelas argumentales de influencia surrealista.
En Babilonia (que en un pequeño gran acontecimiento acaba de ser publicada por una editorial local) un padre de la familia se ha fugado con su sobrina, una adolescente inglesa, huérfana, pelirroja, que ha provocado en el hombre un entusiasmo que su mujer jamás ha despertado. La mujer abandonada vive con su hija y sus padres, él, un reconocido psiquiatra positivista. La novela está narrada un poco a través de los ojos de la hija, una niña preguntona que casi no participa de la acción y cuyo papel se va reduciendo para reaparecer como la gran protagonista sobre el final.
Podría decirse que es una novela sobre la monotonía y el aburrimiento de la vida familiar: sobre una vida familiar que “se deshace como manteca en la sartén”, y sobre cómo escapar de ella. Todos quieren huir. La mucama se fuga con el jardinero, la abuela con un candidato para la madre, la madre con un misionero que mide apenas metro y medio. La figura de Cynthia, la prima inglesa, los subyuga a todos, es el centro simbólico del relato: que ninguna huella de pasión subsista para convertirse en remordimiento o en pesar. Babilonia es la ciudad de las piernas abiertas, donde conocerlo todo, no sólo los placeres del sexo.
El relato avanza por saltos constructivos más que por una deriva automatista. Sobre todo al comienzo, parece vacilar: ¿Qué contar? ¿Cómo hacerlo? Se demora y amplifica en elementos menores. Sentimientos, ideaciones, tienden a objetivarse y a funcionar maquinalmente. París, el suburbio, el caribe y crímenes al modo de los que narran los diarios constituyen el paisaje narrativo. El abuelo elabora una teoría de los actos-hongos, una suerte de espejo y respuesta a la teoría surrealista, con la que Crevel parece mantener una relación por lo menos ambigua.
Los momentos más surrealistas se dan cuando el autor vuelve a contar o comenta, en “clave de sublimación poética”, algún suceso que acaba de narrar en clave más realista. O cuando la prosa adopta la forma de un recitativo invocativo. Son momentos de imágenes opacas, imprecisas, de inmersión en una lógica, en una atmósfera distinta. No son pocos, y dan el clima del texto, pero no arman ni desarman la estructura del relato. Igual no importa: no es un definido carácter surrealista, lo que hace interesante el libro, tampoco una limpieza inobjetable en su trama.
En 1930, Crevel firmó el segundo Manifiesto del Surrealismo, que buscaba un acercamiento con el pensamiento comunista, intento que ya había provocado la expulsión de integrantes del grupo como Antonin Artaud y Philippe Soupault. Durante esos años Crevel adscribió al marxismo y escribió ensayos sobre Paul Klee y Salvador Dalí. En 1933 publica su última novela: Los pies en el plato, de índole más política.
Se suicida en 1935, dejando escapar el gas en su departamento de París.
Babilonia es un texto híbrido. Ni “novela” ni “surrealismo”, mucho menos una síntesis. Es un texto experimental, en los términos elogiosos con que a veces se define lo experimental: un trabajo sobre el que no cabe decir si es bueno o si es malo, si está bien hecho o mal hecho, porque lo suyo no es el acierto sino el riesgo de indagar en formas desconocidas.