Nota sobre tres poetas argentinos (publicada en Perfil el 21 de noviembre de 2010)

A los escritores se los puede definir por lo que escriben pero también por lo que leen, y sobre todo: por cómo lo leen. Así, mientras se consolida la idea de hubo los últimos años una “poesía de los ´90”, despojada, coloquial, objetivista, también van destacándose los nombres de los poetas mayores de que se valieron los jóvenes para desarrollar su pensamiento poético. Entre quienes más han sido releídos y revalorizados están Leónidas Lamborghini, Joaquín Giannuzzi y Juana Bignozzi.
Tres libros nuevos ayudan a reconstruir el itinerario de estas poéticas y las lecturas y la recepción crítica que se hizo de ellas: Mezcolanza, a modo de memoria, de Leónidas Lamborghini (Emecé), Giannuzzi, reseñas, artículos y trabajos académicos sobre su obra, compilado por Jorge Fondebrider (Del Dock), y si alguien tiene que ser después, el último libro de poemas de Juana Bignozzi.
Lamborghini, Giannuzzi y Bignozzi publicaron sus primeros libros a fines de los ´50. Lamborghini, su Saboteador arrepentido, en 1955; Giannuzzi, Nuestros días mortales, 1958; y Bignozzi, Los límites, 1960.A pesar de esta coincidencia temporal, Giannuzzi fue considerado un exponente de la generación del ´40, a Lamborghini se lo vinculó con la generación del ´50, y Juana Bignozzi fue catalogada como parte de los poetas de los ´60.
Las peculiaridades de la generación del ´40, según el crítico David Martínez, fueron el tono melancólico, la predisposición a lo elegíaco, el repliegue interior y una propensión metafísica. Influenciados por Rilke y Neruda, los poetas del ´40 fueron considerados “neorrománticos”. Juan Rodolfo Wilcock, Alberto Girri, Juan L. Ortiz, Enrique Molina, Olga Orozco, sean tal vez los más conocidos de sus poetas.
Clara, concisa, influenciada por el relato directo del periodismo, y obsesionada por la relación entre la historia política de su tiempo y la vida privada, familiar, y aunque leída y conocida por otros poetas, la poesía de Joaquín Giannuzzi, que murió en el 2004, no estuvo “en ningún lado” hasta los años 80, señala Jorge Fondebrider en uno de los artículos del libro de Ediciones Del Dock.
En un reportaje del mismo Fondebrider, Giannuzzi señaló su intención de “obtener una poesía puramente fenomenológica. El poeta mismo es una colectividad, un yo histórico. Soy peronista, aunque no militante. En ese sentido, puedo afirmar que existe en mí un complejo de inferioridad muy grande respecto de la acción”.
A fines de los ´80 fueron los poetas agrupados alrededor del Diario de Poesía (Aulicino, Samoilovich, Freidemberg, y los más jóvenes: Prieto, Helder, Casas) los primeros en reivindicar a Giannuzzi como uno maestro.
“Estábamos saturados de lo gestual del malditismo de la poesía francesa, de la elegía romántica y del surrealismo fácil. Encontrar a Giannuzzi significó acceder a un orden clásico donde cada palabra estaba sustentada por la necesidad”, señaló Fabián Casas, uno de los poetas emblemáticos de los 90, y tal vez el primero en aceptar explícitamente la influencia de Giannuzzi.
Para Anahí Mallol, también integrante la poesía de los 90, crítica e investigadora, lo que los nuevos dejaron de lado de lado “fue la tensión conceptual o emocional que subyace en el estilo descriptivo de Giannuzzi”.
Juan Bignozzi alcanza en si alguien tiene que ser después es uno de los puntos más altos de su producción. Su poesía, concentrada en la búsqueda de una suerte de saber cómo se debe vivir, de una sentencia, casi, desprendida de imágenes y de narración, en la medida en que la experiencia se destila y se acerca al final, gana en exactitud y en franqueza.
Si, como se dice, la generación poética del 60 lleva las marcas indelebles de tres precursores: Raúl González Tuñón, Oliverio Girando y César Fernández Moreno, y sus características principales pueden ser el realismo, el porteñismo, el coloquialismo, la desprolijidad, la narratividad, la poesía de Bignozzi, escribió Martín Prieto, es sesentista apenas en la superficie. “A partir de una fortísima impronta de la primera persona se aleja de algunas de las ideas socializantes de la época”.
En Bignozzi, analiza Prieto, la construcción de un poema remite tanto al armado del yo que lo sostiene como a una apuesta relacionada con lo formal. “Un yo totalmente original, apoyado en soportes tan disímiles como mujer, barrio, inteligencia, ironía, cursilería, esnobismo, izquierdismo y futilidad”, dice.
Señalaba la poeta a principios de los ´90: “Adheríamos a modos de expresión de una manera un tanto militante. No nos mezclábamos. La mayoría de los que integraban mi grupo (El pan duro: Juan Gelman, Héctor Negro,Julio Harispe), ahora han caído en una falta de representatividad que considero ligada a la falta de representatividad en la que cayó la izquierda ligada a organismos. Su referencia desapareció, y por lo tanto no pueden tener ningún tipo de representación”.
Para Alejandro Rubio, una de las voces más destacadas de los ´90, “lo que impresiona de Bignozzi, sobre todo a las escritoras jóvenes, es la imagen de una poeta signada por la integridad, la conciencia de los medios poéticos, y la visión del mundo personal y generacional y la obstinación ideológica”.
Citado por Urondo en sus Veinte años de poesía argentina, Noé Jitrik describe el rasgo vanguardista de los poetas del ’50 como “resultante de la crisis que viene carcomiendo a la poesía argentina y significa momento de autoconsideración. Se busca el apoyo estético de poetas europeos”. Esta vanguardia se canalizará a través de dos caminos: uno seguido por los surrealistas, y otro de tipo más vitalista, alineado con la revista Poesía Buenos Aires. Entre los poetas más leídos de esos grupos: Edgar Bayley, Francisco Madariaga, Amelia Biagioni, Daniel Giribaldi, Héctor Murena
Pero poco se reconocía Lamborghini en ese marco. “Ni la generación del ´40 ni la del ´50 se hacían cargo de lo bajo de la vida. Se trataba de una poesía “elevada”.No había un verosímil para mi poesía en esos años. Lo mío era el feísmo. Siempre he trabajado para y en el margen”, dice en un testimonio recogido por Santiago Llach en Mezcolanza.
Lamborghini (en noviembre se cumple un año de su muerte) trabajó sobre la gauchesca, el tango y sobre el peronismo. Tomó textos modélicos (La razón de mi vida, Discépolo, las payadas) y los reescribió, recombinando su propia materia verbal con otra sintaxis, tratando de que el modelo buscara lo que estaba encubriendo. Utilizó la risa como poética y como política, “una manera de resistir al poder que utiliza una máscara para disimular sus estropicios tras la fachada de lo serio”.
Vivió 14 años en México, exiliado, y recién a su regreso al país, en 1990, empezó a leérselo con verdadera atención. “Es el gran lector-reescritor de la literatura y la cultura nacional”, dice Mallol. Para Rubio, su obra implica “una profunda zambullida en la lengua rioplatense, pero además constituye una de las más sistemáticas y originales concepciones de la literatura universal que surgieron en este país. Todavía no se han agotado su lectura y emulación”.
Mezcolanza, título que hace alusión a la idea que tenía Lamborghini de lo que era la literatura argentina, reúne textos dispares: la conversación de Lamborghini con Llach, una entrevista que Daniel Helder le hizo a Lamborghini, una reescritura que hizo Lamborghini de una traducción de Joyce hecha por Carlos Feiling y Luis Chitarroni, un diálogo entre Chitarroni y Feiling sobre esa reescritura, y una cronología de la vida del poeta.