Nota sobre Pintores que escriben (publicada en Perfil el 13 de febrero de 2011)

En su libro de conversaciones con Pierre Cabanne, Marcel Duchamp recuerda la oportunidad en que Francis Picabia lo llevó a comer con Max Jacob y Guillaume Apollinaire. En ese entonces, primera década del siglo pasado, Duchamp y Picabia eran dos pintores en pleno proceso de transformación en artistas sin más, en maestros de la discontinuidad y el desapego, y Apollinaire y Jacob eran tal vez los dos escritores vanguardistas más reconocidos del momento.
Más que una digresión o un paréntesis, la escritura ha sido parte esencial, inseparable de la producción de los artistas plásticos de todos los tiempos: la publicación de diarios, correspondencias, apuntes y textos teóricos da cuenta de ello. Sin embargo, a medida que el carácter “conceptual” del arte se ha ido acentuando, está vinculación suya con la escritura parece haberse ido expandiendo. Los artistas han comenzado a escribir cuentos, novelas y poesías que, sin dejar de ser centrales para la elaboración de sus obras, se inscriben en el campo de la “serie literaria” y, en consecuencia, piden ser leídos, también, como literatura a secas.
Durante los últimos años, la Argentina ha sido un escenario proclive para la publicación de textos trabajados en este entrecruzamiento disciplinario. Ana Longoni, investigadora del Conicet, subraya la importancia que tuvo la aparición de la revista ramona (2000) en la surgimiento de este espacio. “Incluso hasta fines de los años 90 había un prejuicio que enmudecía a los artistas. La academia sólo delegaba la palabra a teóricos y críticos. Con ramona se empieza a desatar ese nudo y a ver, retrospectivamente, a una serie de artistas cuyos textos no estaban sistematizados”, dice. Longoni recuerda especialmente la publicación en la revista de un texto de Alfredo Prior titulado El furor de la palabra.
Un listado de libros muy significativos publicados durante los últimos años debería incluir, pero no limitarse a: Cómo resucitar a una liebre muerta, de Alfredo Prior; El amor. Lo sagrado. El arte, de Liliana Maresca; La crueldad bondadosa, de León Ferrari; Escrituras, de Alberto Greco, y Dame Pelota, de Dalia Rosetti, esa escritora ficticia cuya invención es ya una obra de Fernanda Laguna. También habría que agregar producciones de Leandro Katz, Remo Bianchedi, Iuso o Fabio Kacero. Y aunque en sentido estricto sus libros no provienen de “artistas”, en esa misma zona textual deberían integrarse a Cecilia Pavón, con Los sueños no tienen copyright, y a Reinaldo Laddaga con sus Tres vidas secretas.
¿Qué tipo de literatura escriben los artistas? La esperada reedición de los poemas de Ricardo Carreira, y la retrospectiva sobre la obra de Roberto Jacoby que se inaugura en febrero en el Museo Reina Sofía, permiten volver a preguntarse por esta suerte de intenso contrabando que se ha establecido entre la literatura y el arte.
En una de sus primeras instalaciones, en 1966, en el Museo de Arte Moderno, Carreira puso una obra titulada Soga y texto, que constaba de un hilo que dividía la sala en dos partes, más una muestra de la soga y una fotocopia de la misma. En la Galería Van Riel, en la muestra Homenaje a Viet Nam, expuso su Mancha de sangre: un charco sólido de resina poliéster roja, colocada sobre el piso de la sala. Un año después, en el Di Tella, exhibió un muestrario de materiales presentes en la sala: Ejercicio sobre un conjunto. En el 69, en la galería Arte Nuevo, Concierto en varios tonos, lectura de una serie de textos, funcionó como punto de inflexión de su obra hacia lo performático y la literatura. En el 74, Carreira quemó sus pinturas. Realizó actividades junto a Margarita Paksa, Juan Carlos Romero, Fernando Bedoya, Omar Chabán, Fernando Noy y otros. Su principal proyecto de obra consistía en “hablar”.
Cuando murió, en 1993, su libro Poemas circulaba en fotocopias. Atuel hizo una primera edición de estos textos. Agotados hace tiempo, acaban de ser reeditados en Mataderos (Editorial Stanton), volumen que se enriquece con el agregado de una veintena de ensayos breves del autor.
La poesía de Carreira es marcadamente prosaica y denotativa. Escribe: El café se evapora en la tasa verde. / café, taza. / verde. // La luz rebota sobre el plato, la taza y la mesa. / luz, plato, taza, mesa. / rebota. // Tomo la taza y la cambio de lugar. / taza, lugar. / tomo, cambio. // Hay menos café en la taza porque está caliente y se evaporó. / café, taza. / hay, evaporó.
“Nombra lo que ve y luego nombra las palabras que nombran lo que ve, como quien ilumina fragmentos de una casa en ruinas. Trata a las palabras como si fueran objetos. Se ha despojado de todo y escribe desde los confines del lenguaje”, señala Ricardo Piglia en El laboratorio de Carreira, texto reproducido en Mataderos.
Al subir estos poemas a su página, Poesía.com, el sitio que administraban los poetas Martín Gambarotta, Alejandro Rubio y Daniel Helder, hizo circular la escritura de Carreira por un lugar central de la poesía argentina contemporánea, en compañía de estéticas como las de Leónidas Lamborghini o Ricardo Zelarayán.
“Los poemas de Carreira quieren ser leídos como poesía y así se declaran. Pero los artistas en general trabajan más allá de los límites de lo pensable en el momento como valores del campo literario. Están en el centro de una puja de fuerzas disciplinarias. Trabajan con la anacronía de los recursos literarios. Finalmente son excéntricos y no dan la batalla por lo literario”, señala Gerardo Jorge, editor de Stanton.
Curadora de El deseo nace del derrumbe, la retrospectiva sobre la obra de Jacoby que se exhibirá en el Museo Reina Sofía de Madrid a partir del 24 de febrero, Longoni subraya que “para Jacoby la escritura es central en el proceso creativo, una escritura densa y sostenida, que abarca una amplia diversidad de registros y constituye un volumen de trabajo monstruoso”.
En Las viejas locas y el coronel militar, fue uno de los primeros en abordar, todavía durante el proceso, la represión y desaparición de personas. En esos años también escribió las letras de varios discos de Virus, proponiendo la fiesta, la explosión vital, la libertad de los cuerpos. Después estrenó en el Centro Cultural Ricardo Rojas la obra de teatro Una noche en Varsovia. En el 2001 editó Orgía, una breve crónica de iluminación lisérgica, y en el 2003, en coautoría con Jorge Di Paola, la novela Moncada (Adriana Hidalgo).
Moncada es una especie de folletín de las aventuras fabulosas que le suceden a un turista argentino en Cuba. No es el folletín estilizado de Manuel Puig. Moncada es un libro informe, contradictorio, redundante, desbordado, inverosímil, un poco a la manera de lo que pueden ser hoy los best sellers. En la visión de Jacoby-Di Paola, lo literario aparece como una mezcla de imaginarios en desuso. Lo político, lo sociológico, lo periodístico, lo económico, lo amoroso: todos son discursos envejecidos, fuera de quicio. Lo más inquietante, sin embargo, es que incluso la posición paródica parece impugnada. Contra ciertas ideas del apego a las elecciones estéticas y de la construcción de la figura del escritor como valores: en Moncada, ¿hay un sujeto que habla?
Longoni señala que en los textos de Jacoby, más que una suerte de evolución de su obra por etapas, habría que ver, en una trama de conexiones transversales, el trabajo de una serie de conceptos fetiches sobre los que el artista ha venido trabajando “en las inmediaciones del arte y de la política”. “El tema de los límites está continuamente puesto en cuestión. Preguntarse por Jacoby como escritor significa reactivar esos territorios que su obra pretende desmantelar”, recusa.
En cualquier caso, Moncada parece tener algunas coincidencias con los poemas de Carreira y, por ejemplo, con los de Maresca, o con los cuentos de Prior, o con las novelas de Dalia Rosetti: a pesar de sus grandes diferencias, todos exhiben una desconfianza extrema hacia lo literario, como si quisiesen alcanzar en sus textos una suerte de grado cero de la escritura, previo a cualquier ropaje disciplinario.
De esa cena con Apollinaire y Jacob, Duchamp recuerda así las impresiones que vivieron con Picabia: “Fue algo increíble. Nuestro espíritu dudaba entre la angustia y unas enormes ganas de estallar en carcajadas. Apollinaire y Jacob eran dos seres que vivían en la óptica de la época simbolista de 30 años atrás. ¡Eran dos hombres de letras!”.
Seguramente, la impronta de los artistas que hoy escriben no sea la de transformar a un artista en escritor, sino la de hacer, simplemente, de la literatura, un arte sin disciplinamientos.