Nota sobre Mark Twain (publicada en Perfil el 13 de marzo de 2011)

Dice así: “Pensaba que interveníamos para protegerlos, no para intentar oprimirlos bajo nuestra bota. Se trataba de liberarlos de la tiranía, permitirles restablecer su propio gobierno y apoyarles para que lo lograsen. No tenía que ser un gobierno de acuerdo a nuestras ideas, sino un gobierno que representase los sentimientos de la mayoría de sus ciudadanos. Pero ahora nos encontramos en medio de una confusión, en un lodazal del que, con cada paso, se nos dificulta más y más la posibilidad de salir”.
Podría ser parte del discurso de algún legislador norteamericano, en una de las sesiones de la última semana, sobre Irak o Afganistán. Pero no: fue escrito hace 110 años por el “humorista” norteamericano Mark Twain (seudónimo de Samuel Langhorne Clemens, 1835-1910), denunciando la guerra filipino-estadounidense.
No es muy sabido, pero Oración de Guerra, un texto breve que Twain escribió sobre la libertad de expresión durante ese mismo conflicto, fue uno de los que más circuló en los años 60, durante la Guerra de Vietnam. “En Estados Unidos, como en cualquier otra parte, la libertad de expresión, está limitada a los muertos. Nadie, sino los muertos, puede decir la verdad”, señala en un fragmento. Otro material de Twain: Los Estados Unidos del linchamiento, fue tomado como referencia por los movimientos de reivindicación de los derechos civiles. Y el Soliloquio del Rey Leopoldo, fue un texto que por la misma época leían los grupos anticolonialistas.
“La imagen de Twain como héroe nacionalista, que a partir de 1940 el establishment literario se ocupó de resaltar intencionadamente, se desdibuja notablemente cuando se tiene la ocasión de leer textos en los que Twain asume una postura claramente antiimperialista y anticapitalista”, señala la introducción, anónima, al libro Antiimperialismo: patriotas y traidores, una selección de escritos sobre política (internacional) norteamericana escritos por Twain.
Se trata de un material muy heterogéneo: hay cartas, hay transcripciones de conferencias, artículos, ensayos, extractos de libros, notas periodísticas, entrevistas que le hacían al mismo Twain. Hay primero un capítulo general, denominado Antiimperialismo, y después otros seis, según las situaciones globales a que cada uno haga referencia: Hawai, Rusia, Sudáfrica y Australia, la guerra hispano- norteamericana y Filipinas, China, El Congo. Son materiales escritos por Twain durante los últimos quince años de su vida, cuando se afilia a la Liga Antiimperialista. Algunos tienen una carga satírica verdaderamente corrosiva, pero otros son más llanos, casi historicistas. Los argumentos del antiimperialismo no son demasiado, y se vienen repitiendo desde hacer por lo menos un siglo. Esa misma argumentación repetitiva hace un poco tediosa la lectura. Quizás una introducción general a cada capítulo hubiese ayudado a poner mejor en contexto cada situación histórica. La división temática no ayuda demasiado a comprender si hubo una evolución en el pensamiento de Twain.
Por lo pronto, el autor no parece haber sido ni un antipatriota ni un pacifista, y si fue antiimperialista, lo fue únicamente cuando desde su punto de vista a los Estados Unidos no le convenía ser imperialista. “Eliminaría ese antiguo lema que dice: mi país, con razón o sin ella, y lo reemplazaría por: mi país, cuando tiene razón”, dice. Después se enorgullece de que el gobierno norteamericano haya conjurado al “Terror Amarillo, enorme y ominoso, que se alza amenazante en el lejano horizonte, amenazando al mundo entero”. (Por lo visto, el fantasma del poderío chino es de muy vieja data, ¿o la que es de muy vieja data es la diplomacia norteamericana?).
Las mejores páginas, las más encendidas, son las que escribe sobre la Rusia de los Zares: “Cuando consideramos que ni el más responsable monarca británico jamás devolvió un derecho público robado hasta que se le arrebató mediante la violencia sangrienta ¿sería racional suponer que métodos más suaves podrían obtener privilegios en Rusia?”
Los estudiosos han dicho que el humor norteamericano, como forma de crítica, fue siempre un elemento catalizador de los distintos cambios a los que estuvo sometida su sociedad. Según Nora Dottori, de ese humor particular derivó la configuración de una serie de tipologías, ya clásicas. Las aventuras de chicos rebeldes es uno de los géneros formados por ese molde. Huckleberry Finn (1884), de Twain, seguramente sea el más destacado de esos libros, y una de las mejores novelas de la literatura norteamericana.
Algunos historiadores han dicho sin embargo que Twain no explotó su vena crítica una vez que la descubrió, sino que deliberadamente la atenuó para congraciarse con el espíritu de su época. Otros directamente aseguran que la culpa fue de su mujer, de familia puritana y conservadora, adinerada, que lo transformó de un crítico social profundo en un débil ironista autocomplaciente. Aún con sus defectos, “Antiimperialismo: patriotas y traidores”, es una buena forma de no sacarse la duda.