Nota sobre La París de los argentinos (publicada en Clarín el 22 de noviembre de 2010)

Si a lo largo de toda su historia los argentinos tuvieron una ciudad en la cabeza, esa ciudad es París. Pero París es muchas cosas para los argentinos.”Un rompecabezas”, dice Jorge Fondebrider. Fondebrider presentó el miércoles presentó La París de los argentinos, un libro de su autoría que recoge más de un centenar de testimonios de experiencias de vida de argentinos en la ciudad luz, a lo largo de casi dos siglos de historia.
Ahí están la visita de Alberdi a San Martín, en Grand Bourg, y la visita de Mansilla a Alberdi, “un cartílago nervioso, alimentado sobriamente”. Está la sobria descripción de Enrique Cadícamo del bizarro debut de Carlos Gardel en París, y el telegrama de Gardel dando cuenta de su éxito. Están los paseos de un Mallea indignado con Modigliani y Beckett. O los encuentros increíbles de la cineasta Nelly Kaplan con Philippe Soupault y André Breton.
Son todos testimonios en primera persona, anecdóticos, con una marca muy fuerte de la manera de ser de cada uno de los que escribe. Algunos indagan más en las particularidades de ciudad. Horacio Butler, que vivió en París en la década del 20, describe su relación con esa institución de la vida parisina que es la portera. O Marilú Marini, instalada en el 76, cuenta sus dificultades de adaptación a la sociedad parisina, y cómo su relación con una repostera le permitió vislumbrar de qué forma esa sociedad racional, burguesa y establecida, se abría, a partir de la amistad, a alguien ajeno a sus códigos.
Al abrir la presentación del libro, la historiadora Lila Caimari señaló que “para los viajeros argentinos, París no es un descubrimiento sino el cotejo con la idea que se tiene de la ciudad. En París, los argentinos descubren que no tienen un estatus singular, sino que son tan extranjeros como cualquiera”.
París es también es la ciudad de los rebusques. Como los del poeta y traductor Gerardo Gambolini, incapaz, al cabo de varios días, de pintar correctamente, de azul traful, un baño de un metro por un metro, pero hábil para dar clases de idiomas que apenas articulaba. Y también es la ciudad de la solidaridad y del compromiso con la palabra. Y de la generosidad, varias veces mencionada, de Julio Cortázar.
La París de los argentinos es un libro emotivo. Más cuanto más ser acercan los testimonios en el tiempo. Teresa Anchorena, que vivía ahí desde el 72, cuenta que cuando su primo hermano Tomás de Anchorena fue nombrado primer embajador de la dictadura, la invitó a ella y a su pareja, a almorzar, y les pidió que lo ayudaran a confeccionar una lista de “sospechosos”. Como ambos se negaron, los denunció como guerrilleros, no sólo ante la junta, sino también ante la policía francesa.
Seguramente haya en el libro hallazgos para todos los gustos: el humor de Roberto Gache, o la descripción increíble de Jorge Di Paola del día que pasó con un Roberto Aizemberg subyugado inmóvil debajo de la obra del ruso Tatlin. Algunos textos corresponden a material de archivo, extraído de libros, o de artículos periodísticos; otros fueron pedidos para la edición, y en ciertos casos se trata de reportajes hechos especialmente para el libro por Fondebrider.
-¿Hay hitos que marcan de la relación histórica entre los argentinos y París?
-Yo diría que los núcleos duros tienen que ver más con momentos de la vida francesa que de la vida argentina. Por ejemplo, lo que tiene que ver la caída del Segundo Imperio (1870), con la primera y la segunda guerra mundial, con mayo del 68, con la subida de Miterrand, y ese un núcleo fuertísimo es la llegada de los exiliados durante la dictadura.
-No hay muchos testimonios de argentinos defraudados con París…
- Están algunos que tienen una actitud muy recalcitrante respecto de lo que no es uno mismo, como Discépolo, pero es difícil sentirse defraudado con París. La mayor parte tuvo un aprendizaje y un encantamiento con esta ciudad.
-¿Usted también?
-En mi experiencia, hay momentos de enamoramiento y momentos de rechazo absoluto. Yo detesto la cultura francesa. Me refiero a la cultura literaria, no a los franceses. Este es un libro hecho con muchísimo cariño hacia los franceses y hacia París, no necesariamente hacia la cultura francesa.
-En el libro aparecen varias figuras, como formas de estar en París: el viajero, el anclao, el exiliado, el becario. ¿Cuál sería hoy la más significativa?
-Probablemente la de los quedados, los que decidieron hacer su vida allá. Esos son hoy los argentinos de París.
Casi tan entretenido en su locuacidad como con su música, al final Horacio Molina cantó dos tangos de mitología parisina: Madame Ivonne y Araca París, y cerró con Las hojas muertas, de Jacques Prevert, una canción sobre los “amores desunidos”.