Nota sobre Jean Genet (publicada en Perfil el 12 de diciembre de 2010)

Tres virtudes organizan el mundo del mal que constituye la narrativa de Jean Genet: son el robo, la homosexualidad y la traición. Las tres tienen, antes que nada, el objetivo de acabar con el ser social y hacer surgir el valor más intenso: el de la soledad. Traicionar a un ladrón, a un asesino, en este mundo del crimen ya separado del mundo social, es optar por la soledad más extrema, rompiendo los últimas vínculos; es “hundirse en la noche demente del no”. “Genet se opone a toda sociedad. No es dialéctico. Para él un escritor es un elemento de desorden no recuperable por el ser social”, señaló Jean Marie Magnan.
A lo largo de poco más de un lustro, que pasó casi íntegramente en prisión por sus actividades delictivas, de 1942 a 1949, Jean Genet escribió cinco novelas imprescindibles: Santa María de las Flores, El milagro de la rosa, Querelle de Brest, Pompas fúnebres, y Diario del ladrón. En 1948, condenado a cadena perpetua después de diez sentencias, es indultado gracias a una campaña que promovieron Jean Paul Sartre, Jean Cocteau, Colette, Pablo Picasso y Paul Claudel. En contra de la amnistía estuvieron Albert Camus, Louis Aragon y Paul Eluard. Una vez liberado, habrá que esperar hasta 1986 para su regreso a la “narrativa”, con el bellísimo Un cautivo enamorado, donde repasa recuerdos de su estancia, en 1970, en Jordania y el Líbano, en campamentos de refugiados palestinos.
En 1952 Sartre publicó su San Genet, comediante y mártir. La lectura del texto sumió a Genet en un período de seis años de silencio. Luego escribiría bastante teatro y algunos impactantes textos dispersos. Genet no sólo apoyó la causa de los palestinos, sino también de los argelinos independentistas y de los panteras negras, que le invitaron a los EE. UU. , donde dio charlas y escribió artículos para sus periódicos. Sin embargo, tampoco ha dejado de señalarse el carácter equívoco y limitado de sus compromisos políticos. Su vida amorosa estuvo estrechamente ligada a un funambulista que se suicidó. En 1964 dio su primera entrevista, a la revista Playboy, por insistencia de Simone de Beauvoir. En 1976 concedió otra nota, al novelista alemán Hubert Fichte. En 1984 la Academia Francesa le dio el Premio Nacional. Murió dos años después, y fue enterrado en el cementerio español de Larache, en Marruecos. Nacido hace exactamente un siglo, su madre, una prostituta joven, lo había abandonó en un desagüe cuando tenía un año de vida.
Adoptado a los ocho por la familia de un carpintero de provincia, pasó su adolescencia en prisiones juveniles y fue expulsado del servicio militar cuando lo encontraron en relaciones con otro hombre. En 1932 pasó a España, donde vivió de la mendicidad y el robo, prostituyéndose. Después se lanzó a una vida errante por Europa. En cada país, la secuencia será la misma: robo, prisión, expulsión.
Escribió un biógrafo: “cada vez más se le hacía evidente que no podría sino permanecer en la vergüenza y la reprobación, y decidió continuar con este destino en la noche, a la inversa de nosotros mismos, y de explotar lo inverso de la belleza.”
Otra vez en París, vive de la reventa de los libros que roba. En 1942 está detenido en la cárcel de Fresnes. En bolsas de papel empieza a escribir Santa María de las Flores. Lee una gran cantidad de novelas populares, despreciando por completo la línea argumental: se saltea las páginas a la búsqueda de los párrafos que agreguen un nuevo matiz a la figura de algún personaje.
Entonces da con un libro que lo ayudará a definir su propia escritura. “En el patio de la prisión intercambiábamos libros de forma más o menos clandestina. Como a mí mucho no me interesaba la cuestión, siempre me tocaba lo que nadie quería. Un día me dieron Proust. ¿Qué es esta porquería?, me pregunté. Cuando leí la primera frase, tan larga, de la presentación de Monsieur de Norpois a cenar con la madre y el padre de Proust, no pude más que cerrar el libro. Tardé un día entero en reponerme de la emoción que me produjo esa oración tan densa y hermosa”.
La fascinación por los meandros infinitos del análisis proustiano, por ese modelo estilístico que la crítica ha calificado de “vegetal” (arborescente, hecho de ramificaciones e injertos), marcará toda la narrativa de Genet.
Contar las novelas de Genet es tan incierto como contar A la búsqueda del tiempo perdido. Fassbinder, que hizo una recordada versión fílmica de Querelle, aseguró que Genet era el novelista más radical de todos por la discrepancia entre la acción objetiva y la fantasía subjetiva. Genet mismo decía que las palabras de una obra literaria no eran susceptibles de ningún tipo de transposición visual. Para Sartre, las suyas eran “falsas novelas”, porque la ambición poética era incomparablemente más poderosa que la novelesca.
La suya es una escritura marcadamente materialista: no puede resumirse, no puede abstraerse, no puede metaforizarse sobre ella. No puede discurrirse sobre ella: está en la punta de la pluma; es ella la que discurre. Es una de las escrituras, más resistentes a ser asimilados en otros términos que los propios. A Sartre no le alcanzaron las 1.200 páginas de su San Genet, para tratar de decir a Genet a su manera. Basta con leer cualquier ensayo o prólogo a sus novelas para detectar ese desconcierto que siguen provocando sus páginas. Se toma algún concepto y a partir de ahí se intenta desovillar el discurso y armar un sistema de lectura, un especie de desciframiento. A algo uno se aproxima, pero siempre queda la sensación de que es demasiado intrincado, irregular, hipotético. ¿Y si, simplemente, ese sistema no existiese?
En cualquier caso, se trata de un sistema que se deriva de lo escrito (en el sentido de que no es previo a la escritura), cuyos elementos la escritura va buscando de manera incansable. Si al cabo adquiere un sentido, lo adquiere sólo para el autor. No es un sistema transferible. Es un sistema de un solo hombre.
En Genet hay una asimetría total entre el autor y el lector. Podría decirse que una de las preguntas centrales que genera su literatura es: ¿a quién le habla Genet? E incluso aventurarse que un Genet lector también quedaría fuera del sistema del Genet escritor. El momento de la escritura, parece querer decirnos, es el trabajo de creación de una forma de pensamiento incompatible con cualquier otra.
Señalaba Philippe Sollers que, contrariamente a los novelistas del siglo XIX, que inventaban para escribir, Genet escribía par inventar: “su escritura está continuamente rehaciéndose. Genet nos recuerda todo el tiempo que es el cuerpo lo que está ahí, escribiendo los trazos de las palabras. Por el cuerpo pasa toda la literatura realmente comprometida del siglo XX: Artaud, Joyce, Celine, Proust, Genet”.
El mundo de la cárcel, el lumpenaje portuario, la vida de la delincuencia: el mundo de Genet es un mundo sin mujeres. Las mujeres están dentro de los hombres. Genet busca en todo hombre a la mujer que éste oculta. Ninguno de sus personajes encarna mejor que Divine, la travesti de Santa María de las Flores, la exuberancia del lenguaje y la feminidad en ese mundo sin mujeres, se ha dicho. Perlongher aseguraba que Divine era su ideal de mujer. Para Genet, la virilidad estaba en la negligencia, en la indiferencia a los homenajes.
Fue esencialmente un poeta, pero su producción en verso se reduce a seis poemas largos, escritos a principios de los 40, que los críticos emparentaron con Villon, Rimbaud y Coleridge. “La poesía es voluntaria. No es un abandono, una entrada libre y gratuita por los sentidos. La poesía es una visión del mundo obtenida por un esfuerzo, a veces agotador, de la voluntad”, dijo.
De tan complejos y contradictorios, sus personajes se vuelven irreales. Son una acumulación de virtualidades, de conjeturas, de actitudes diversas y enfrentadas. Lo que Genet siente por ellos es convertible y ambiguo, y hace fracasar cualquier intento de apreciación cabal. No le preocupa agregar aspectos nuevos, no conciliables con los que venía desarrollando, para abordar un mismo hecho. Sin inconvenientes cambia su forma de interpretar una circunstancia, o retoma una situación interpretándola de manera opuesta. Las disposiciones de su ánimo transforman el relato a medida que avanza. En cada uno de estos gestos, de estas disrupciones, el relato se destruye, y vuelve a nacer.
A propósito de Los hermanos Karamazov, Genet le decía a Fichte: “Dostoievski destruye lo que se consideraba la obra de arte como afirmación. Me parece, después de esta lectura, que toda novela que no se construya como un juego de masacre del que no será sino otra víctima, es una impostura”.
Y otra vez Sollers: “Es como todos los que han vivido en su estilo lo que han escrito, o peor, que han llegado a vivir situaciones en la perspectiva de su estilo. Es decir haciendo, y es hacer diciendo. Es una actitud que a partir de entonces será cada vez más incomprensible en la literatura. En consecuencia: Genet debe ser olvidado. El y su prosa deben ser olvidados.”
Algunos consideran que Santa María de las Flores, cuya edición financió Jean Cocteau, ambientada en el mundo del delito parisino, es su mejor novela. Milagro de la rosa es la novela en que reconoce al personaje más valioso que lo habita: el ladrón. Robar es un acto viril. En esta novela se instaura además el orden de los tatuajes como emblemas de un ennoblecimiento inverso. Diario del ladrón es el más autobiográfico de sus libros. Narra su vida en el Barrio Chino de Barcelona antes de la Guerra Civil, y sus andanzas como vagabundo por Europa. Formula la autoexigencia de hacer de su vida una leyenda, para volverse legible, convirtiéndose en “un astro, un figura del zodíaco, un signo.” Escribe: “Uno espera que el pensamiento lo salve y, a decir verdad, no hay motivo más razonable para abrir un libro que el autor nos cuente cómo se ha salvado. Con eso alcanza”. Encuentra “la palabra más hermosa del mundo”: “santidad”. Para Genet, el criminal y el santo son una misma cosa, porque ambos se rebelan contra la sociedad.
Pompas fúnebres es su primera novela no escrita en prisión Redactada con un lenguaje más hermético y experimental que las anteriores, Genet recuerda, a través de uno de sus antiguos amantes, miembro de la resistencia, los combates en París en los últimos momentos de la Ocupación nazi. Es el poema erótico de la política de la ocupación. Querelle, su relato más conocido, narra la redención de un asesino a través del envilecimiento. Para salir de la soledad, Querelle aspira a reconciliarse con el enemigo. No alcanzará la paz hasta que se incorpore a la policía y la fuerza que esta representa se expanda en él, dominante y pacificadora.
-¿Siente alguna afinidad hacia sus colegas del crimen?, le preguntó Playboy.
¬ -No, de ningún tipo, por la sencillísima razón de que eso me encaminaría hacia la moralidad y, por lo tanto, hacia el bien. Si, por ejemplo, existiera una lealtad entre dos o tres criminales, eso significaría el inicio de una convención moral y, por lo tanto, de inicio del bien.
-¿No es usted "uno de ellos"?
-Desde luego que no. Considere la situación. Obtengo regalías de todo el mundo. Usted viene a entrevistarme de Playboy. Mientras tanto, ellos siguen presos. ¿Cómo espera que mantengamos una amistad? Para ellos no soy más que un hombre que ha traicionado. Tuve que traicionar al robo, que es un acto individual, en beneficio de una operación más universal, es decir, la poesía. Tuve que traicionar al ladrón que era para convertirme en el poeta en el que espero haberme convertido. Pero esta "legalidad" no me ha hecho más feliz.
Jean Genet admiraba a un artista. A uno solo. Ese artista era Alberto Giacometti. Para Picasso, El taller de Alberto Giacometti, un texto de Genet de 1957, era el mejor ensayo sobre arte que había leído jamás. En él, Genet arriesgaba que las esculturas de Giacometti estaban destinadas a los muertos, pero no a todos los muertos, sino a los muertos que no habían vivido jamás.
Algo de esto también puede decirse de sus libros, probablemente.