Nota sobre improvisación (publicada en Ñ el 2 de febrero de 2011)

“La improvisación es un misterio, al final nadie sabe de qué se trata”, decía el violinista Stéphane Grappelli. Si se escribiera una historia de la improvisación en el arte, debería remontársela hasta el origen mismo de la idea de arte. Leonardo Da Vinci y sus amigos montaban óperas cuya música y letra inventaban en el momento. William Blake escribió que “Jesús actuaba por impulso, y no por reglas, y era todo virtud”. Las Improvisaciones de Kandinsky, retratos de estados espirituales hechos a medida que sucedían, son considerados uno de los mayores avances del arte del siglo XX. Salvo quizás durante el siglo XIX, en que la expansión industrial parece haber impuesto una cierta especialización de campos y definición de formas, los ejemplos abundan. Y sin embargo, probablemente improvisar nunca haya significado dos veces lo mismo. En cualquier caso: ¿cómo pensar la idea de improvisación en el contexto de la producción cultural contemporánea?
Cinco años después de haber ganado el premio Emecé con su novela Aún, Mariano Dupont publicó, a fines de 2008 Ruidos. Ruidos es el despliegue de la voz de alguien que está encerrado en un sótano, una voz sin historia; es un texto que en su escritura no tuvo otro punto de comienzo que ése, y que a partir de ahí articula y desarticula pequeños núcleos narrativos sin el apoyo de otra estructura argumental. Es un texto que Dupont escribió improvisando sobre el momento de la escritura.
“Rescato de la improvisación que está siempre en el presente, y si uno improvisa es porque quiere estar ahí. El pasado es lo que te hunde. El pasado es el estilo: la frase, el orden, el tedio. Cuando uno improvisa no puede decirse, como hacen los novelistas: ‘Esto no va, lo saco porque no es funcional al argumento’.”
En contra de la idea de estilo como valor, para Dupont, improvisar en la escritura es escribir algo que no responda a los valores de la “buena literatura”. Cita a Girondo: “Llega un momento en que aspiramos a escribir algo peor”, y reconoce la existencia de una larga tradición de improvisadores, que bien puede ir de Samuel Beckett a Néstor Sánchez. “Cada vez más abajo, nunca para arriba. Como cavándose la tumba, de mal en peor. Nunca con orgullo, como decía Sánchez”, dice. Hay algo fuerte y destructivo de su propia figura como escritor en este trabajo desconcertante de Dupont. “Improviso para joder, para joderme, para arruinarme”, dice.
Lucio Capece es un compositor e instrumentista argentino radicado en Europa desde 2002, vinculado con la escuela jazzística de Anthony Braxton, que además estudió con Louis Sclavis pero luego se volcó hacia la improvisación electro acústica y la música “académica” contemporánea.
“Los lenguajes nacen, se desarrollan y mueren”, dice, “y la improvisación lo que permite es construir una música que esté viva. Es concebir el sonido no como un vehículo para hacer música, puesto al servicio de, sino como música en sí.”
De cualquier forma, Capece propone no hablar más de “improvisación”, porque dice que lo que suele llamarse “improvisación” generalmente es lo contrario: “una estrategia claramente identificable, por lo tanto muerta y obsoleta. Y en un mercado artístico que pide objetos acabados y efectivos, cuando una estrategia toma forma, debe ser abandonada.”
Capece admite que existen y funcionan estrategias para liberarse de las estrategias obsoletas, y que con ellas se trabaja. “Nadie sube al escenario y arranca todo de cero. Cuando toco, la estructura general de lo que toco está preconcebida. Diría que el 95% está compuesto, pero será el 5% que no está estructurado lo que determinará si el otro 95% tiene vida o no. Al final de un concierto, sé que pasó algo importante si se dieron reacciones desconocidas en algunos de los elementos que intervinieron en ese momento”.
Artista plástico, cineasta y periodista, Nicolás Sobrero concibe la improvisación como un proceso de ósmosis social.
Durante el mes que duró su última muestra, Amor trascendental, Sobrero trabajó en la galería invitando a la gente que pasaba por la calle a entrar a conversar mientras él pintaba. “No quería hacer una muestra según los parámetros clásicos: trabajar las obras en el taller, llevarlas a la galería, montarlas, inaugurar, pasar durante la semana, cerrar. Así que mi obra fue hablar con la gente. El impulso de cada encuentro, de cada momento, fue transfiriéndose a la tela sin demasiado control, sin pensar lo que hacía en términos conceptuales”, señala.
Sobrero vincula la improvisación con el abandono del ego. Y proyecta ese abandono sobre la escena artística contemporánea. Para él, quizás el rasgo más distintivo que comparten los artistas más jóvenes es el vincularse intensamente y de manera horizontal no sólo entre ellos sino también con otros sujetos, como nuevas galerías y espacios de exhibición. “Dejamos de lado las jerarquías para entrar en procesos de aprendizaje continuos, donde todo está en ebullición, transformándose todo el tiempo”. La improvisación como una expresión casi transpersonal, podría decirse.
Para Sobrero, en el origen de la necesidad de improvisar está la alienación. “A través de la improvisación se rompe la alienación, irrumpe lo distinto; uno se abre el contacto y al vínculo con los demás. Las instituciones funcionan un poco como el lugar de la alienación”.
Ahora, ya fuera del marco del estilo, de las instituciones: ¿admite la improvisación que en su nombre se haga “cualquier cosa? O todo caso, ¿cómo saber si una improvisación es buena o es mala, si no hay un modelo contra el cual compararla?
Para Dupont, el juego con el límite es imprescindible para que la improvisación cobre sentido. “¿Para qué improvisar si no vamos a correr el riesgo de que todo se vaya al carajo? La improvisación está para perderse”, dice. Para Capece, el límite está en la seguridad y la falta de decisión: el que no decide no improvisa. “Pero nadie puede auto otorgarse la capacidad de juzgar quién es mejor improvisador. Alguien con dos sonidos inventados en un segundo puede ser más efectivo que alguien que haya trabajado toda su vida. La experiencia ayuda cuando se la reexamina. Si se estanca en lo seguro, muere seguro. Alguien con dos ideas frescas te pasa por arriba, y está perfecto que sea así”, dice.
Si va contra el estilo, contra el mercado, contra el ego y la alienación institucional: ¿qué vínculo existe entre improvisación y orden social? Dice Capece: “la improvisación trabaja para el desorden como forma de cuestionamiento permanente, y una vez que el desorden se establece en una nueva forma de orden, la improvisación deberá cuestionarla para volver a generar desorden. Es la vida produciendo más vida”. Por su parte, si tuviese que definir a la improvisación como una metáfora del mundo, Dupont asegura que sería la metáfora de un mundo que nos enfrenta constantemente a lo desconocido. “¿Si no estamos dispuestos a pasar por lo desconocido, para qué escribir, para qué vivir?”, se pregunta.