Nota sobre Alberto Girri (publicada en Clarín el 2 de marzo de 2011)

Heredera de los grandes poetas modernos (Paul Valéry, T.S.Eliot, Wallace Stevens) , que hicieron de la crítica del lenguaje y de la crítica de la poesía misma un aspecto esencial de su producción, la de Alberto Girri (1919-1991) es una de las poesías más gravitantes que ha generado la literatura argentina.
Vinculado con el grupo de la revista Sur, Girri desarrolló una poética muy personal, que él mismo definió como de tono intelectual, que a veces le valió la acusación de ser cerebral (“como si se me dijera: limítese a escribir y no piense”, se defendía). Y reflexionó en varias oportunidades sobre su particular experiencia poética: en Diario de un libro (1972), en el Motivo es el poema (1976), en Lo propio, lo de todos (1980). Leídos con veneración por varias generaciones de poetas, permanecían agotados desde hace varios años. Ahora Diario de un libro acaba de ser reeditado por Ediciones del Dock.
Se trata de un libro escrito entre enero y agosto de 1971, mientras Girri trabajaba sobre En la letra, ambigua selva, un poemario que la crítica ha considerado central en su producción, que incluye más de 30 títulos.
En Diario… Girri quiso registrar todo lo que tuviese que ver con el proceso de escritura del libro. Sin embargo, más que comentarios puntuales sobre lo que estaba escribiendo, el texto recoge observaciones sobre lecturas del momento, sobre la práctica de la escritura poética, conversaciones con terceros, reflexiones cotidianas, dudas, balances.
Ahí pueden leerse enunciados varios de los rasgos de la poética de Girri: la poesía como una experiencia moral, la opción por una poesía prosaica, concisa y rápida, desprovista de divagaciones, por un vocabulario extremadamente lineal, la idea de imaginación como una ciencia, la apuesta por la expectativa y no por la sorpresa, la ironía como una trivialidad. “Lo duradero es estático”, repite varias veces.
Diario… corresponde también al momento en que Girri (reconocidísimo traductor) trabajaba sus versiones de la Antología de Spoon River, un clásico de la poesía norteamericana, de Edgar Lee Masters. Girri se pregunta por el auge, “en los últimos cincuenta años”, de las traducciones de poesía, y se contesta, citando a George Steiner, que se ha producido una “internacionalización del temperamento poético”.
Girri va al cine: “la eficacia dramática de Visconti se apoya en que en ningún pasaje accede a la convención de subrayar con abstracciones el curso de su historia. Nadie se plantea el problema de su verdad, como en los morosos, y a la larga insignificantes dramas de Antonioni”. Va a ver Tristana, de Buñuel: “olas de literatura., éxtasis frente a escenas inspiradas por una anacrónica y cansada imaginación. Todo racional, previsible. Al revés de lo que importa, siempre, estéticamente: mostrar la irracionalidad y el absurdo de nuestras experiencias proyectándose sobre la vida exterior”.A cien años de la Comuna, imagina a Rimbaud regresando hoy su casa. “Abandono del colegio, pelo largo, homosexualidad, drogas”, escribe.
También cuenta que lee poemas de los últimos años publicados por Borges, “degradados al sentimentalismo, a la categoría de expedientes retóricos”. Tampoco le satisface la lectura de El congreso, elogiado relato de JLB. “Ausentes: impulso, lenguaje, ingenio, la borgeana, suprema ironía de elaborar un concepto mezclando lo chistoso con lo moral. Ni la mínima grandeza del espectáculo de algo eminente al entrar en su período final, de la gran fatiga”.
Una y otra vez vuelve sobre Melville, sobre el misterio de los blanco. Eliot, John Donne, Benn, son otros escritores sobre los que también regresa. Y Baudelaire: “Incomparable don de percibir lo sensible. La modernidad de la mirada, el poder reflexivo. Ninguna divagación, sólo exhortaciones, pensamientos concretos, autónomos. Ni candor poético ni llanto”. Escucha a Beethoven, a Schubert (“la técnica de un pianista no descansa meramente en la destreza, sino también en el peso de los dedos”). Y frecuenta continuamente un pensamiento de corte orientalista: Ouspensky, Gurdieff, Suzuki, Rabi Nahman: “Hay cosas que digo y que se depositan en el hombre sin despertar nada en él, Pero esas palabras ruedan de ese hombre a su vecino, y de ese vecino a algún otro hombre, y al final de su carrera, encuentran un corazón donde alojarse”.
Al final, concluido el libro, en la última entrada, la pregunta imposible, que Girri deja abierta, es cuánto de lo que ha escrito pertenece a su propia cosecha y cuánto “de haber recogido espigas que otros dejaron abandonadas en el campo”.