Entrevista con W Cucurto (publicada en Clarín el 10 de enero de 2011)

Las dos últimas novelas de Washington Cucurto, El curandero del amor (2006) y La revolución vivida por los negros (2008), recibieron apenas un comentario crítico cada una, en los diarios más grandes. Lo cuenta el mismo Cucurto (nacido Santiago Vega en Quilmes, en 1973), más sorprendido que otra cosa. Ahora acaba de publicar Hasta quitarle Panamá a los yankis, un libro que incluye el texto largo que da nombre al volumen, seis cuentos y unas breves viñetas gráficas.
Hasta quitarle… es una sucesión de secuencias independientes, vinculadas por la aparición repetida de algunos personajes. El narrador del relato principal es repositor de día en el Carrefour de la calle Salguero y de noche deambula por las bailantas de Constitución. Camina la ciudad, se vincula, se divierte, habla todo el tiempo, como si fuese una mezcla de locutor de radio tropical y presentador del espectáculo de su propia vida. Piensa en la felicidad del deseo y en la tristeza que hay en la cumbia. La acción es acelerada y pareja: no hay argumento ni escenas principales, y la narración se interrumpe de golpe.
Cucurto es además poeta y miembro de la cooperativa editorial Eloísa Cartonera, dedicada a la difusión de la literatura latinoamericana.

-En Hasta quitarle… señalás una división social y estética muy marcada, entre “una raza inferior, explotada”, que es el mundo de la cumbia, y el mundo de los “oligarcas, los gorilas del esteticismo europeo”. ¿Encontrás algo de este mismo enfrentamiento en la literatura argentina que leés?
-Lo que señalo es una situación social, que seguramente existió siempre, pero que a partir de la crisis, con el surgimiento de los movimientos populares, se acentuó y quedó más al descubierto. Al ser un hecho social, debería suceder también en la literatura. Lo que yo noto, por los libros que edito en Eloísa Cartonera, es que hay un montón de escritores a los que nadie les da bola. Pero tampoco puedo juzgar lo que hacen como una literatura social, porque un poco escriben como escriben los que sí son conocidos.

-¿Dirías que lo que escribís es crítico con una literatura que no permite que se expresen en la escena literaria esas voces “explotadas”, que sí se expresan en otros ámbitos sociales?
-No. En ese sentido lo que escribo no es crítico. Ni siquiera el mundo que refleja mi literatura es tal: en gran medida está inventado. No soy un cronista. Me inspiro en lo real, pero después ficcionalizo. Lo que escribo pasa por lo que miro, pero también por cómo quiero contarlo. Simplemente trato de inventar unos personajes y jugar con eso, como lo hacen Copi, o Reinaldo Arenas. No me interesa ser crítico.

-¿Y cómo tomar esos relatos (El barrio de las siervas, Flores robadas, Combinado de dramaturgos) bastante severos con algunos escritores reales, apenas disimulados tras sus nombres de ficción?
-Como una forma de presentar algo. Son relatos de ficción que están inspirados en personas reales. En todo caso es una mirada. El personaje que habla, el narrador, también está ahí, también es burlado, está resentido. Todos forman parte de lo mismo. Son casi personajes de historieta. No es que el narrador habla de afuera y solo critica.

-¿El narrador que construís representa a algún grupo social o cultural particular?
- No. La mía es una literatura ciudadana, de los barrios, escrita con el lenguaje porteño. Mi literatura sólo es representativa del lenguaje. Es un mundo de palabras. Eso es lo que se puede rescatar. El narrador es un enamorado de la ciudad.

-¿No reconocés, en lo que escribís, una impronta de provocación con respecto a lo “progre”, a lo “bienpensante”?
-Lo provocativo muchas veces es molestar a los demás, joderlos o polemizar. En ese sentido, no creo ser provocativo. No ataco a nadie, simplemente propongo otra forma de ver el mundo, sin dramatizar. Mi forma tiene que ver con la acción desmesurada, con la fantasía, con el humor. No intenta ser transgresora, ni ofensiva. Muestra un mundo alocado, porque la vida es alocada. Es una literatura que intenta hacer reir, no provocar.

-¿Por qué entonces creés que hay esa resistencia a tu literatura?
-El círculo cultural esta acostumbrado a ver buenos libros, libros terminados, bien formados. Tiene una sola idea sobre las cosas, con muchos valores respecto de lo que debe ser la literatura. A mí se me mide con la misma vara con que se mide a Alan Pauls, a Martin Kohan o a César Aira. Y no se puede medir todo de la misma manera. Es una cuestión de comprensión. Mis libros son incompletos, no están ni bien ni mal, polarizan algunas cuestiones, el narrador está siempre muy mezclado con el texto. A lo mejor eso molesta, genera rechazo. Pero es un mundo distinto al de ellos. Yo siempre escribo tratando de que los demás entiendan que puede haber otra cosa.