Entrevista con Sergio Bizzio (publicada en Clarín el 7 de febrero de 2011)

Sergio Bizzio (1956) es uno de los escritores argentinos más prolíficos y versátiles de la actualidad. Narrador, poeta, dramaturgo, desde la publicación de sus primeros libros (Gran salón con piano, poemas, 1982; El divino convertible, novela, 1990) viene desarrollando un trabajo de escritura en el que se combinan de manera muy lograda una fuerte desconfianza hacia el naturalismo narrativo y una apuesta por la acción argumental casi realista, decidida y atrapante. Como si lograra sintetizar una actitud de escritura experimental con el relato de una historia franca, de alcance masivo, sin que ninguna de las opciones anule a la otra.
Quizás Rabia (2004) y Era en el cielo (2007) sean sus libros más reconocidos. Ahora acaba de publicar El escritor comido (Mansalva editorial), la historia de lo que le sucede a Mauro Saupol, un escritor de éxito que se quiere hacer pasar por muerto para saber qué es lo que los demás dicen de él. Se trata de una novela muy veloz, inquietante, que desvía continuamente la línea principal del relato, dejándose llevar más por los ritmos internos de la narración que por la situación de Saupol, que de todas formas siempre sigue funcionando como centro de gravedad del libro.

-La novela parece abrirse con un planteo temático: lo que se dice sobre un escritor una vez que este ha muerto. Sin embargo después el relato, aunque sin terminar de desecharla, está continuamente desmarcándose de la cuestión. ¿Te interesaba alcanzar una respuesta?
-La verdad que no. No creo que una novela se escriba para hacer una pregunta y encontrar una respuesta. Esa en todo caso es una tarea que se merece el lector.
-Pero Saupol finge su muerte para ver qué se dice de él. ¿No hay ahí una voluntad muy marcada de dar con algo?
-Saupol no busca una respuesta sobre el valor de su obra, porque sabe o sospecha que no tiene ninguno, a pesar de que se vende bien, sino sobre la importancia de su nombre. Las consecuencias de su decisión son devastadoras. Descubre que su nombre da la vuelta al mundo a toda velocidad y que, también a toda velocidad, desaparece sin dejar rastro. Pero además se encuentra con que volver a la vida sin pagar las consecuencias públicas y privadas de su estafa no es tan fácil como había pensado. Si lo suyo fue una pregunta, sin duda esperaba otra respuesta.
-¿Por qué te interesó indagar en la relación entre un escritor y lo que se dice de él?
-En realidad no me interesó. Escribí un párrafo y seguí adelante. Fue interesándome después, o mejor dicho: se me fue haciendo cada vez más entretenido. Pero lo que se dice sobre él es una preocupación exclusivamente suya. Mi única preocupación (y preocupación no es la palabra) era seguir el curso de las acciones de un hombre feliz, de un escritor satisfecho, a partir del momento en el que se encuentra cara a cara con la nada en la que ha edificado su vida. En un abrir y cerrar de ojos Saupol pasa de la fama al olvido, de ocupar mucho espacio en los medios de comunicación a prisionero de una tribu de caníbales, e incluso de varón a mujer. Esos cambios y transfiguraciones se corresponden con cambios de género, de la comedia al drama, del drama a la tragedia, en sintonía con las revelaciones que Saupol va teniendo sobre cosas como el éxito, el dinero y la literatura, que en su caso van siempre juntas. Es una novela camaleónica.
-Comido, invisible, honesto, muerto… El libro critica varias ideas de escritor. ¿Qué idea de escritor dirías que propone?
-Como buen autor de best sellers, y en su caso de best sellers cargados de mensaje, la aspiración de Saupol al ponerse a trabajar es siempre la misma: fabricar mercancía comunicacional. Para eso saquea a otros autores. Así que me gustó la idea de seguir al personaje a través de re-versiones de algunas “obras cumbres de la literatura universal”. Raymond Rousell cuenta en Impresiones de Africa la historia de una mujer enamorada de un oso. En El escritor comido, Saupol convive en la selva con una mujer enamorada de un tigre. Uno de los capítulos de la novela es claramente una versión de En el corazón de las tinieblas, de Conrad, y el capítulo final es Muerte en Venecia, de Tomas Mann. Ahí Saupol ya ha desaparecido casi por completo. Está en un segundo plano, como un Aschenbach fuera de foco, viviendo en un hotel de lujo y observando muy interesado a dos chicos rusos de quince años, hijos de aristócratas del Este, que persiguen a una chica inglesa, punk, con la que pretenden acostarse. Los tres son muy ácidos y salvajes, pero están fascinados con la lectura de un libro que alguien escribió sobre las desventuras de un ex escritor llamado Saupol. No saben que es el mismo hombre que está en el hotel con ellos.
-¿Cómo te llevás vos con lo que los demás dicen de lo que escribís?
-Bien si lo que dicen es bueno y mal si lo que dicen es malo.