Entrevista con Michel Lafon (publicada en Clarín el 11 de febrero de 2011)

Pierre Menard es uno de los personajes más conocidos y fascinantes de la literatura mundial. Es el escritor a quien Jorge Luis Borges, en su relato Pierre Menard, autor del Quijote, atribuye el haber escrito, trescientos años después de la versión original, dos capítulos de la novela de Cervantes. Según Borges, Menard no quiso copiar ni imitar al Quijote del 1600, sino escribirlo tal cual el primero, pero en 1900: un libro que siendo exactamente el mismo, fuese otro.
Pero antes que como personaje literario, Pierre Menard existió en carne y hueso. Nació en Nimes en 1862 y murió en Montpellier en 1937, dos años antes de que Borges escribiera su cuento. Fue amigo de Unamuno y de Machado, y de Gide y de Valéry, con quienes solía pasear por el Jardín Botánico de Montpellier.
Ahora Michel Lafon, investigador francés especializado en literatura argentina, docente y autor de una Historia de dúos de escritores, entre otras obras, acaba de publicar en castellano Una vida de Pierre Menard, una novela que indaga en la figura del enigmático sujeto.
La novela rescata a Menard de esa “inexistencia real” a la que, con sus inventos, tergiversaciones e ironías, lo había condenado el cuento de Borges, para reposicionarlo como una figura de gravitación definitoria sobre sus contemporáneos más reconocidos. Sin embargo esa reubicación, atribuida a un recopilador ficticio de su obra “visible”, más que devolver la imagen de un Menard real, multiplica en un juego vertiginoso las redes de escrituras mutuas: Menard, autor de Borges, autor de Menard, autor del Quijote.
Galardonado en Francia con el premio Valery Larbaud, Una vida… es un libro que dibuja un posible diagrama de situación de la literatura contemporánea, pero también un libro muy intenso que habla sobre las formas de la amistad y sobre la muerte.



-En la novela se dice que todos los escritores son hijos de Menard. ¿Qué significa eso en términos literarios?
-Esto lo escribe su último discípulo, Maurice Legrand, en un arranque de emoción que no se limita a Menard sino que se extiende hasta Virgilio y Heráclito. Podría tener algún significado metafórico, que se deja adivinar, pero creo que hay que leerlo ante todo como la revelación del mayor secreto literario del siglo veinte : Menard fue el padre espiritual de Gide, Valéry, Borges y algunos más - que todos desempeñaron su papel en la modernidad, una modernidad que ella misma, pues, es hija del invisible y reticente Menard.

-El libro está hecho con fragmentos y notas preparatorias a la escritura de una novela. ¿Diría que el "deseo de novelesco" reemplazó al deseo de novela? En cualquier caso: ¿qué es lo novelesco como valor positivo para Menard, o para Borges, o para usted?
-La fragmentación me pareció la mejor manera de escribir la novela, surgió de un modo natural, el libro se escribió así durante años, en una libertad total, sin proyecto director, o con varios proyectos contradictorios. Lo novelesco es una de mis obsesiones, es una noción todavía poco teorizada y que sin embargo me parece fundamental, tanto para el lector como para el escritor. Es lo que guía a la vez mis pulsiones de escritura y mis anhelos de lector. Jugué a hacer compartir esta obsesión por Menard, cuya relación con la novela es una total y permanente contradicción: epxresa su odio a la novela, la ve como "síntoma de otras épocas" y sin embargo escribe en secreto por lo menos una, cuya primera frase tiene mucho que ver con la literatura argentina. Hay una oposición aparente, tal vez, entre escritura por fragmentos (que puede sonar a infranovelesca) y deseo de novelesco (que sería como una culminación de la novela, en su sentido, digamos, más popular). Pero justamente ésta fue la apuesta: que los fragmentos construyeran un continuo secreta y eminentemente novelesco.
-La novela empieza recordando la idea de que Menard es un invento de Borges, para terminar con la hipótesis de que Borges es una obra de Menard. ¿Es una suerte de homenaje y a la vez relativización de la figura de Borges?
-En realidad, la idea de la invención de Borges por Menard surgió de un modo espontáneo en la novela, tal vez cuando calculé la edad de Menard y me di cuenta de que era el más viejo de todos, lo que implicaba que sólo podía ocupar el lugar del padre, no solamente de Borges, sino de todos los demás. Ahora bien, el propio Menard relativiza su invento, afirmando (con una mezcla de modestia y lucidez, en una palabra, con una constante amistad) que Borges no necesitaba a nadie para llegar a ser Borges, ni siquiera a él.
-El Jardín de Plantas es el otro gran protagonista del libro. ¿Esa fascinación por el jardín, surge de fuentes literarias o tiene que ver con su vida más personal?
-Es el jardín de mi adolescencia : yo vivía en Montpellier, a pocas cuadras del jardín, al que acudía con frecuencia porque lo veía como una culminacion de misterio, soledad y belleza. Es un sitio fuera del tiempo y del espacio, en pleno centro de la ciudad, un jardín creado por el rey Enrique IV en 1593 donde nada ha cambiado desde los orígenes. Pero el jardín es también inseparable de Monsieur Teste, de Paul Valéry, que leí en la misma época con una fascinación absoluta y que tiene una página extraordinaria sobre una paseo por el jardín que van a dar Edmond y Emilie Teste. De modo que desde el principio, escribir sobre el jardín fue a la vez remitir a momentos muy personales de mi adolescencia y competir con mi libro de cabecera, resucitar esa edad dorada en la que Valéry, Gide y Pierre Louÿs se reunían con frecuencia delante de la tumba de Narcissa, que es el corazón secreto del jardín, de la ciudad, del mundo (de la literatura). Yo soñaba con escribir un libro inseparable del jardín, una continuación policial o fantástica de Monsieur Teste (otra vez lo novelesco); durante mucho tiempo el título de la novela fue Le Jardin des Plantes de Montpellier, hasta que Menard apareció y se transformó en su personaje principal.