Entrevista con Diamela Eltit (publicada en Clarín el 13 de diciembre de 2010)

América latina como un enorme hospital lleno de gente que sobrevive anestesiada, donde todos los cuerpos son continuamente saqueados por médicos altos y rubios, que les extraen la sangre que luego negocian en mercados mafiosos. Son los festejos del Bicentenario, y a cámara, sólo se puede decir: “gracias”, y sonreír.
Narrado por una niña de 200 años que lleva en el vientre a su madre, que tiene la misma edad, tal es el mundo que describe Impuesto a la carne, la novela de la escritora chilena Diamela Eltit que estos días se edita en Buenos Aires, y que algunos han calificado de macabra y otros de atemorizante, y que reaviva el debate por la forma en que la literatura interviene ideológicamente en la sociedad. Su mensaje parece bastante directo, y seguramente así sea
Casi desconocida en nuestro país, Eltit es una de las escritoras más valoradas de América latina. Nacida en 1949, después de haber fundado el Colectivo de Acciones de Arte, empezó a publicar en los años 80. La crítica ha señalado que sus principales temas de exploración son los significados del poder, el lugar de lo femenino en la sociedad contemporánea, el papel de las instituciones, y la historia como articulación de deseos y frustraciones.
Más vinculada con mecanismos de escritura cercanos a los de la poesía chilena de los últimos años, que a su narrativa, la escritura de Eltit subraya y profundiza líneas de sentido fuertemente ideológicas. Pero en el corazón de su literatura está también la idea de que lo demasiado directo traduce en realidad una domesticación de la palabra, “un tiempo fundado en la mera supervivencia”. Entonces Impuesto a la carne se convierte por momentos en un relato mitológico, y por momentos se asemeja a una obra de ciencia ficción oscura, una distopía, que no habla ya del pasado y de los orígenes, ni del presente, sino del futuro. Internet, la industria farmacológica, las bandas de fans futboleros, la contaminación química, forman para de los escenarios del libro. Lumpérica, El cuarto mundo, Jamás el fuego nunca, Los vigilantes, son algunos de los textos anteriores de Eltit.
-¿Por qué eligió contar la historia de Chile en clave hospitalaria?
-No estoy segura de querer contar la historia de Chile, porque la verdad es que no me siento capaz. Pero me detuve en las huellas de ciertos transcursos frágiles e inciertos. En ese sentido me pareció indispensable pensar el hospital como la patria del cuerpo, un espacio social que aloja los ambivalentes umbrales de la vida y de la muerte.
-Sin embargo, esos transcursos inciertos concentran la fuerte intensidad simbólica: la novela se deja leer como una visión muy marcada de toda la historia chilena, ¿o no?
-Sí en el sentido de una historia contada “desde abajo”, con el “otro” discurso, el que no está en las escrituras oficiales, pero el punto es que me pregunto si no podría ser también la historia de Argentina, o de Perú. Es decir, la historia del Continente.
-Utilizar la polaridad como recurso narrativo para hablar del mundo, ¿no es una decisión un tanto “anacrónica”?
-En rigor, seguimos habitando mundos absolutamente polares que distinguen, sin dudas, a ricos y a pobres, a bellos y a feos, a jóvenes y viejos, y cada una de estas categorías tiene un valor frente al desvalor de la opuesta. La “cuestión social”, en medio de la realidad tecnologizada que nos circunda, sigue operando con los mismos parámetros fundados no sólo en la explotación sino también en exclusiones múltiples.
-La narradora se define como “anarcobarroca”. ¿Es pensable hoy una estética anarquista?
- Es una posibilidad cuando los tramados sociales tradicionales ya están demasiado permeados por la vocación del poder sin más horizonte que el poder mismo. Por qué no pensar en mutuales de escritores y en ligas de escrituras menos formateadas por las pautas del mercado o del Estado, que siempre portan intereses normalizadotes de la letra.
-En la línea argumental del libro, ¿qué pensar del reciente rescate de los mineros?
- Los mineros pueden ser analizados como un signo de los tiempos más neoliberales, porque le pusieron precio a cada una de sus cabezas, cautivas por las malas condiciones laborales de la minería chilena. Desde luego, el rescate fue un hecho conmovedor y positivo, pero también agotador por su manipulación política y mediática. Los mineros atrapados se transformaron en un valor tanto para el gobierno como para los reality shows, que los convirtieron en las figuras del millón de dólares.