Columna sobre René Char (publicada en Bazar Americano, en diciembre de 2010)

Tengo como un recuerdo muy vago, la percepción de haber leído no hace mucho una texto sobre algo así como la decadencia del arte de escribir contratapas. Pero no recuerdo dónde, ni quién lo había escrito. No importa. Alguien lo escribió, pero es un tema sobre el cual seguramente muchos venimos pensando y conversando. Hay veces en que uno ni siquiera levanta los libros de las mesas en que los exhiben en las librerías para no tener que soportar las obscenidades que se escriben en la contratapa. Creo que los publicistas menos escrupulosos serían incapaces de escribir cosas como las que suelen leerse en las contratapas. Autores y textos son formateados a tal punto que el lector, o la experiencia de lectura, parece ser innecesaria. La capacidad de interpretación del lector está absolutamente subestimada en esta nueva técnica de escribir contratapas. Si no se coincide con lo que tan indudablemente asegura la contratapa, es de suponer que uno no entendió nada.
Sirva este breve preámbulo para homenajear a dos contratapas que en vez de cerrar abrieron perspectivas de lectura. La primera, de 1981, es la ultra famosísima contratapa que Aira escribió a Ema, la cautiva. La contratapa de Aira no sólo dibujó una nueva figura de escritor, un nuevo tono de escritura, una nueva práctica argumental, una nueva filosofía literaria, por decir todas estas cosas de alguna manera. No sé cómo habrá sido para los demás, pero en mi experiencia como lector, claramente hubo un antes y un después de mi encuentro con esa contratapa. Decía que “no sólo” hizo todas esas cosas, o las señaló, como posibilidades, sino que instaló como una muletilla esa cosa de que “una contratapa es una tapa en contra”. Cuántas veces me habré repetido esa frase, cuando sentía que las contratapas de las novedades, con su prepotencia y oportunismo, me excluían del universo de posibles lectores. Pleitesía o nada, ¿no?
Bueno, después de haber dicho todo esto, tengo que confesar que paso por un momento de gran confusión. Leí una contratapa que me llenó de entusiasmo, una contratapa a favor, que me condujo directamente al centro de un libro y no a su periferia burocrático marketinera. Así que vaya mi felicitación a quien anotó estas líneas en la contratapa de Dóberman, de Gustavo Ferreyra: “Cuando niño, Joaquín Riste era un soñador paranoico y resentido que escapaba por medio de la fantasía de su infancia oprimente en un monoblock del barrio de Flores. En su mundo imaginario, él era un dóberman y un showman que fascinaba al público y deslumbraba a las mujeres”.
“Ya adulto, se convierte en chofer y mano derecha de un alto funcionario de la Cancillería. Corre el año 1994. En tiempos en que lo único que importa es el éxito a cualquier costo, Riste se despoja de su personalidad con tal de encajar en la sociedad. Internado en un psiquiátrico por una crisis nerviosa, recibe la visita de su jefe y el encargo de una delicada e inescrutable misión diplomática en Polonia. Una vez allí, su obsesión por los perros lo lleva a perseguir a cuanto encuentra vagabundeando por la ciudad. Pero, enamorado de una actriz polaca, Riste se obsesiona también con los comunistas, a los que ve por todos lados en flagrante confabulación…”
La segunda contratapa que quiero homenajear es la que en 1984 escribió Luis Chitarroni a El pudor del pornógrafo, la primera novela de Alan Pauls. En la tercera línea Chitarroni pasa a la cursiva para señalar la justeza posicional que fascina a los personajes (al narrador, en verdad, porque es una novela epistolar). Como la frase de tapa en contra, la de la justeza posicional me acompañó durante mucho tiempo, sin terminar de revelárseme todo lo que significaba para mí. También creo que es una expresión que, como muchas de las que hay detrás de Ema, abre nuevas perspectivas de lectura y de escritura a lo que empezaba a producirse en esos años. Tanto en la contratapa de Aira como en la de Chitarroni hay algo de manifiesto, como género, y las dos están firmadas.
Caí un poco en la cuenta de lo que significa la justeza posicional de Chitarroni al leer hace unos días el libro de Sergio Chejfec sobre Giannuzzi. En realidad, no es no que no sea un libro sobre Giannuzzi, sino que es una crónica, en sentido amplio, de una charla que Chejfec va a dar a una universidad extranjera, una charla sobre Giannuzzi. Dentro de la crónica, por supuesto, está la crónica de la charla, donde se repite lo que se dijo sobre Giannuzzi. Chejfec describe un marco. En la descripción de ese marco que contiene y cruza la exposición está la justeza posicional de que hablaba Chitarroni. En una meticulosidad cuasi anecdótica, pero no: siempre se detiene antes, es un recorte, no un movimiento, una escena, no una película, una descripción, y no una narración. En la definición del punto exacto, en esa justeza posicional en que se encuentra esa tensión escena/movimiento, descripción/narración, está la apuesta escrituraria de Chitarroni Ni en la crónica, que de cualquier forma, nunca termina de empezar, ni en el ensayo, que es en verdad, también, una revisión de un artículo sobre el poeta que Chejfec había escrito tiempo antes.
Lo más interesante de la charla, sin embargo, no es lo que dice sobre Giannuzzi, sino sobre Zelarayán. “Le dije que, según mi opinión, el mérito mayor de la obra de Zelarayán fue haber encontrado un modelo bastante perfecto de habla directa; supo que para ser literario, el idioma “popular” (recuerdo que mencioné e incluso teatralicé las comillas, como se usa ahora) debe ser amoral. (Y sin embargo, aún con comillas, ya no sabemos el verdadero significado de “popular”; pero cuando Zelarayán escribió sus principales libros la palabra tenía un significado más o menos claro y sobre todo urgente). Desde el momento en que es amoral, el idioma literario de Zelarayán deja de ser completamente un lenguaje “directo” (repetí las comillas), esto es obligado, lo cual evita que las obras sucumban al mandato realista que se desprende de cualquier habla directa. Todo lo que tiene de deslumbrante la literatura argentina menos convencional, para describirla de manera confusa, en realidad puede ser visto como resultado accesorio de la lengua amoral de Zelarayán”, escribe Chejfec.
Chitarroni cierra su contratapa preguntándose “¿Cómo no reconocer el placer en un texto que contempla minuciosamente nuestra condición y sabe hacer del escribir su intriga y su acontecimiento?”