Columna sobre David Viñas (publicada en Ñ el 18 de marzo de 2011)

La figura de David Viñas está por encima de cualquier tipo de género. En los últimos días se ha brindado un reconocimiento unánime al Viñas parricida de Contorno, al ensayista que lee a contrapelo la literatura argentina, al docente que marca a sus alumnos, al polemista de los medios. Sin embargo, no en la misma medida parece haber sido reconocida la importancia de Viñas como novelista.
No porque lo necesite: Los dueños de la tierra (1958), Dar la cara (1962), Hombres de a caballo (1967), entre otras, están seguramente entre las novelas argentinas más leídas de las últimas décadas. Y Hombres de a caballo recibió en su momento el premio Casa de las América de un jurado compuesto por José Lezama Lima, Julio Cortázar y Leopoldo Marechal.
Sin embargo, alrededor de esos y otros textos parece haberse producido una suerte de aplastamiento de lectura: se ha leído a Viñas como un narrador de línea realista. Sus libros cargan con el peso de ser considerados ilustraciones narrativas de la concepción de la historia argentina que tenía el autor. Tal vez por eso se ha dicho también que sus personajes son planos: porque representan roles ya definidos.
Ricardo Piglia ha escrito que la ficción de Viñas constituye una suerte de obra única que indaga en los momentos clave de la historia nacional, “cuando se manifiesta la violencia oligárquica, acompañada y disfrazada por la imaginación liberal”. Piglia se refirió a la obra de Viñas como a una saga balzaciana.
Sin embargo, esa opción por la escena histórica, por cierta cosa extendida de la escritura, sufre en Cuerpo a cuerpo (1979), escrita en el exilio, una vuelta de tuerca que saca al proyecto de Viñas de la órbita del realismo para ponerlo en un lugar absolutamente particular y arriesgado. Un lugar que también permite releer los primeros textos corriéndolos de ese eje de concepción un poco esquemática.
Desde su primera novela, Cayó sobre su rostro (1955), hay en Viñas un intento por hacer descansar el relato en diálogos sin narrador, una opción decidida por los raccontos de tipo faulkneriano, el uso de términos u oraciones en bastardilla, que funcionan como cuerpos extraños, viruses dentro de un texto, y cierta cosa de crear (mediante la titulación) series de capítulos autónomos, aspectos todos que delatan una poderosa energía centrífuga del lenguaje.
El núcleo de Cuerpo a cuerpo lo constituye el diálogo entre un militar argentino y un periodista. Pero, sorpresa, el enfrentamiento no tiene el grado de violencia que se esperaba. Envueltos por momentos en un mismo magma lingüístico, uno y otro se confunden. El índice es llamativo: dos páginas, dos partes, cinco “ademanes”, setenta capítulos: cada unidad narrativa parece estar autonomizándose. Pero no es la escena, no son los personajes, no es la historia: son las tensiones lingüísticas las que ordenan el archipiélago textual.
Esta dinámica de especialización es coincidente con otra dinámica dominante de la ficción de Viñas, que es la obsesión por la frase, por la palabra. La escritura de Viñas es una escritura que se construye sobre la oralidad y el coloquialismo. Dar la cara, por ejemplo, podría leerse como un registro renovado y exhaustivo del habla urbana en sus distintos círculos sociales.
Puede pensarse en la novela que sigue a Cuerpo a cuerpo, Prontuario, de 1993, en la cual el protagonista es contratado para elaborar un “Diccionario del hombre salvaje porteño”. Las fichas con las notas a las entradas a este diccionario en preparación constituyen una parte esencial del libro. Fichas, apuntes, anotaciones que se mezclan: como si ahí se esbozara un dibujo de la literatura hacia la que tendía finalmente Viñas.
En Tartabul, el último de los argentinos del siglo XX, última novela de Viñas, del 2006, la apuesta se lleva a un extremo asombroso. El libro recoge diálogos, en los años 90, de un grupo de militantes de los años 60. Diálogos breves, epígrafes largos, que pierden su carácter de precedencia y se suceden como un fragmento más, bastardillas minando los textos, el carácter conceptual, críptico, de los subtítulos, notas al margen equivalente a los textos: todo son fragmentos estancos y contiguos, equivalentes.
Como un poema visual, las páginas de Tartabul son la escenificación de ese proceso de trituración y atomización del relato de la escena social. Es un proceso de suspensión. Lo que queda suspendido es una constelación de expresiones intraducibles (joyceanas, escribió alguien), en las que se funden y sintetizan todas las tensiones de la historia política y sexual de la argentina
En este sentido, en contra de lo que suele decirse, Viñas no sólo no fue un escritor realista, sino que trabajó a favor de la demolición de los supuestos realistas. No hay estructura, no hay escena, no hay ideología, parecería decirnos, capaz de someter el poder desintegrador de las palabras.
Por algún otro motivo, estos últimos libros de Viñas, que al mismo tiempo impugnan y revalorizan a los anteriores, no parecen haber sido leídos con la atención que merecían.