Reseña sobre Maintenant, de Arthur Cravan (publicada en Ñ el 30 de octubre de 2010)

Cincuenta y ocho páginas de una delgada revista casera, Maintenant. Eso es todo lo que escribió Arthur Cravan (Fabian Avenarius Lloyd de nacimiento; Arthur por Rimbaud). Una obra demasiado breve y desperdigada como para hacer frente a una vida también breve pero repleta de anécdotas mitológicas: que tal vez fuera sobrino de Oscar Wilde, que se desnudaba frente al público y gritaba como un desaforado, que entraba a las salas de conferencias a los tiros, que medía más de dos metros, que tenía media docena de pasaportes, eterno desertor, que desafió a boxear al ex campeón mundial de los pesados Jack Johnson y se dejó noquear para cobrar la bolsa sin riesgos, que aconsejó públicamente a la novia de Apollinaire que se consiguiera un consolador, y Apollinaire lo retó a duelo, que recorrió el mundo viviendo de lo que pudo, que vivió en la miseria total, que escribió que la vida era atroz, que se casó con Mina Loy, “la vanguardia de la vanguardia”, “la imagen misma de la mujer moderna”, que iba a venir a refugiarse a Buenos Aires cuando se perdió en un velero en el Caribe, o que en México se unió a una banda de delincuentes y después no se supo nada más de él.
No es extraño que la crítica haya recurrido a la figura de los “escritores sin obra” para explicarse el difícil equilibrio entre vida y producción textual en Cravan. La publicación de los cinco números de Maintenant, que el mismo Cravan dirigió y escribió íntegramente entre 1912 y 1915, cuando promediaba los 20 años, es ahora una excelente oportunidad para acercarse a esta figura compleja, refractaria y siempre en fuga, cruzado por los principales dilemas estéticos que atravesarían el siglo XX.
Como su contemporáneo Jacques Vaché, que a pesar de haber escrito apenas una decena de casi telegráficas Cartas de guerra, se ha convertido en una figura esencial de la literatura francesa, Cravan (nacido en Suiza) sentía un rechazo visceral por el arte. Como Vaché, Cravan no pareció darle mayor importancia a su producción escrita. Sin embargo, a diferencia de Vaché, Cravan quería hacerse un nombre y que los demás hablaran de él. Para eso recurría al escándalo. Y a diferencia de Vaché, que, via el surrealismo, fue asimilado y reconocido por el sistema literario, Cravan no fue recuperado sino muy parcialmente.
En la opción por abandonar o no acometer la creación de una obra, los críticos han leído un abanico de cuestiones. Entre ellas: un rechazo de lo legible culturalmente instituido, un enfrentamiento con las dinámicas dominadas por el marketing, la propaganda y la rentabilidad; la posibilidad de pensar las disciplinas estéticas como pura cosa mental; la renuncia a lo personal para fundirse en un proceso social general; la diferenciación entre concepción y construcción; y una oposición tajante a los aparatos de documentación y a los medios de comunicación.
El filósofo Clement Rosset definía así en una entrevista la paradoja de los artistas sin obra: “el hombre activo o fuerte” decía, “es capaz de hacer algún acto determinado; el hombre reactivo o débil, es incapaz de lleva a cabo ese acto, pero se considera a sí mismo portador de la capacidad de llevar a cabo un acto análogo, en el cual experimenta la no realización como una fuerza superior, porque no sólo posee el poder de crear, sino además el poder de renunciar a crear”.
El momento de Cravan es el de las vanguardias históricas, cuando termina de producirse esta suerte de pasaje imaginario que convierte a las vidas de artistas en vidas artísticas. Y si el libro que ahora publica la editorial Caja Negra, editado y traducido por Mariano Dupont, se vuelve indispensable, es porque a pesar de que reconstruye, desde sus mismas fuentes (Crónicas, Testimonios) el caudal anecdótico que rodea a Cravan, también permite leer a contracorriente ese biografismo abrumador y paralizante.
Es que, a pesar de sus propias expresiones de desafío (“Me cago en el arte”), Cravan tenía un pensamiento muy inteligente, con mucha capacidad de observación, sobre el arte. Es lo que se lee, por ejemplo, en la crónica autobiográfica de un encuentro con André Gide. El retrato que hace de Gide es demoledor y el que hace de sí mismo es perfectamente consciente de sus juegos de seducción. Cravan escribe como si boxeara, cuando boxear todavía era una danza. Con Gide es demasiado demoledor: lo que finamente parece haber ahí, en esa demasía, es lo que Cravan no quiere mostrar de sí mismo: que está obsesionado con el arte, y no que le resulta indiferente.
Tres retratos, escritos con seudónimo, le dedica a Oscar Wilde, de quien llega a insinuar que bien podía ser hijo. Demasiada exhibición genealógica para alguien que quería no tener familia ni parentesco literario, señala André Salmon en uno de los Testimonios. Los retratos de Wilde muestran a Cravan como un escritor elegante y atento a los detalles, pero incapaz de darle al retrato un desarrollo, una narración. Se detiene en la gestualidad de Wilde, a quien no conocía personalmente: dominante, elegante, indolente, con estilo, nunca insistente, conversador más que razonador, nervioso. Es inevitable pensar que en estas siluetas no hay mucho de un autorretrato imaginario. Como si Cravan se mirase en el espejo de sus deseos. Y todos sus deseos están puestos en palabras.
Casi podría decirse que en los textos de Cravan no hay otra cosa que pensamiento sobre el arte. Que son todos textos posicionales, que funcionan como manifiestos. Pero también están sus poemas. Son pocos, escritos con versos prosaicos, trabajados sobre el imaginario futurista, con cierta influencia de Apollinaire. Breton dijo que Cravan era un genio en estado puro. Tal vez debió haber dicho que era un genio en potencia.
Es en estos poemas, muy sentidos, muy personales, con algunos versos deslumbrantes, y en un texto sorprendente no publicado en vida e incluido en la edición, donde puede leerse el escritor que Cravan efectivamente fue, y el que pudo haber llegado a ser.
Cravan desapareció a los 31 años, en 1918. Ninguna de las búsquedas que emprendió su mujer para encontrarlo dio resultados. La policía mexicana reportó dos cuerpos sin vida cerca de la frontera del Río Grande del Norte; la descripción de uno de ellos, se dijo, podría corresponderse con la del escritor.
Obviamente, ninguna ausencia de obra podrá reemplazar lo que Cravan no escribió. Pero cinco páginas, por ejemplo, las cinco páginas de su poema Palabras, conmovedor no por su afirmación sino por su fracaso, no por lo que dice de sí, sino por lo que intuye que nunca podrá decir, probablemente valgan más que toda una vida hecha de escándalos.