Reseña sobre El noir suburbano, de Hugo Fontana (publicada en Perfil el 17 de octubre de 2010)

El escenario de este pequeño gran homenaje al policial negro es un lugar imaginario en el hemisferio norte: un hotel junto a un lago, donde viven el dueño del hotel con su mujer y su perro, donde pasan empleados por temporadas, donde por pocos días se hospedan unos visitantes de los cuales apenas se sabe algo, y donde una joven mucama “uruguaya” aparece asesinada de manera atroz.
Suele repetirse que la novela policial es el relato de dos historias: la historia de un crimen y la historia del esclarecimiento de ese crimen. El uruguayo Hugo Fontana sabe que no es así. Sabe que lo mejor del policial negro no es la historia de un crimen sino la historia de la educación moral que se dan a sí mismos los hombres que viven en una sociedad criminal. La sorprendente construcción psicológica que hace de la figura del narrador es de lectura obligatoria para cualquier amante del género. También una escena en la que el narrador y un amigo visitan una noche un prostíbulo y a la mañana siguiente se van a cazar jabalíes.
El noir suburbano es en parte espejo, traducción y reescritura de lo más oscuro del policial negro. Si James Ellroy y Andrew Vachss escriben sobre descuartizadores de mujeres y abusadores de niños, Fontana escribe en rioplatense sobre hombres que cogen y sobre hombres que no cogen, sobre hombres que desean y sobre impotentes. “Se escribe para matar al hombre que no quisimos ser, para crear un personaje detestable y enfrentarlo luego a una derrota de la que no se podrá recuperar por el resto de sus días”, dice uno de los personajes.
Tal vez la estructura narrativa de la novela, de poco menos de cien páginas, pueda parecer un tanto vacilante. Al promediar el libro, el relato abandona la linealidad, cambia de narrador, pierde potencia y se deshilacha en pequeños relatos parciales.
Pero también puede pensarse El noir suburbano no como un solo relato sino como una serie de asedios textuales, en “formato noir”, a esa masculinidad dura y moralista de esos hombres que no pueden amar a las mujeres y por eso las matan.
El de Fontana es un estilo blanco, de frases cortas, descriptivas y muy ajustadas, casi demasiado lógico, obsesivo. Es no sólo la escritura de los policiales de género sino también esa forma que de Felisberto Henández a Mario Levrero, pasando por Elvio Gandolfo, parece ir armando una tradición estilística (¿anti onettiana?) en la literatura uruguaya.