Reseña de Chechenia, año III, de Jonathan Littell (publicada en Perfil, el 5 de septiembre de 2010)

Después de dos guerras con los rusos (1994-1996 y 2000-2003), Chechenia vive un proceso de reconstrucción asombroso. La violencia casi ha desaparecido. Los emigrados regresan al país. Se ha levantado una nueva universidad islámica y se multiplican los espacios de esparcimiento público. Pero no hay elecciones, ni prensa libre, y basta con algún asesinato selectivo para que el miedo siga vivo. Es la “chechenización” impuesta por Putin: un gobierno pro ruso fuerte integrado por antiguos rebeldes independentistas. Ramzán Kadírov conduce el país desde 2007, pero el poder sigue estando en el Kremlin.
El libro de Jonathan Littell comienza a fines de abril del 2009, describiendo la ceremonia oficial del Día de los constructores en Grozni, la rehecha capital del país, cuya principal avenida es ahora la Prospekt Putin. Rusos y locales se mezclan en un acto que conserva toda la semiótica del poder soviético. Dos semanas, después, el libro concluye con un recorrido por los bosques de Benoi, cerca de la frontera con Daguestán, donde los islamitas combatientes continúan operando y la presencia militar y las marcas de la guerra se dejan ver por todas partes.
¿De qué puede enterarse personalmente en unos pocos días un escritor extranjero que no puedan contarle en cualquier ONG?, se pregunta Littell. “Como casi todo el mundo,” escribe, “al principio tenía previsto hacer un retrato de Kadírov, con su violencia, su incultura, su cinismo y su extravagancia, sus incontables coches de lujo, sus caballos de carrera y su decena de mujeres, su zoo privado y su parque acuático, su pasión por el billar y por el boxeo y sus salas de musculación, que usa también de cámara de tortura: describir esa especie de burbuja eufórica de éxito en la que él y su entorno viven y se mueven por un país que, más que verlo, se inventan”. Por suerte, como él mismo confiesa, terminó escribiendo no sobre una personalidad delirante, sino sobre la naturaleza de su poder.
Chechenia, año III no es ni una crónica ni periodismo de investigación. No exhibe la subjetividad del yo que narra, ni persigue unos documentos secretos que echarán luz inédita sobre algo. Dos líneas para describir una oficina, el color de alguna camisa, la marca de un reloj. Todo lo que se cuenta parece muy sabido, muy básico, muy visible. Pero no es un defecto, sino el segundo mayor mérito del libro: devolverle al periodismo su carácter esencial, complejo, pero más democrático y revulsivo. Su carácter divulgador. ¿Divulgador de qué? De un mapa de voces que se entrecruzan.
Toda la geografía de las fuentes de Littell está exhibida en el texto: los blogs de los periodistas e investigadores de los que extrae información, las transitadas páginas web a las que recurre para encontrar videos, lo que ve por televisión, lo que lee en las revistas, las conferencias a las que ha asistido hace años y lo que ha escuchado en ellas, sus conversaciones telefónicas, lo que se le ocurre al salir del teatro, los libros que leyó, sus charlas con conocidos y con desconocidos. Cada cosa está atribuida a su fuente. Y cuando Littell arriesga alguna opinión, lo hace siempre dándole el valor de una hipótesis.
Dos figuras femeninas “guían” a su manera la indagación de Littell: la de la cooperante Natalia Estemirova, cuyo asesinato por fuerzas gubernamentales obliga a Littell a rehacer el libro, dándole más consideración a acontecimientos que había minimizado, y la de Anna Politkovskaya, la periodista rusa aparentemente asesinada por hombres Putin y amiga de Estemirova. (Dos libros modélicos de Politkovskaya sobre el conflicto checheno: Una guerra sucia y La deshonra rusa, están editados por RBA).
El principal mérito de Littell es la inteligencia de sus recursos estilísticos, que es lo que nos permite asomar a toda la riqueza del tema que aborda. El poder cautivante de Chechenia, año III reside sin dudas en el devenir de su prosa, que va pasando de un tema a otro, de una voz a la otra, de una versión a la que la contradice, hilándolos sin cerrarlos, derivándolos, retomándolos con una lógica de estructura casi de fuga musical. María Teresa Gallego Urrutia hizo la traducción del libro, que fluye con una facilidad que parece natural, planteando los temas con economía, sin detenerse en ellos nunca más que lo imprescindible. Pequeñas anécdotas “narrativas” se deslizan en ese fluir como si fuesen la cristalización de una epifanía.
A pesar de la existencia de algunas indicaciones temáticas, bien pensarse y leerse todo el libro como un texto único, continuo. La longitud, 118 páginas, es perfecta para darle un ritmo interno que no decae en momento alguno. Y que termina de manera sorprendente. Imperdible.