Crónica sobre el Festival de Poesía de Rosario (publicada en Ñ, el 8 de octubre de 2010)

Cuando uno escucha leer a un poeta, ¿dónde busca la poesía? ¿En el texto escrito que se escucha pronunciar, o en la pronunciación de ese texto? ¿En la relación dinámica que hay entre el texto escrito y la manera en que se lo pronuncia, o en algo incorpóreo en lo cual texto escrito y manera en que se lo pronuncia se funden por completo?
Seguramente algunas de estas viejas preguntas se habrán hecho los asistentes al 18 Festival Internacional de Poesía, que acaba de realizarse en Rosario. No solamente porque en el festival todos los invitados leen en público, sino en particular porque esta edición del encuentro se caracterizó por la presencia de varios poetas argentinos y latinoamericanos que dan al, si se quiere, recitado de sus poemas, una importancia dominante.
Los orígenes de esta poesía más hablada, más oral, son diversos y no fáciles de identificar a lo largo de la geografía: pueden estar en el Sóngoro Cosongo, de Guillén, en el Aullido, de Allen Ginsberg, o en los textos de Marosa di Giorgio. En versión más actual está emparentada con una cuestión casi discográfica: cierta cosa vinculada con los ritmos musicales centroamericanos, con la canción popular, con la dicción del rap. Las letras hablan de Angelina Jolie, de los blogs, de los Foo Fighters, de las grandes editoriales y de los premios de poesía. La inmediatez referencial puede llegar a ser vertiginosa. Como espectro de registro horizontal: el sincretismo.
Spoken Word, por ejemplo, se llama el colectivo que integra el poeta dominicano Frank Báez. Báez, que además es cuentista, fue uno de los poetas que más entusiasmo provocaron en el festival, y acaba de grabar un disco. Otros dos poetas con discos editados: Francisco Marzioni, de Santa Fé, y Gabriela Bejerman, de Buenos Aires, integraron, junto con Cristian Molina, que vive en Rosario y en su blog escribe poemas “en vivo”, una de las mejores mesas del festival. “La poesía es un arma de no futuro”, decía Marzioni, ejerciendo cierta degradación coloquial de lo pop. Bejerman leyó de pie, sin micrófono, delante de la mesa, mientras ejecutaba algo así como distintas posiciones de yoga. Finalmente, tal vez no fuera poesía sólo de la voz, sino de todo el cuerpo.
El jujeño Federico Leguizamón, el brasilero paraguayo Douglas Diegues (“el primero en escribir en portuñol salvaje, según la agencia Reuters”, dijo Diegues), y el guatemalteco Wingston González, con sus matices, podrían inscribirse en esa estela. No tanto de poesía que se lee en voz alta, sino de poesía que se escribe para ser leída en voz alta. O en todo caso, no como si fueran escrituras del yo, sino escrituras para la escenificación actoral de ese yo.
A lo mejor la poesía estuvo ahí.
La mesa que más público convocó fue la dedicada a la presentación de los Poemas Completos de Juan Manuel Inchauspe. Francisco Bitar, uno de los editores, ensayó ahí un principio de genealogía de una “poesía administrativa”, enmarcada por los horarios y ritmos de trabajo de los poetas que son empleados públicos, como fue el caso de Inchauspe, o el de Juan L Ortiz. Señaló también Bitar que se había decidido cambiar el título de Poesía Completa, de la edición de 1994, por el de Poemas Completos, teniendo en cuenta que Inchauspe pensaba en términos de poemas individuales y no de obra conjunta.
Tanto la edición de ese libro, y su promoción, como la de otro (Los gajes del oficio), que recopila entrevistas y presentaciones hechas en el 2009 con motivo de un homenaje a Francisco Urondo, fueron dos de los aciertos del festival. También lo fue la muestra de collages de Eduardo Stupía, con una sorprendente capacidad para desautomatizar imágenes y proponer relatos nuevos.
De los grandes nombres invitados, Arturo Carrera y Sergio Bizzio no estuvieron, Julio Ortega dio una charla bastante anodina en la que propuso “pensar la poesía desde la perspectiva de un humanismo internacional que pase por la crítica del lenguaje” y Rodolfo Hinostroza leyó un poema. Con la modalidad de lecturas del encuentro, resulta difícil enfrentarse a la producción de los invitados que hablan otras lenguas: leen, en un idioma muchas veces incomprensible, un puñado de poemas de estéticas distantes y divergentes, y luego son traducidos, o se auto traducen, no de la mejor manera. El belga Peter Theunynck leyó unos poemas dialogados inteligentes y entretenidos, y la polaca Krystyna Rodowska un texto largo sobre la muerte de su padre, en una ciudad cuyo nombre no se podía nombrar, porque estaba bajo dominio soviético.
Gustaron entre algunos poetas argentinos los textos de la colombiana Lucía Estrada y de la mexicana Enzia Verduchi. Los poemas breves y como apenas anotados de Gabriela Saccone, leídos esta vez con cierto nerviosismo, transmitieron un efecto de verdad. Como los que leyó la poeta chilena Nadia Prado, más difíciles de seguir, pero probablemente otro de los puntos altos del festival. La lectura de Edgardo Zotto tuvo intensidad, tal vez por una incomodidad con lo político que había en sus poemas. Zotto compartió mesa con Roberto Raschella. En ese momento había en el auditorio del Centro Cultural Centro de España poco más de veinte personas. Más gente tal vez había en las lecturas que se hacían cada medianoche en el bar Tercer Mundo, donde imponer la voz y el cuerpo era inevitable si se quería ser registrado.
Pero a lo mejor la poesía no estuvo en esos lugares, sino en otros. Washington Cucurto empezó su lectura con un poema sobre el amor entre hombres y en una pausa entre poemas dijo que lo que estaba leyendo le parecía “medio boludo”. Y “la concha de tu madre” fue lo primero que dijo Martín Rodríguez en otra mesa, cuando se acercó al micrófono. Era el título de su primer texto.
A lo mejor la poesía estuvo en ese malestar.
O en la clínica de poesía que coordinó Irene Gruss, con más de sesenta inscriptos. “Enfríen la tipografía a la hora de leer sus poemas. Y mucho cuidado con caer en la seducción”, aconsejó. Gruss dijo que detestaba el verbo “recomendar”, pero así y todo aconsejó lecturas varias: Violeta Parra, Delmira Agustini, Henri Michaux, Susana Villalba, Blanca Varela, poesía china y japonesa, e.e. cummings.
O en la uruguaya Magali Jorajuría, que fue bebida a una escuela donde debía dar una charla a los alumnos, y les aconsejó que se emborracharan todo lo que pudieran, lo que le valió cierta marginación del resto de sus colegas.
O a lo mejor la poesía, esta vez, tal vez, también, por qué no, no estuvo en ningún lado.