Sobre narradores rusos (De archivo. Escrita con Fulvio Franchi. Publicada en la revista éxito, n 16, 2006)

La literatura ruso-soviética de los últimos cincuenta años es seguramente la más innovadora, profunda y vital del mundo. Entroncada en la gran tradición narrativa rusa del siglo XIX, principalmente en las figuras de Gógol y Dostoievski, rescata de aquél el humor y la sátira social, y de éste una metafísica basada en los sentimientos y pensamientos del hombre. De escritores como Bieli, Bulgákov y Zamiatin, marcados por los cambios sociales derivados de la Revolución de 1917, rescata una gran audacia formal y hereda el coraje de escribir en la realidad de un estado totalitario. En menor o mayor medida condenados al silencio, con la caída de la Unión Soviética la difusión de estos escritores mostró que durante todos esos años se había estado produciendo una literatura mucho más rica que la escritura decadente y burguesa del occidente capitalista. No, no es una exageración. Para comprobarlo basta con bajarse en cualquiera de las paradas de este tren.

Borís Pilniak
Uno de los maestros. Una de las tendencias de la narrativa rusa del sigo XX. Uno de los tantos escritores para quienes la revolución significó el principio y la razón de sus vidas y, a la vez, la causa de su caída. Perteneció a una generación diezmada por el stalinismo. Herzen, a mediados del siglo XIX, habló del “martirologio de la literatura rusa”. Sus palabras resultaron proféticas. La literatura, en Rusia, siempre estuvo enfrentada al poder del Estado. Y en el siglo XX la historia se repitió. Exceptuando a los escritores que se inscribieron en la línea impuesta por el PC, fueron pocos los que pudieron expresarse libremente. Pilniak fue censurado, detenido, interrogado, deportado y finalmente fusilado en ¿1938? Como de tantos escritores desgraciados en este período, la fecha de nacimiento es segura: 1894. La de la muerte va acompañada de un signo de interrogación. Su dacha en la aldea de escritores era vecina de la de otro novelista y poeta: Boris Pasternak; éste sobrevivió. Los relatos de Pilniak están llenos de lobos y de agentes de la policía secreta con camperas de cuero negras. Sus relatos están llenos de hermosas descripciones del campo ruso. Sus relatos están llenos de rusos de otra época, con la barbas hasta el pecho, que se arrojan en el campo con las manos bajo la cabeza y observan el cielo. Fue moderno. Infló el lenguaje hasta la explosión. Creó palabras, reflejó con onomatopeyas y repeticiones hiperbólicas ese nuevo mundo que se superponía con la vieja Rusia, que acababa con ella como pronto acabaría con él.

Andrei Platónov
1899 – 1951. Nació y creció en Voronezh, una ciudad del sur de Rusia, surgida en plena estepa, que vio nacer y pasar por allí a muchos escritores: Mandelstam vivió allí parte de su exilio en la década del 30 y escribió los Cuadernos de Voronezh. A raíz de la guerra civil (1918-1922) la región, una de las más fértiles de Rusia, sufrió terribles hambrunas en la década del 20. Hijo de un ferroviario, era conocido como el “obrero-poeta” o como el “obrero-filósofo”. Fue representante de los escritores proletarios de su ciudad, pero con el tiempo su relación con el poder se volvió traumática. Su hijo fue enviado a un campo de concentración a los 15 años. Fue periodista en el frente durante la segunda guerra mundial. Los conflictos generados por la colectivización del campo fueron tema de sus obras, y comenzó a ser censurado. Mucho tiempo después de su muerte fue publicado: en 1958 sus obras “escogidas”, y recién a fines de los 70 sus obras completas, pero en occidente. En una época en que el hombre debía disolverse en la masa, Platónov se preocupó por el universo espiritual del ser humano. Los lectores de Dostoievski encontrarán en Platónov una literatura con muchos puntos en contacto. Humanidad, bondad, belleza, son los temas de las reflexiones de los personajes de Platónov, generalmente hundidos en la carencia absoluta pero siempre esperanzados en un porvenir de hermandad y amor. Escribió una obra épica, Chevengur, publicada recién en 1998 en Francia, ambientada en la hostil estepa, con personajes que orientan todos sus esfuerzos a realizar la revolución en el espíritu del amor al prójimo. Uno de ellos dice: “La revolución es una aventura; si no nos sale, eso quiere decir que los obreros han tenido mala suerte”. Sus obras son numerosísimas, algunas hallables en castellano: La patria de la electricidad (libro de cuentos que contiene Las dudas de Makar, acusada de “error ideológico”), Dzhan (novela breve), El regreso (cuento, acusado de “calumnia”), El río Potudán (cuento).

Alexandr Solzhenitsin
En la literatura rusa del siglo XX se puede hablar de un subgénero que es la literatura de los sobrevivientes del GULAG stalinista (siglas en ruso de Dirección General de Campos de Concentración). El más emblemático de ellos es Alexandr Solzhenitsin, que escribió una novela que es excelente por lo breve, por su capacidad de reunir toda la tragedia de un país en un centenar de páginas, titulada Un día en la vida de Iván Denísovich. Solzhenitsin, al igual que los demás autores que se pueden encuadrar en este género (Varlam Shalamov y Evguenia Guinbsurg – madre del escritor Vassili Axiónov-, por nombrar algunos), no se limita a la pintura del cuadro espantoso que les tocó vivir, sino que en ellos la experiencia carcelaria es la vía a un conocimiento superior de sí mismos y del hombre en general. La dedicatoria de su voluminosa novela Archipiélago GULAG nos muestra la complejidad del condenado: “a todos aquellos que no les alcanzó la vida para contar esto, perdónenme porque no lo vi todo, no lo recordé todo, no lo intuí todo”. Hay un sentido de responsabilidad que supera la postura de víctima. Actualmente una de las voces más influyentes y polémicas de la opinión pública rusa, algunos lo rechazan por “hablar mal de Rusia en el extranjero”. Tiene 88 años, y además de las obras mencionadas publicó novelas históricas, cuentos y ensayos sobre la actualidad de su país.

Arkadi y Borís Strugatski
Uno de los géneros destacados en la literatura del siglo XX ruso es la ciencia ficción. Entre los autores de este género se destacan los hermanos Arkadi y Borís Strugatski. El primero nació en 1925 en Batumi (Georgia) y murió en Moscú en 1991. Su hermano nació en Leningrado (actual San Petersburgo) en 1930. Sobrevivieron al cerco de Leningrado en la segunda guerra mundial. Científicos y conocedores de lenguas extranjeras, herederos de una tradición de literatura fantástica que se remonta al siglo XIX y de la narrativa rusa de las décadas del 20 y del 30 (como Corazón de perro, de Bulgákov, y Nosotros, de Zamiatin), en sus obras reflexionan fundamentalmente sobre los problemas del poder y presentan los problemas de los hombres frente a los experimentos sociales. Dos novelas conocidas de los hermanos Strugatski son Qué dificil es ser Dios y Picnic extraterrestre. La primera cuenta las aventuras de un grupo de observadores del futuro que caen en un planeta estancado en estructuras sociales de tipo medieval en el que abundan las purgas y las matanzas. La segunda, de 1972, sirvió de inspiración para la película Stalker, de Tarkovski. El argumento es original e impresionante: una civilización extraterrestre pasa por la Tierra y realiza un “picnic”, abandonando una serie de objetos incomprensibles. La Zona donde han estado es peligrosa, y ha sido rodeada para que la gente no entre. Los Stalker son individuos que, al margen de la ley, se arriesgan en la Zona en busca de esos objetos.

Venedict Eroféiev
Tren de Moscú a Petushki, de Venedict Erofeiev, empezó a circular de manera clandestina bajo la forma de Samizdat (copias de carbónico) en los años sesenta y tuvo su primera edición en 1973. Es una de las obras maestras indiscutidas de la literatura rusa. Su argumento es de una sencillez estremecedora: V., el protagonista, se toma un tren en Moscú para ir hasta Petushki, a 125 km, a visitar a su bienamada (“¡Amar el estilo de Turgueniev es saber sacrificarlo todo por la elegida del corazón!”, escribe). En el viaje se emborracha, y al cabo de dos días se baja de la formación en Moscú, donde después de caminar unas cuadras semiinconsciente es atacado por una patota, que lo mata de un cuchillazo en el cuello. En los dos días de ese viaje alucinado, ebrio, de imparable descomposición, se condensa toda la intensidad vital de la mejor literatura rusa, su desesperación sin fin. “Todo el mundo dice: el Kremlin, el Kremlin... Siempre oigo hablar de él y jamás lo vi. Cuántas veces ya (un millar), borracho o mal desemborrachado, recorrí Moscú de norte a sur, de oeste a este, de un extremo a otro, de parte en parte y al azar: nunca he visto el Kremlin.” Así empieza.

Vassili Axiónov
Vassili Axiónov accedió a una gloria literaria de carácter inmediato cuando su primera novela, Camaradas, fue recibida con toda la furia por Nikita Jruschiov en 1960, y más cuando un año después Pasaje a las estrellas, su segundo libro, concentró la admiración de millones de jóvenes soviéticos, “que por fin escuchaban hablar de sexo, de rock, de chicas y de jeans, tratados con una inventiva soberbia, desprendida de cualquier tipo de conformismo”, tal como señalaba un comentarista. Axiónov es rápido, es brillante, es libre. “Ni una línea de política, ni una línea de teoría. Solamente textos de literatura diferente”: con esa suerte de ideario implícito, él y otros veintidós escritores (entre los cuales los mundialmente reconocidos Andrei Bitov y Euvgeni Popov) lanzaron en 1979 un legendario almanaque clandestino, no sujeto a censura: Metropol. Axiónov fue expulsado de Rusia y se le quitó la nacionalidad. Desde 1981 vive en Washington. Ahí escribió Una saga moscovita, novela de más de 2000 páginas que narra la vida de una familia de intelectuales desde la llegada de Stalin al poder hasta su muerte, y que es, además de un libro absolutamente seductor, fascinante, una suerte de coronación de su obra.

Evgueni Pópov
Pertenece a la generación que publicó el mítico almanaque clandestino Metropol en 1979, junto a otros escritores como Andrei Bitov y Vasili Axionov. Escribió una deliciosa y divertidísima novela, rebosante de ironía y situaciones humorísticas, titulada El alma del patriota, publicada en 1989. La novela es una larga carta a un imaginario amigo Ferfichkin fechada al final el 31 de diciembre de 1982, a 9 horas y15 minutos de la llegada del Año Nuevo. En esa larga carta, dividida en distintas entradas fechadas tipo diario, se suceden situaciones disparatadas, recuerdos familiares, anécdotas de amigos y “camaradas en literatura”, reflexiones personales sobre la literatura, la realidad, la vida... todo atravesado por los magníficos funerales del LIDER (nunca nombrado) del P.C. y presidente de la URSS. Las páginas finales de la novela son una sucesión de frases desconectadas, relacionadas con la transmisión por TV de los funerales. “El himno. Están echando tierra. El Nuevo Líder se aleja. Sus movimientos son rápidos”; “Suenan las sirenas en todo el Estado”. Popov nació en Krasnoiarsk, en Siberia, en 1946. Geólogo de profesión, sus escritos aparecidos en la prensa fueron censurados y él, excluido de la Sociedad de Escritores durante muchos años. Recién comenzó a publicar en 1988. Otras novelas: La belleza de la vida; Las vísperas, las vísperas; Relato de lo incomprensible.

Serguei Dovlátov
Si hay cinco nombres para recordar en toda la literatura de los últimos treinta años, este es uno de esos. Nació en Ufá, donde estaba refugiado Andrei Platónov, quien, como le gustaba creer a Dovlátov, expresó un día su admiración por aquel robusto bebé en su cochecito. Parco, conciso, “con un humor teñido de lacónico sarcasmo”, fue un narrador genial. Dejó Rusia con su madre, su perra y una valija. Las cosas que llevaba consigo las describe en La maleta. Editó todos sus libros fuera de Rusia. Vendió cigarrillos en Indiana y nafta en Winnesburg (Ohio), y murió en Nueva York en 1990, antes de cumplir los cincuenta años. No sabemos si la foto reproducida, en la que se lo ve caminando en una excursión a la casa de Pushkin, tiene puntos de contacto con la separación de su mujer, que describe en Los Nuestros: “Recuerdo bien aquel día de febrero. Lena llegó del trabajo y dijo: -¡Estoy harta... Nos vamos! Yo intenté replicar. Hablé de la Patria, de Dios, de las ventajas que tiene la elevada presión social que soportamos, de las gamas verbales y cromática... Hasta mencioné los abedules, cosa que no me perdonaré mientras viva... Pero Lena ya estaba llamando a alguien. Me enojé y me fui por un mes a las Montañas de Pushkin. Me quedé de piedra y así me mantuve hasta el último día.”

Liudmila Petrushévskaia
Liudmila Petrushévskaia publicó su primera novela, Tiempo de noche, en 1987, a los cincuenta años. Cinco más tarde publicó las historias y monólogos de Amor inmortal. Tiene una prosa que parece fluir naturalmente y comprendernos a todos. “¿Cuál fue, en definitiva, el destino posterior de los héroes de nuestro relato? (...) Hablando con propiedad, lo que había entre Liena e Ivanov no era otra cosa que ese amor inmortal que, por no satisfacerse, es, en realidad, sin más, el deseo insatisfecho, irrealizado, de perpetuar la especie. (...) Pero, en esta historia, el caso de Albiert sí que debe ser motivo de asombro para todos. Un Albiert desvelado ahora ya por entero, un Albiert que fue a buscar a su mujer (Liena), con la que hacía tiempo no tenía relaciones, al cabo de siete años. Sería interesante saber cuáles fueron los sentimientos que lo guiaron. La explicación podría estar también en este amor inmortal. Pero, en su caso, eso no es fácil de explicar, y la figura de Albiert sigue alzándose en toda su gigantesca estatura en medio de esta sencilla historia cotidiana.” Antes periodista, dramaturga y poeta, cuando una vez le preguntaron cómo se había iniciado en la literatura, contestó que escritor no es el que escribe sino quien es leído. No habla inglés ni francés.

Vladímir Makanin
Uno de los escritores más leídos en Rusia de los últimos años. Un escritor muy poco traducido al castellano, lamentablemente, a pesar de haber publicado más de 20 libros en prosa desde 1967, en que apareció el primero, Línea directa. Nacido en 1937 en Orsk, una ciudad de los Urales, en el límite entre Europa y Asia. Esta situación de indefinición entre Europa y Asia es simbólica respecto a Rusia, un debate que viene desde el siglo XIX. En la escritura de Makanin este debate se observa. En su novela El profeta, de 1983, las tradiciones más profundas de la cultura rusa se encarnan en el personaje de un viejo sanador, que cura a los enfermos terminales acosándolos a preguntas, obligándolos a reconocer sus errores y sus bajezas. En El pasadizo, de 1998, nos presenta un mundo que vive bajo la superficie. El protagonista, Kliuchariov, un personaje que había aparecido en relatos anteriores, se mete por un agujero, atraviesa el pasadizo, y se encuentra a gusto en un mundo subterráneo donde viven intelectuales en permanente discusión y no parece haber problemas, mientras sobre la superficie todo es oscuridad, represión, saqueo, violencia. Escribió un cuento, El prisionero del Cáucaso, que se suma a una tradición de la literatura rusa de títulos idénticos (Pushkin, Liérmontov, Tolstoi, Bitov) no sólo actualizando el conflicto de Rusia con los territorios del Cáucaso, sino permitiendo la huida de la opresiva sociedad rusa a un territorio de belleza y libertad. Últimamente publicó Underground. Un héroe de nuestro tiempo.

Víctor Pelevin
Víctor Pelevin es más conocido en Rusia que cualquiera de los rockeros más famosos. Sería bueno entender por qué. ¿Qué cambiaría si en la escuela secundaria se diera a leer, por ejemplo, Artaud? ¿Qué literatura tendríamos? La vida de los insectos es una novela desconcertante, desconcertante, desconcertante. Los protagonistas por momentos son seres humanos y por momentos insectos; mutan en cualquier instancia del relato, lo que hace que este sea, al fin y al cabo, un relato mutante. Hablan de cualquier cosa; hacen cualquier cosa. ¿Composición? ¿Jerarquía? ¿Autoridad? ¿Cuál es el valor de esto? Pelevin es un escritor que expande, un liberador. Para algunos comentaristas, se trata del último de los posmodernos rusos. Es una opinión un poco reaccionaria. De ella se deriva que lo que sigue es un paso atrás. Pero: Pelevin nació en 1962 y escribe mucho. Lo primero de lo siguiente bien podría ser esa suerte de Umberto Eco perfeccionado por Harry Potter que es Boris Akunin, también un fenómeno de ventas en las librerías rusas. En todo caso, quienes sí disfrutan del posmodernismo disolvente posterior a Nabokov pueden ejercitar el músculo con La Casa Pushkin, la novela que escribió Andrei Bitov en 1970