Sobre Manuel Puig (publicada en Perfil el 18 de julio de 2010)

Manuel Puig llegó a la literatura relativamente tarde: tenía 36 años cuando publicó La traición de Rita Hayworth. Su primera pasión fue el cine. A los 23 viajó a Roma para estudiar en el Centro Sperimentale di Cinematografia, aunque su preferencia por el cine americano le impidió amoldarse al neorrealismo imperante. Los estudios duraron poco. “En Roma, saber narrar era reaccionario”, dijo. Hizo dedo hasta París, donde surgía el cine de autor. En Londres vivió dando clases de italiano y escribió su primer guión. En Estocolmo vivió lavando platos y escribió el segundo. Durante un breve regreso a la Argentina escribe el tercero: un “episodio de la era peronista”. En el 61 está otra vez en Roma, sin estudio ni trabajo, y empieza a escribir la autobiografía familiar que dará origen a La traición…
La novela cuenta la vida hasta los quince años de Toto, un niño fascinado por las imágenes de las grandes divas del Hollywood de los años 30 y 40, cuyas fotos recorta, pega y copia junto con su madre, mientras el padre duerme la siesta. La acción transcurre en Coronel Vallejos en alusión a General Villegas, ciudad en la que vivió Puig hasta su adolescencia. “Era la ausencia total de paisaje, el centro de la nada”, decía. La novela no tiene narrador: sólo hay voces que dialogan y monologan. En un trabajo que le dedicó al texto, Alan Pauls señaló que “una de las consignas fundamentales del programa de Puig es la pulverización del narrador cono vértice jerárquico del sistema de poder que constituye todo relato”. Finalista del concurso Seix Barral en el 65, vendida a Gallimard, La traición… encuentra grandes dificultades para ser publicada en la Argentina. Cuando la iba a sacar Sudamericana, un linotipista descubre que la palabra “coger” se repite treinta veces, y la editorial desiste, por temor a la censura. Pirí Lugones impulsa la publicación en Jorge Alvarez, que la saca en el 68, en una edición llena de erratas. Clarín y La Nación la consideran una novela menor y La Prensa la ignora. Puig estaba otra vez en Buenos Aires, escribiendo para Primera Plana una novela por entregas que la revista, después de habérsela encargado, le rechazó.
Puig, que, en pleno boom, sentía una fobia muy particular contra la figura pública del escritor, tuvo siempre muy mala predisposición con el medio literario argentino. “Los escritores argentinos me tienen envidia”, le dijo a la revista Siete Días cuando en 1982 fue candidateado al Nobel.
La novela en folletín era Boquitas pintadas. Salió en el 69. Con fondo de tango, narra la historia del triángulo amoroso entre Nené, una rubia ingenua de clase media baja, Mabel, una chica correcta de clase media alta, y Juan Carlos, un galán apuesto pero tuberculoso. El escenario es otra vez Villegas, a principios de los 40: “Gente que había creído en la retórica de una pasión irresistible, que sus vidas no habían reflejado en ningún sentido”.
Ya Edgardo Cozarinsky había señalado el bovarismo como uno de los grandes temas de Puig: el modo en que la cultura de masas educa los sentimientos. Juan Carlos Onetti remarcó que “después de leer dos libros de Puig, sé cómo hablan sus personajes, pero no sé cómo escribe Puig”. Piglia recordó algo que Puig había dicho: “Hojeé un poco el Ulises y vi que era un libro compuesto con técnicas diferentes. Basta. Eso me gustó”. Y explicó Piglia: “Multiplicidad de técnicas y de voces, ruptura del orden lineal, atomización del narrador. Un escritor no tiene estilo personal. Escribe en todos los estilos, trabaja en todos los registros”.
Boquitas pintadas fue un éxito de ventas. “Los críticos creen que soy un best-seller pasajero, no un escritor”, le confesó Puig a Tomás Eloy Martínez. “Lo mismo pasó con Arlt.” Tiempo antes, había escrito en una carta que “Arlt hace un uso desastroso del lunfardo, porque se complace y abusa. Me vino muy bien leerlo porque tenía mis dudas y me decidí a corregir algunas expresiones”.
Puig no gastaba plata en libros. Los retiraba de bibliotecas públicas. En su correspondencia (Querida familia) abundan las referencias sintéticas a las cosas que leía y a los espectáculos y películas que iba a ver. Para Puig, aburrir al lector era lo peor que un escritor podía hacer.
A partir de este libro, vivirá de la literatura. Torre Nilsson filma la película. La versión no le desagrada. Amistades literarias: Ricardo Piglia, Osvaldo Lamborghini, Luis Gusmán.
La tercera novela de Puig es un “policial”: The Buenos Aires affair. “Todos esperaban que siguiera en el camino de Boquitas pintadas. Pero jamás me condicionó el gusto de mis lectores. Ahora quería estudiar el mal argentino, que es un mal de tipo político, y un mal de tipo sexual.”
Estas “frustraciones nacionales” se traducen en violencia en esta novela que narra un romance desdichado entre Leo y Gladis en tiempos del Cordobazo. Leo pierde el control y mata a un homosexual. Puig tematiza las sesiones de tortura en instalaciones policiales. Según Suzanne Jill Levine, autora de una informada biografía de Puig, la verdadera inspiración del libro no era la literatura sino el cine: el thriller psicológico de Hitchcock, “primer cineasta en manejar explícitamente temas como la disfunción sexual y la misoginia”.
The Buenos Aires affair es la novela maldita de Puig. Recién salida, en 1973, fue acusada de antiperonista y secuestrada por la censura. Cuando cae Cámpora, amenazado por la Triple A, Puig abandona la Argentina. Se va a vivir a México. Pero sexo y política volverán a ser los temas de la novela que escribe entonces: El beso de la mujer araña.
Al caer la noche, en la celda que comparten en Villa Devoto, Molina, un preso homosexual, le cuenta películas a Valentín, un activista político al que terminará enamorando, para que este pueda dormir. Algunos films son reales, de propaganda nazi incluso, y otros las inventó Puig. La novela empieza mientras Molina le cuenta a Valentín La mujer pantera, la historia de una mujer que se convierte en una fiera cada vez que un hombre la excita.
Es el amor más allá del sexo y de la política, la intensidad de los sentimientos redimiendo a los sujetos de las falsas creencias: Molina se abre a la política, Valentín se permite amar a otro hombre. A pie de página, abundan las descripciones de estudios sobre “la cuestión homosexual”, que concluyen con una teoría apócrifa que Puig atribuye a una doctora danesa.
La novela fue criticada porque dibujaba un modelo de gay “anacrónico”. “La homosexualidad no existe”, dijo entonces Puig. “Es la proyección de una mente reaccionaria. El sexo no es trascendente. Lo único moralmente significativo es la vida afectiva.”
Muchos críticos han señalado que a partir de esta novela Puig empieza a perder “su veta más auténtica”: el lenguaje que hablaban los personajes de las anteriores, donde el habla argentina aparecía cruzada por el lenguaje mediático.
Con el golpe del 76 se refuerza la prohibición sobre sus libros. Decepcionado con los mexicanos, se instala otra vez en Nueva York. Para obtener los papeles como residente en EE.UU. dicta en Columbia un seminario sobre El impostor, de Silvina Ocampo, que luego adaptará para cine con el título de La cara del villano. Ve muchas películas por día, pero detesta los films contemporáneos, que no entretienen ni producen sentido: “Al cine no se puede ir más, es un desastre, cada vez da más lástima pagar la entrada.”
En Nueva York escribe Pubis angelical, que gira alrededor de Ana, una argentina que está muriendo de cáncer en un hospital de México. La visita Pozzi, su ex amante, un intelectual peronista. Tres relatos se desarrollan de manera simultánea: el de Ana en el hospital, el de una actriz llamada Ama, prisionera en la Viena de la Segunda Guerra Mundial por un marido millonario y nazi, y el de W218, una trabajadora sexual del futuro. Es una novela sobre la soledad, la muerte y la declinación del deseo. Es otra vez el peronismo, y su choque con las necesidades personales. ¿Es el placer o el compromiso lo que nos acerca al bienestar?
Dijo Puig: “Hasta Pubis angelical, las feministas recibieron bien mis novelas. Pero a partir de esa, especialmente, me empezaron a objetar que mis personajes femeninos no fueran inteligentes.” Concedió los derechos para hacer la película a Raúl de la Torre, pero no le tuvo confianza y no se preocupó por el resultado.
Cuando terminaba Pubis angelical, conoció en la pileta en la que nadaba diariamente, por indicación médica, a un sociólogo norteamericano, joven y marxista, que había perdido su trabajo, estaba divorciado y deprimido. Puig le propuso pagarle para encontrarse tres veces por semana a dialogar. Como el sociólogo no quería grabaciones, Puig tomaba notas con su máquina de escribir.
Incapaz de sostener una relación con una mujer, el compañero de pileta le serviría como modelo de Larry, uno de los personajes de Maldición eterna a quien lea estas páginas, novela que algunos vieron como simple montaje de entrevistas. El título cita a Relaciones peligrosas, de Choderlos de Laclos. El trabajo de Larry consiste en pasear por el Village a Ramírez, un exiliado argentino, ya anciano y aparentemente amnésico, que ha perdido a su familia y está reducido a una silla de ruedas. Es la Nueva York más cruel para Puig: la de la soledad y la pobreza. Son los años de Reagan. Pero también es una historia argentina: la de Puig y su padre, la de la dificultad para establecer canales de afecto.
Según Jill Levine, en ese momento había un consenso generalizado en que la escritura de Puig “era una desilusión después de El beso…”. Así, interpreta el título como un mensaje a los críticos. Con los derechos que cobra por la versión teatral de El beso…, se compra un dúplex en Río de Janeiro, ciudad en la que se instala en 1980. Con la aparición de la video casetera, acumula miles de películas que sus amigos de Europa, México y Estados Unidos le graban y envían. Tiene un reproductor para cada sistema y un televisor para cada reproductor. Publica Maldición eterna… y sus libros empiezan a circular en el país. Se compra un Alfa Romeo blanco, un sedán. Pero como no maneja, contrata a un chofer negro.
Sangre de amor correspondido, su anteúltima novela, tiene un origen similar al de Maldición eterna… Un albañil al que había contratado para hacer un cambio de azulejos en baños y cocina lo cautiva con un relato de su vida. Puig obtiene el permiso del albañil para grabar sus historias, a cambio de cederle una parte de los derechos de autor que cobrará por el libro que hará con esas historias.
“Había amado a una mujer pero tuvo que irse del pueblo y ella se volvió loca. Yo creí todo lo que me contó, pero unos días después empezó a introducir contradicciones en su historia. Todo lo que decía era metafórico; el resultado era de una gran musicalidad y colorido. Y él era un analfabeto. Me dio como una oleada de poesía campesina muy hermosa que quise rescatar”, dijo.
Los diálogos que constituyen esta novela son preguntas que un narrador se hace a sí mismo, y que otro contesta en tercera persona, generando un efecto desconcertante. La novela, que Puig escribió en portugués, es la historia sexual de ese chico del interior brasileño, “obsesiva, confesional, desbordante de misoginia, resentimiento de clase y homosexualidad encubierta”.
Sangre… se publicó en 1982. En el 84, Babenco filma El beso… Puig es fiel a una rutina: por la mañana, natación y meticulosa revisión de las traducciones de sus libros. Por la tarde, escritura: teatro, guiones, otra novela.
Cae la noche tropical es su último libro. Es la historia de dos ancianas argentinas, hermanas, que en la Río de Janeiro de los 80 espían a una vecina vincularse con los hombres y recuerdan su pasado como si fuese un melodrama. “La vejez es la edad épica por excelencia”, señaló Puig. “Todos los días echás un pulso con la muerte.” Es una novela llena de nostalgia, muy triste, en la que intenta recuperar el tono de sus primeros libros.
Estos días se cumplen veinte años de la muerte de Puig, a los 58, en Cuernavaca, de manera inesperada, por las complicaciones que le produjo una operación de vesícula. Hoy es uno de los escritores argentinos sobre los que más y mejor se ha escrito. Se ha dicho que era un escritor sin estilo, que no hizo ningún uso privado del lenguaje. Que fue kitsch, irónico, camp; un escritor paródico, un escritor pop, posmoderno. Daniel Link señaló que es el más grande de nuestros novelistas. Graciela Speranza lo consideró un pionero de la pos literatura.
Cuando le preguntaban por su relación con alguno de estos conceptos, a Puig le gustaba hacerse el desentendido y contestar otra cosa. “Escribo novelas por todo lo que no entiendo”, le dijo a Jorgelina Corbatta. “Pongo un problema en un personaje y trato de comprenderlo. Esa es la génesis de todo mi trabajo. Siempre vuelvo a las formas del inconsciente colectivo. En lo personal soy incapaz de enfrentar los problemas directamente. Como suelen ser complejos, necesito una novela entera para analizarlos. Mis novelas son analíticas, no sintéticas. Un cuento o una película no me alcanzan. No tengo una voz paródica. Jamás me burlo de los personajes. Comparto con ellos muchísimas cosas, sobre todo el lenguaje que usan y sus gustos. Y solamente me interesa lo que me emociona.”