Reseña sobre Marcos de guerra, de Judith Butler (publicada en Perfil el 11 de julio de 2010)

¿Son el feminismo y la lucha por la libertad sexual el símbolo de la misión “civilizadora” de los EE.UU. en Irak y Afganistán? ¿Por qué en los homenajes públicos a las víctimas del 11 S no se incluyó a los trabajadores ilegales muertos en el atentado? ¿Por qué para entrar a los Países Bajos los inmigrantes que ganan menos de 45 mil euros al año y no han nacido ni en Canadá, Australia, EE.UU, Japón o Suiza, deben declarar su apoyo a los derechos de los gays, caso contrario no podrán cruzar la frontera? Es decir: ¿qué relaciones hay entre guerra, sexualidad e inmigración? ¿Pueden los estudios multiculturales dar cuenta de esta trama, o se encuentran tan atrapados en el impasse de su “progresismo liberal” que han perdido de vista la forma en que el poder hace que determinados sujetos se vuelvan posibles y otros imposibles?
Retomando su idea de “vida precaria” (que entiende la vida no como un rasgo interno de cualquier individuo, sino como proceso social condicionado, que exige un apoyo y unas condiciones capacitadoras para resultar vivible), Judith Butler indaga en su último libro, Marcos de guerra, la forma en un conflicto bélico distribuye selectivamente la experiencia de lo que significa vivir.
Puede parecer un planteo obvio. La tortura, las masacres, la violación sistemática de los derechos de los individuos son casi la dominante y no la excepción en el mundo político contemporáneo. Comunidades enteras soportan desde hace décadas una clara condición de invisibilidad. Pero no es obvio.
Hay en Marcos de guerra un trabajo interesantísimo sobre la forma en que esta distribución selectiva se implementa. El segundo de los textos del libro (integrado por una larga introducción y cinco artículos publicados por Butler entre 2004 y 2008, “sustancialmente revisados”), se focaliza en el caso de las fotografías de torturas a iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib para desmontar algunas de las estrategias del gobierno de Bush para regular el campo visual. “Es algo repugnante”, dijo Bush después de verlas, sin que quedara claro si lo que le repugnaba eran los actos de sodomía y felación retratados o las condiciones y efectos físicos y psíquicos “rebajadores” de la tortura.
Esas fotos: ¿se hicieron para poner al descubierto los malos tratos o para recrearse en el espíritu del triunfalismo estadounidense? “La cámara instiga, enmarca y orquesta el acto de tortura, a la vez que capta su consumación”, dice Butler. Es la circulación de esas imágenes, agrega, su reproductibilidad, lo que permite romper con ese marco.
Butler tiene una prosa apasionante: “soy ciudadana de un país que sistemáticamente idealiza su propia capacidad de asesinar. Lo que da poder a su versión es su capacidad para convertir la destructibilidad del sujeto en algo justificable, y su propia destructividad en algo impensable”, dice. “Es sólo desafiando a los grandes medios de comunicación como ciertos tipos de vida pueden volverse visibles en su precariedad”, agrega. Después critica al periodismo “incorporado”, cuya genealogía rastrea hasta la guerra de las Malvinas, y en el cual los cronistas ya no pueden moverse libremente por el terreno sino que deben hacerlo incorporados a las tropas.
Lo central del libro, que también puede pensarse como una suerte de fenomenología del afecto, no es sólo el análisis lo que pasa allá, con “ellos”, en la guerra, sino lo forma en que la aplicación de esos marcos condiciona y obliga a repensar una serie de posturas del “progresismo izquierdista”, por llamarlo de alguna manera. El aborto, la libertad sexual, la adopción gay, las creencias religiosas, el sida, los derechos de los animales, la inmigración, son observados a través del prisma de los marcos de guerra.
El no pensamiento en nombre de lo normativo, se titula otro de los capítulos, tal vez el medular. Lo que finalmente viene a decirnos Butler ahí es que el corazón del multiculturalismo, del “reconocimiento” y de la “tolerancia”, existe un punto ciego: es el que lo ha llevado al impasse que no le permite ver que está dando por sentadas determinadas identidades diferenciales (sexuales, religiosas), dejando de lado que esas identidades son construidas por la misma política estatal que define qué vidas merecen ser vividas y cuáles no. “Juzgamos un mundo que nos negamos a conocer, y nuestro juicio se convierte en un medio para negarnos a conocer ese mundo”, asegura.
Descripción y diagnóstico. Lo que propone, para animar una “política democrática radical”, de izquierda, en este momento en que “el provincialismo se postula como razón universal”, una alianza que insista menos en las cuestiones identitarias y más en la precariedad y sus distribuciones diferenciales.